La fronteriza estación de trenes con cientos de ventanas, dos túneles y que los franceses decían que era más grande que el Titanic
En plenos Pirineos aragoneses y rodeada de cumbres e infinitos bosques, la estación internacional de Canfranc es todo un coloso del siglo XX que se concibió como un escaparate de España ante Europa. Inaugurada en julio de 1928 por Alfonso XIII y el presidente francés Gaston Doumergue, la edificación sorprendió por su gran longitud y corte afrancesado. Su silueta combinaba cristal, hierro y cemento con tejados de pizarra de gran pendiente. Con la ambición de conectar ambas naciones, albergaba aduanas, taquillas, correos, comisaría y un hotel internacional.
El impacto estético y dimensional de la estación causó estupor al otro lado de la frontera pirenaica. En Francia, maravillados por la desmesura de la obra en una recóndita comarca, la apodaron popularmente como “una gare plus grande que le Titanic”. Aquella comparación reflejaba el asombro ante un edificio de 241 metros de longitud. La terminal fue la segunda estación más grande de Europa, solo superada por Leipzig. Paradójicamente, se iba a construir en el Valle de Aspe, pero la falta de espacio obligó a llevarla a Los Arañones.
La ejecución de esta infraestructura representó un gran desafío para la ingeniería civil moderna. Ubicada a más de 1.200 metros de altitud, su viabilidad exigió horadar la cordillera para abrir el mítico túnel internacional de Somport. Las obras comenzaron en 1908 y finalizaron ocho años más tarde, abriendo paso a las vías interconectadas. Para proteger la estación de aludes, fue necesario construir diques y plantar más de nueve millones de árboles. El complejo disponía de dos túneles fronterizos y pasos subterráneos para pasajeros y mercancías entre ambas naciones.
Uno de los elementos más fascinantes de la terminal es su gran profusión de aperturas exteriores. A lo largo de las décadas se consolidó una leyenda popular que aseguraba que el edificio poseía exactamente 365 ventanas, una por cada día del año. Sin embargo, los análisis desmintieron el mito al contabilizar 396 ventanas en los paramentos principales, cifra que asciende a 424 al sumar los torreones y el vestíbulo. A esta iluminación se suman 156 puertas dobles dispuestas con simetría art déco.
Tras su esplendor en los años treinta, Canfranc quedó envuelta en episodios de espionaje durante la Segunda Guerra Mundial. El recinto se transformó en un enclave estratégico por donde transitaban convoyes con minerales valiosos. España exportaba hacia Alemania toneladas de wolframio, un material imprescindible para la industria bélica del III Reich. Como contrapartida, el régimen alemán enviaba ingentes cargamentos de oro expoliado que cruzaban la aduana hacia Madrid y Portugal. Detrás de este comercio, la estación escondía una red subterránea de evasión que salvó a miles de refugiados.
Entre las paredes de la aduana operó el jefe aduanero francés Albert Le Lay, un activo miembro de la Resistencia que facilitó la fuga de perseguidos judíos mientras simulaba colaborar con los alemanes. A su lado destacó la joven espía Lola Pardo, quien cosía mensajes cifrados en el forro de sus vestidos para transportarlos en tren a Madrid o París. Este trasiego secreto quedó guardado durante décadas en dos baúles de mimbre olvidados en un hangar. Hallados casualmente por Jonathan Díaz en el año 2000, los documentos probaron el paso de más de 86 toneladas de oro nazi.
Declive y renacimiento
El trágico declive de la estación sobrevino en marzo de 1970. El descarrilamiento de un tren de mercancías en el lado francés provocó el derrumbe del puente de L'Estanguet, lo que interrumpió el tráfico internacional entre ambas naciones. Sin el flujo de viajeros ni el comercio entre España y Francia, el coloso se sumió en un prolongado periodo de abandono y silencio montañés. Las instalaciones sufrieron un deterioro progresivo que amenazaba ruina, mientras la maleza cubría los andenes. Pese a todo, la memoria permaneció viva en el valle.
El nuevo milenio trajo consigo un esperado renacimiento para este patrimonio histórico, declarado Bien de Interés Cultural en el año 2002. Tras ambiciosos proyectos de rehabilitación impulsados por las instituciones aragonesas, la estación ha vuelto a la vida convertida en un hotel de lujo. El histórico vestíbulo de 1928 ha recuperado su esplendor como recepción principal, mientras antiguos vagones restaurados albergan alta cocina. Las ventanas enmarcan hoy habitaciones donde la elegancia del pasado convive con el futuro pirenaico.
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