¿Cómo mantuvo Nelson Mandela la esperanza tras 27 años encarcelado? Sus cartas ofrecen la respuesta
La cárcel convirtió la correspondencia de Nelson Mandela en el único espacio donde podía seguir ejerciendo como padre cuando las autoridades le negaban incluso la posibilidad de despedirse de su familia. En 1969 perdió a su madre y a su hijo mayor, Thembi, fallecido en un accidente de tráfico, y no recibió permiso para asistir a ninguno de los dos funerales.
Ese mismo año, con Winnie Madikizela-Mandela también encarcelada, advirtió a sus hijas Zenani y Zindzi de que tendrían que vivir como “huérfanas”, privadas de celebraciones, regalos y ropa nueva.
La censura interceptaba mensajes y fotografías familiares
Aquel vínculo familiar quedó expuesto a una vigilancia que alcanzaba hasta los sobres, porque fotografías y cartas podían desaparecer antes de llegar a su destino. Mandela, abogado y activista del Congreso Nacional Africano, intentaba participar en la vida de sus hijas preguntando por sus estudios o enviando felicitaciones de cumpleaños. En 1976, después de un largo periodo sin noticias de Winnie, describió sus cartas como “la llegada de las lluvias de verano y de la primavera que dan vida a mi existencia y la hacen agradable”.
La misma pluma que mantenía los lazos familiares sirvió para cuestionar las condiciones impuestas a los presos negros de Robben Island, donde Mandela pasó 18 años. Dormía desnudo sobre un suelo frío en una celda de unos 2,4 por 2,1 metros, y reclamó mejor alimentación, ropa de abrigo y acceso a materiales educativos para los internos.
En 1976 envió al comisario de prisiones una carta de más de 20 páginas en la que describió el trato degradante y escribió que “es una forma mezquina de cobardía vengarse de hombres indefensos que no pueden devolver el golpe”.
El aislamiento también le llevó a convertir la prisión en un espacio de reflexión personal, sin abandonar la actividad política que había marcado su vida antes de ser detenido. En una nota de 1975 defendió que el encierro podía servir para conocerse mejor y trabajar sobre los propios defectos, una idea que acompañó con lecturas como El poder del pensamiento positivo, de Norman Vincent Peale, y con un Oxford Atlas que le permitía mantener una conexión intelectual con el exterior.
Incluso buscó una relación menos hostil con sus guardianes y expresó su deseo de discutir principios e ideas sin rencor para poder estrecharles la mano algún día.
Cuatro prisiones marcaron los 10.052 días de Mandela
El recorrido carcelario de Mandela comenzó tras su detención en 1962, cuando tenía 44 años, y terminó después de 10.052 días repartidos entre cuatro centros penitenciarios sudafricanos. Primero estuvo en la Prisión Local de Pretoria y en 1964 fue trasladado a Robben Island.
Después pasó a Pollsmoor, un complejo a las afueras de Ciudad del Cabo con camas y mejor comida, aunque él y cuatro compañeros permanecieron separados del resto en una celda situada en una azotea. En 1988 llegó a Victor Verster, donde permaneció hasta su liberación el 11 de febrero de 1990.
La libertad abrió el camino hacia la presidencia
La colección The Prison Letters of Nelson Mandela reúne 255 cartas escritas entre 1962 y 1990, muchas publicadas allí por primera vez y ordenadas cronológicamente según los centros donde estuvo recluido. Los documentos recogen mensajes dirigidos a familiares, compañeros de militancia, autoridades penitenciarias y funcionarios mientras el rechazo internacional al apartheid crecía fuera de prisión.
En una reflexión sobre la perseverancia frente a la derrota, Mandela escribió que “el honor pertenece a los que nunca abandonan la verdad aunque todo parezca oscuro y sombrío”.
La salida de Victor Verster abrió una etapa política que culminó en 1994, cuando Nelson Mandela se convirtió en el primer presidente negro de Sudáfrica después de 27 años de encarcelamiento. La publicación posterior de sus cartas permitió reconstruir desde documentos personales una trayectoria que había transcurrido durante décadas bajo aislamiento, censura y restricciones familiares.
Ese archivo dejó fijada una faceta distinta de su figura pública, la de un preso que siguió defendiendo derechos humanos y manteniendo relaciones personales mediante la escritura hasta recuperar la libertad.
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