Los documentos inéditos de Franco para “lograr la rendición” de la República en la Guerra Civil: “Será a la hora H del día D”
La Guerra Civil terminó en una habitación sin ventanas. Una mesa y seis sillas en el centro están ocupadas por cuatro militares franquistas y dos republicanos y quedan poco menos de diez días para que el último parte de guerra confirme que el Ejército Rojo está “cautivo y desarmado”. Es 23 de marzo de 1939 y tras una cruenta batalla de tres años provocada por el golpe de Estado franquista, en aquella habitación del aeródromo de Gamonal (Burgos) va a escenificarse el fin del conflicto. Allí los sublevados entregarán a los emisarios del Consejo Nacional de Defensa republicano las Normas para la rendición del Ejército enemigo y ocupación de su territorio.
El documento es un plan técnico y militar redactado por el Cuartel General de Burgos de Franco que dibuja una detallada hoja de ruta con las instrucciones que deben seguir los republicanos para poner punto y final a la guerra. El texto señala que “la rendición de las fuerzas enemigas se hará” en base a varios puntos: “A la hora H del día D (27) se dispararán en todos los sectores del frente tres salvas de artillería [...] A esta señal por cada brigada en línea del frente enemigo saldrá un grupo de emisarios compuesto por un jefe y cuatro oficiales enarbolando bandera blanca y se encaminará a nuestras líneas”. Las órdenes indican cómo debían formar las tropas e incluso dónde depositar su material.
Es parte de la documentación inédita que el catedrático de la Universidad Complutense de Madrid Gutmaro Gómez Bravo incluye en su nuevo libro –Cómo terminó la Guerra Civil española (Crítica)–, en el que supera los relatos tradicionales. Más allá de los frentes de batalla, Gómez Bravo se adentra en los despachos para reconstruir las últimas semanas del conflicto, con un Ejército Republicano cada vez más agotado y dividido y un mando franquista dispuesto a todo para vencer. “Estamos acostumbrados a versiones ideológicas opuestas, pero frente a la imagen de caída brutal y colapso por un lado y de victoria militar por otro, lo que hay es una negociación para el fin de la guerra y una rendición”, apunta.
Entre los documentos, destaca también la llamada Instrucción nº15, que es la otra cara de la misma moneda: en la práctica, si las Normas estaban dirigidas a los republicanos, estas son las directrices internas que Franco hizo llegar a su Ejército. “El enemigo vencido desea entregarse”, apunta el Cuartel General de Burgos. Son indicaciones para lograr “la ocupación total del territorio rojo”, que debía hacerse “con la mayor rapidez posible”. En el texto se detallan las actuaciones previstas en las zonas que aún eran de control republicano y que divide en Levante, Centro y Sur –entre ellas, estaban capitales como Madrid, Valencia, Murcia o Almería–.
La instrucción describe cómo debían “liberarse” las vías de comunicación y organizarse los almacenes y depósitos. Es decir, cómo tenían que actuar los militares sublevados una vez los republicanos bajaran las armas, a los que debían “descoser la manga” de la chaqueta para “distinguir desde el primer momento a las fuerzas enemigas entregadas”. Se trató de una directriz que Burgos mandó mantener en “secreto” a las tropas para evitar “el efecto moral que pudiera crear la idea de que la guerra se ha terminado”. El texto habla ya de la “reeducación de prisioneros”, marcando las líneas de lo que sería el adoctrinamiento ideológico de la dictadura. Franco pensaba ya en el futuro.
Ambos documentos, que el historiador transcribe en el nutrido anexo documental del libro, las custodia el Archivo General Militar de Ávila, a donde el Ministerio de Defensa transfirió en 2020 una serie del Cuartel General del Generalísimo. Por eso, la “mayoría” de la documentación empleada “nunca ha estado accesible”, dice el autor, que ha estado siete años investigando y ha visitado decenas de archivos tanto en España como en el extranjero. La serie usada como “tronco central” del trabajo es la que corresponde al Servicio de Información y Policía Militar (SIPM), es decir, el aparato de espionaje franquista que entregaba en mano al propio Franco sus informes.
