Laura López-Mascaraque, neurocientífica: “He visto a una mujer con alzhéimer gritar y llorar de alegría por un olor”
Laura López-Mascaraque es una de esas científicas a las que les gusta sacar su nariz fuera del laboratorio. Además de investigar los mecanismos moleculares del olfato en el Centro de Neurociencias Cajal (CNC-CSIC), esta destacada investigadora ha viajado por el planeta buscando los diferentes aromas y tratando de entender mejor su significado cultural y social. Entre sus esencias favoritas, rememora emocionada, está el inconfundible olor a piedra y hielo de Islandia, el penetrante aroma de los mercados de Marruecos, las orquídeas salvajes de México o las llanuras interminables del salar de Uyuni, en Bolivia.
Todo este conocimiento y las experiencias sobre el terreno han quedado recogidos en El fascinante universo del olfato, recién publicado por Geoplaneta, un libro con el que López-Mascaraque se propone demostrar que oler es algo más que percibir aromas. “El olfato merece un lugar central en la conversación sobre lo que significa vivir plenamente”, reivindica en sus páginas, convencida de la necesidad de que recuperemos esa vía para reconectarnos con el mundo. Charlamos con ella pocos días después de su publicación.
Dice usted que un olor puede conmovernos antes de que sepamos por qué, ¿es un superpoder?
Puede ser. Estamos rodeados de moléculas que entran en nuestra nariz cada vez que respiramos. Y esa información nos llega de una forma muy directa al cerebro, no pasa por el tálamo como el resto de sentidos. El olfato va directamente a la parte del cerebro emocional y eso hace que, antes de que nos demos cuenta, ya nos esté llegando esa información.
¿O sea, puede disparar una emoción o un recuerdo antes de haberlo pasado por el lado consciente?
Efectivamente, es como el sentido más irracional, podríamos decir, más animal. Es más rápido que el resto de los sentidos.
Al principio del libro cuenta el caso de una mujer que tiene una enfermedad neurodegenerativa y que reacciona cuando huele madera de cedro. ¿Qué pasó?
Pues, mira, hace ya unos años fui a hacer un taller con enfermos en estados tempranos de alzhéimer. Cuando llegué al sitio me dijeron que había una señora que ya no hablaba, pero la habían traído porque todavía no había pasado a la siguiente fase. Y se sentó con todas, mientras yo les ponía cajitas donde iban determinados olores. Ella estuvo normal y de repente olió una cajita y empezó a gritar y a llorar y a reír. Y yo me acerqué a ella y le pregunté: “¿Qué le pasa?” Y me dijo: “Déjame, niña, déjame que estoy muy contenta”. Yo la dejé. Lo único que hacía la señora era irse por las mesas, oliendo y guardándose ese olor en el mandil, en el bolsillo. Y entonces empecé a explicar los olores. Había aromas de vainilla, azahar… y ya dije: “Bueno, y este de aquí que tanto le ha gustado es el aroma del cedro, una madera con la que se hacen los lapiceros”. Entonces ella se puso a gritar y dijo: “Ya sé lo que me pasa”. A todo esto, las enfermeras y los de alrededor casi llorando porque la estaban oyendo hablar.
Por primera vez en mucho tiempo…
Exacto. Y me dice esto: “Mi padre era carpintero y cuando era pequeña, que se murió cuando yo tenía diez años, hacía lapiceros con madera de cedro, metía un grafito y yo me los llevaba a la escuela”. Todavía se me pone la carne de gallina. Fue espectacular aquello. Y la señora siguió toda feliz y se llevó todas las cajas.
¿No es contradictorio que la pérdida del olfato sea un factor de detección de estas enfermedades y que se den estas situaciones?
Normalmente cuando voy a hacer talleres con gente mayor no diluyo los aromas. Las esencias son puras y huele muy fuerte. Es verdad que, igual que el resto de los sentidos, el olfato lo vamos perdiendo con la edad, pero si tú hueles y entrenas, sigues manteniendo un buen olfato. Hay perfumistas que tienen 80 y tantos años y distinguen una paleta de aromas de mil olores.
¿Deberíamos crear gimnasios olfativos? ¿Qué beneficios tiene?
Yo creo que sería bueno. Es una forma de entrenar el cerebro de una manera que normalmente no hacemos de forma consciente. De hecho, no sabemos ni nombrar los olores. En las culturas occidentales hemos perdido el poder nombrar olores y si nosotros lo entrenamos, favorecemos circuitos, favorecemos toda la parte del sistema límbico. Es algo que deberíamos entrenar todos.
Dice en el libro que “en un mundo saturado de imágenes, pantallas y ruido, quizá lo más revolucionario sea volver a respirar con atención”. ¿Nos hemos olvidado de este canal de acceso a la realidad?
Desde luego. Y, a lo largo de la historia, el olfato ha sido el sentido más infravalorado, asociado a valores negativos y a la vergüenza. Se asociaba a la peste, eran los olores los que te hacían enfermar.
Otra cosa de la que no somos muy conscientes es de que vamos dejando olores por todas partes. ¿Qué es el volatiloma?
Es ese conjunto de compuestos volátiles que estamos desprendiendo a través del sudor, a través del aliento y de todo nuestro organismo. Vamos dejando una huella química a nuestro paso que además es dinámica, en el sentido de que no es lo mismo el volatiloma que tú tienes cuando estás contento o cuando estás triste, cuando estás hormonalmente en un estado o en otro, cuando tienes una edad o tienes otra, eso va cambiando. O cuando tienes enfermedades, el volatiloma ya se está empezando a estudiar para detectar enfermedades.
