Fue el misterio evolutivo que más obsesionó a Darwin: “la más humana de las expresiones” que todavía no tiene explicación científica de su origen
Es una acción involuntaria, muy habitual en situaciones de vergüenza, cuando hemos hecho algo que consideramos no es apropiado en ese momento o contexto, o incluso en ocasiones nos hace pasar un mal rato porque nos sucede cuando estamos con alguien que nos gusta. Hablamos del sonrojo, una capacidad que es única para los humanos.
Y es que el ser humano es el único animal capaz de ruborizarse, y es un detalle que la ciencia todavía no ha podido explicar porque sucede en nosotros y no en otros animales, ni siquiera en los que comparten origen con nosotros. Aunque sí que se ha evidenciado que es una reacción involuntaria en la que el color de nuestra piel cambia en cara, cuello o pecho.
De hecho, por el bicentenario del nacimiento de Charles Darwin, en la Universidad de Emory realizaron un análisis sobre el ruborizarse, porque el científico británico fue el primero en notar este hecho como algo exclusivo de los humanos. Así, Frans de Wall, profesor de comportamiento de primates en la mencionada universidad, en Georgia, Estados Unidos, señaló:
“Somos los únicos primates que sonrojamos en respuesta a situaciones embarazosas o cuando nos sorprenden diciendo una mentira, y u no se pregunta por qué necesitamos una señal tan obvia para comunicar estos sentimientos”, se podía leer en el artículo publicado en la revista científica británica, ‘New Scientist’.
“La más peculiar y humana de todas las expresiones” según Darwin
Este enrojecimiento en cara, cuello o pecho, que llamamos ruborizarse, que se debe a la dilatación de los vasos sanguíneos al aumentar la cantidad de sangre que pasa por ellos, algo que no podemos controlar de forma voluntaria, es un detalle exclusivo de los humanos, y el primero en darse cuenta de esto fue el mismísimo Charles Darwin.
Darwin publicó su teoría de la evolución por selección natural el 24 de noviembre de 1859, en la obra ‘El origen de las especies’. Con ella revolucionó la biología, al proponer que las especies evolucionan a lo largo del tiempo a partir de un antepasado común y que sentó los beses de la biología evolutiva moderna. A pesar de que en ese momento fue cuando se publicó por escrito, él ya había presentado sus primeras ideas sobre esta teoría junto a Alfred Russel Wallace en agosto de 1858 ante la Sociedad Linneana de Londres.
A raíz de sus estudios, Charles Darwin se fijó en el rubor y lo definió como “la más peculiar y humana de todas las expresiones”, destacando su reacción involuntaria y ligada siempre a la vergüenza y autoconciencia social. De hecho, esto último ayudaría a definir la justificación de por qué es exclusiva del ser humano.
Y es que intentó explorar el origen evolutivo de esto, de ver si sucedía en otros animales, pero lo consideró un misterio sin una función clara, a diferencia de otras emociones. Fue cuando especuló que esto sería “una señal de que los humanos hemos evolucionado como una especie sumamente cooperadora, al menos con otros animales”. “Darwin fue el primero que se dio cuenta de esta tendencia porque estudió las expresiones faciales de los monos, simios y humanos y notó por primera vez que sólo los humanos se sonrojaban”, explicó al respecto el profesor de Waal.
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