El servicio diseñó una “milimétrica” operación de inteligencia para poner fin a la guerra, empleada a fondo tras la victoria de los golpistas en la Batalla del Ebro en noviembre de 1938. Controló e interceptó las comunicaciones de la República, fomentó su división interna, logró los mapas de las posiciones que aún quedaban por conquistar y “absorbió” a parte de su Ejército. De hecho, el libro revela que militares como los dos que fueron a Gamonal se volvieron “colaboradores” del servicio de inteligencia franquista para precipitar el final. No fue un armisticio ni capitulación, no había nada firmado, pero los golpistas “lograron la captación, entrega y rendición del enemigo desde dentro”. A los mandos de la estrategia estaba el coronel José Ungría con un objetivo muy preciso: “Ganar la guerra y asegurar la Victoria”.
La Nueva España clandestina
Franco siguió y controló personalmente la operación, según acredita la investigación gracias a los informes bajo el epígrafe “Enterado S.E. (Su Excelencia)”, en cuyos márgenes el dictador llegaba a “anotar y escribir” sus reacciones. Le llegaban todas las informaciones que lograba y canalizaba el SIPM. En el archivo, constan sus respuestas: “A Ejército Nacional no interesan como objetivos inmediatos las poblaciones, sino la entrega o destrucción del Ejército rojo o de sus grandes núcleos [...] Deben tener en cuenta nos sobran medios y hombres para lograrlo rápidamente por fuerza armas (sic)”. A veces, aparecen firmados como Terminus, nombre en clave que usaba Franco fuera de Burgos.
Otra de las patas clave de la operación de inteligencia y que Gómez Bravo analiza profusamente es el Consejo Asesor, un organismo secreto franquista que operaba en la clandestinidad en Madrid bajo la dirección de Burgos. Sus integrantes eran destacados miembros de la élite empresarial madrileña (Campsa, MZA o Ferrocarriles), por lo que conocían de primera mano las infraestructuras y disponían de información privilegiada. Lo presidía José María Taboada, secretario de Acción Católica, que logró “cortocircuitar una posible mediación del Vaticano” para pedir a Franco un armisticio.
El Consejo Asesor se reunió hasta 19 veces y sus actas han sido analizadas por el historiador: en la práctica, su misión fue desestabilizar Madrid, prolongar la situación de hambre y de boicot de los suministros y “explotar el enfrentamiento interno” de los republicanos. El libro afirma que fue clave en el golpe que Segismundo Casado, jefe del Ejército del Centro, dio contra Juan Negrín para derribar su Gobierno y tener vía libre a la rendición.
Para todo ello, Burgos ordenó al Consejo Asesor la creación del Partido Único que después regiría en la dictadura y con el que Franco evitaba la confrontación entre carlistas y falangistas. De esta forma, se erigía como “interlocutor político” frente a los republicanos, con los que tuvieron varias reuniones. El objetivo del grupo estaba claro: “Juro ante Dios y los santos evangelios servir lealmente a los grandes ideales de la Nueva España”, repitieron sus miembros mientras besaban un crucifijo en el ritual de fundación, celebrado en diciembre de 1938 en un piso de la calle Alfonso XII, que entonces la República había renombrado como calle Lealtad.
El Día D
El libro narra cómo el día D, que según las actas a las que ha accedido el autor fue añadido en las Normas como el 27 de marzo posteriormente y a mano, el jefe del Ejército del Centro republicano, Adolfo Prada, hace circular a sus mandos las instrucciones, ordena el cese de hostilidades y comienza a ejecutar el plan final. Esa misma tarde, la 40ª Brigada Mixta desplegada en Ciudad Universitaria (Madrid) emite su último parte de información asegurando que se estaban produciendo las señales impuestas en la hoja de ruta mientras van apareciendo banderas blancas en diferentes lugares del frente.