En japonés existe una palabra, “sutoreshu”, para el olor del estrés. ¿Está por todas partes?
Está caracterizado sí, son unas determinadas moléculas que podemos detectar como el olor a estrés. Se parece mucho al olor este que hay cuando entras en una clase de adolescentes y van a hacer un examen, esa explosión hormonal que tienen, ¿no? Es algo que se refleja en muchos sitios, como cuando vas a un concierto y la gente que está a tu alrededor tiene subidones de adrenalina.
En Japón también existe una palabra para el olor a vejez, “kareishu”. ¿Por qué nos cambia el olor con la edad?
Sí, y es curioso porque simplemente sucede que nos cambia el metabolismo de los ácidos y de los lípidos en la piel. Es el típico olor que hay cuando tú vas a una residencia, cuando es concentrado. Yo lo descubrí cuando fui a Japón, me dieron una cajita y me dijeron: el olor de los abuelos.
La comunicación química es el primer lenguaje de la vida.. Del 2 al 3% de todo nuestro genoma se dedica a oler
Hay olores que para algunos son asquerosos y en otras culturas son maravillosos. ¿Podría citar alguno?
Mira, yo estaba deseando ir a Tailandia por oler el durián. Dicen que es la fruta que peor huele del mundo y está en todas las calles. Está prohibido en hoteles y en autobuses por el olor que da. Pero les encanta. O sea, yo aluciné porque veías a los críos desde pequeños como locos porque quieren el durián. Yo acabé tapándome la nariz, conseguí probarlo y es una textura agradable. Es un poco cítrico, pero no lo saboreé porque me tapé la nariz. El olor te produce un rechazo. Pero, ¿qué pasa con el queso de cabrales en España para gente que no lo conozca? A mí me encanta. Eso es cultura.
Existe una red invisible de olores en la naturaleza, ¿es la principal vía de comunicación entre las cosas vivas?
Sí. Desde las bacterias a las plantas. La comunicación química es el primer lenguaje de la vida.
O sea, que si hubiera vida en otros planetas, ¿es más propale que tenga olfato que cualquier otro sentido?
No sé si olfato, pero sí comunicación química, por no meternos en líos.
¿Los elefantes tienen mejor olfato que los perros?
No se sabe por qué. No es que tengan mejor olfato, tienen más genes que codifican para receptores olfativos para el olfato. El elefante tiene 2.000 y pico genes. Un ratón tiene 1.200. Un perro, alrededor de 1.000. Nosotros tenemos 400, que es una bestialidad. O sea, del 2 al 3% de todo nuestro genoma se dedica a oler.
Cuénteme lo del cañón de olores de Disney. ¿Nos manipulan las empresas a través del olfato?
Se manipuló muchísimo y se prohibió, de hecho. Disney fue de los primeros que se dio cuenta de la fuerza que tenían los olores y ponía en las calles principales de sus parques el olor a palomitas, de modo que la gente necesitaba comprarlo. Otros negocios ponían ventiladores de humo hacia fuera para que oliese y atraer a la clientela. Y después se ha extendido a hoteles y tiendas de ropa, que tienen sus “odotipos”.
El petricor, el famoso olor a tierra mojada por la lluvia, es el único olor al que hemos puesto nombre, ¿lo asociamos con la felicidad?
Es increíble. Cuando tú preguntas por ahí qué olores te seducen, muchísima gente es el olor a tierra mojada. Es algo que te impacta. Y produce felicidad, efectivamente, es algo que nos atrae, además, en distintas culturas. Biológicamente viene de las bacterias que, con las primeras gotas de lluvia producen geosmina, que es el olor que detectan desde los colémbolos hasta los dromedarios. Es un olor muy primitivo.
Cuando tú preguntas por ahí qué olores te seducen, muchísima gente es el olor a tierra mojada. Es algo que te impacta. Y produce felicidad, efectivamente
También hay paisajes aromáticos que se están perdiendo. ¿Qué es la “arqueología olfativa” y el proyecto Odeoeuropa?
El objetivo del proyecto es llegar a hacer un museo de los aromas del pasado, de la Edad Media o el antiguo Egipto, por ejemplo. Y, a través de libros, de historias, de objetos, están intentando descifrar cuáles eran esos olores. Hay un grupo de ellos que está sacando muestras de momias para ver a qué olían. Y hará un par de años, en Carmona, sacaron unas vasijas que estaban totalmente cerradas y de ahí vieron que ya había pachulí cuando no debería haber. Es decir, la arqueología olfativa es un campo muy bonito y que está empezando a tener su importancia.
Igual que hay un banco de semillas global, ¿debería haber una biblioteca olfativa global para que no se perdieran los olores?
Sí, pero ¿cómo lo conservas? Ese es el problema. Quizá lo sea cuando podamos llegar a una olfacción digital de verdad. Ahora mismo, con el espectrofotómetro, puedes sacar cuáles son las moléculas que puede haber en un olor, pero es muy difícil hacer una biblioteca porque tendrías que ver cuál es la concentración, en dónde está, cómo lo guardas. Si lo guardas ya es distinto.
Una cosa muy curiosa de los olores es que con un cambio muy pequeño molecular se produce un giro perceptivo. De hecho, la geosmina pasa a oler mal a partir de determinada concentración, ¿no?
Bueno, también tienes el ejemplo del indol. Es una molécula que se utiliza muchísimo en perfumería. A baja concentración huele a flores, pero a alta concentración huele a pescado podrido y es una de las moléculas típicas del olor a cadáver.
O sea, que entre el olor a flor y el olor a muerto solo hay un paso.
Efectivamente. Hay un paso de concentración.
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