Sobre este blog

No nos gusta la palabra “discapacitado”. Preferimos retrón, que recuerda a retarded en inglés, o a “retroceder”. La elegimos para hacer énfasis en que nos importa más que nos den lo que nos deben que el nombre con el que nos llamen.

Las noticias sobre retrones no deberían hablar de enfermitos y de rampas, sino de la miseria y la reclusión. Nuria del Saz y Mariano Cuesta, dos retrones con suerte, intentaremos decir las cosas como son, con humor y vigilando los tabúes. Si quieres escribirnos: retronesyhombres@gmail.com

Oír sale caro

Momento de la inserción de un audífono. FOTO: ALEXANDER RATHS

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Hay personas a las que respirar les cuesta dinero y otras a las que lo que les cuesta una pasta gansa es oír. La discapacidad es cara. Corrijo. Vivir con autonomía personal desde la discapacidad puede llegar a ser bastante costoso. La tecnología de la que nos servimos para poder hacer cosas normales y corrientes, cotidianas, conllevan un extra en el gasto familiar. Es algo común en todas las discapacidades, pero hoy quiero poner en el foco a las personas sordas. Oír les sale caro.

La discapacidad auditiva es quizás la más silenciosa de las discapacidades. Las personas sordas no nos oyen, pero es que nosotros tampoco los escuchamos, no los vemos. No sobresalen por llevar una silla de ruedas. Tampoco las distinguen un bastón blanco. Son invisibles y pasan inadvertidas, casi siempre.

Alberto, un joven que nació con sordera bilateral profunda, ha alzado su voz para que le escuchemos. A él, escuchar le cuesta caro, tan caro como los audífonos con los que ha crecido.

Cualquier padre advierte a su hijo de que tenga cuidado con el material escolar, que no sea trasto con esto o aquello, pero la mayor presión de Alberto durante su infancia fue velar por la integridad de esos audífonos, que le mantienen conectado con el mundo sonoro, que es lo mismo que decir que le permiten estar en el mundo en pie de igualdad. Los recambios son caros y la ayuda del gobierno para sufragar esa tecnología, fundamental para su integración, se acaba a los dieciséis años. Tal como suena. Por eso, cada cinco años, sus padres piden un préstamo para pagar los cinco mil euros que cuesta renovarlos.

Así que Alberto ha emprendido una campaña para que veamos y entendamos su realidad y la de tantas personas sordas en su situación. Necesita reunir el número de firmas suficientes, quinientas mil, para que le escuchen en el Congreso. Aspira a que los audífonos estén subvencionados como los libros de texto. Anhela que los niños sordos puedan crecer sin esa presión con la que él mismo creció. Mi apoyo ya lo tiene. ¿Y el de ustedes?

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No nos gusta la palabra “discapacitado”. Preferimos retrón, que recuerda a retarded en inglés, o a “retroceder”. La elegimos para hacer énfasis en que nos importa más que nos den lo que nos deben que el nombre con el que nos llamen.

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