Los republicanos habían intentado renegociar los términos en una segunda reunión en Gamonal. Enviados Casado, al frente del Consejo Nacional de Defensa, los dos militares que, según Gómez Bravo ya trabajaban en colaboración con Franco, reclamaban más tiempo y una retirada más escalonada, además de un documento “escrito” con el que se “garantizaran” las condiciones con las que se estaban rindiendo “para que el pueblo siga con confianza incondicional en toda esta zona”, decían desde el Ministerio de Hacienda de Madrid, sede del Consejo republicano. Sin embargo, los franquistas no lo aceptaron.
Lo que pedía la República por escrito era el compromiso de aplicar las Instrucciones para la rendición redactadas el 6 de febrero por el Cuartel General del Generalísimo, que es otro de los documentos clave que incluye Gómez Bravo. Bajo el primer punto “tenéis la guerra perdida”, el texto ofrecía a los republicanos “el perdón” para quienes “hayan sido arrastrados engañosamente a la lucha”, afirmaba que la militancia en partidos “extraños al Movimiento Nacional” no sería causa de “responsabilidad criminal” o apuntaba a la posibilidad de salvoconductos para quienes “rindan las armas”. El libro revela que las Instrucciones fueron modificadas después para denominarse Concesiones de Franco.
“Sobre todo porque querían ocultar que había habido unas negociaciones. Quisieron disfrazarlo de cesiones magnánimas de Franco”, señala Gómez Bravo, que apunta a que las Instrucciones del 6 de febrero “demuestran” que antes del golpe de Casado contra Negrín del 5 de marzo, que ha ocupado un lugar central en las explicaciones sobre el final de la guerra, “ya habían comenzado las negociaciones” para la rendición. “Desde hacía tiempo la cuestión ya no era si rendirse o no, sino cómo hacerlo. El propio Negrín había mostrado sus condiciones, pero fue cada vez quedándose más aislado. Al final, por un lado fue una rendición voluntaria y por otro, dirigida y forzada”.
El final
El contexto internacional fue una pieza indispensable. “La cuestión es que todo el mundo está de acuerdo con que la guerra acabe, también la URSS, para la que ya no es una cuestión importante, como dice Stalin literalmente”, afirma Gómez Bravo. El movimiento definitivo es el reconocimiento oficial del Gobierno de Franco por parte de Francia e Inglaterra, que se produjo el 27 de febrero. En este punto, la investigación revela algo clave: y es que siete días antes, Franco ya había firmado su adhesión al Pacto anticomunista de Alemania, Italia y Japón, pero “lo mantuvo en secreto”, tal y como revela un telegrama enviado a Berlín por el embajador alemán en España.
“Si se hubiera hecho público entonces, se hubiera puesto en juego el reconocimiento de Francia e Inglaterra, que no iban a dar ese paso a las puertas de la Segunda Guerra Mundial precisamente contra esos países”, explica el catedrático. La firma oficial de la entrada de España al pacto auspiciado por el Eje se produjo en una fecha nada casual: el 28 de marzo, en plena operativa de rendición de la República y el día en que se produjo la entrega de Madrid. Ocurrió en la Ciudad Universitaria de Madrid, escenario de duras batallas para la defensa de la capital, concretamente entre las ruinas del asilo de Santa Cristina y el Hospital Clínico.
Allí se produjo la rendición oficial. Eran las 13.00 horas y poco después las tropas franquistas entraron en Madrid sin hacer “ni un solo disparo”. Ya desde pronto por la mañana, la bandera de los golpistas se había izado en el Ministerio de Hacienda, desde donde los republicanos dirigieron las últimas horas de la República. Casado y otros miembros del Consejo Nacional de Defensa abandonaron los sótanos en dirección a Valencia para coger un barco que les llevaría al exilio. Ante el inminente dominio de los golpistas, miles de personas buscaron en la costa una salida a pesar de que la cúpula republicana sabía que no sería posible. Los franquistas no permitieron una evacuación generalizada y comenzaron a levantar los campos de concentración que albergarían allí a miles de prisioneros. La guerra había terminado y comenzaban cuatro décadas de terror franquista.