Esta poeta polaca es considerada la primera mujer gitana que pudo publicar su obra y unos jardines de Barcelona llevarán su nombre

La guerra destruyó su mundo físico, pero fortaleció su voz poética como una herramienta de resistencia y memoria para las generaciones venideras

Alberto Gómez

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La ciudad de Barcelona ha decidido rendir un merecido homenaje a la memoria de Bronisława Wajs, conocida universalmente como Papusza, al ‘bautizar’ unos nuevos jardines con su nombre literario. Esta decisión de la Ponencia del Nomenclátor de la capital catalana busca integrar en el mapa de la ciudad a una figura que representa la voz primera de la mujer gitana en la literatura impresa. Nacida en Polonia, Papusza trascendió las barreras de una cultura oral para plasmar en versos la esencia de su pueblo errante. Su reconocimiento en la capital catalana se suma a otras denominaciones de grandes autores que han contribuido a la cultura universal. 

La poeta, que vivió entre dos mundos, encuentra ahora un rincón de paz en el espacio público barcelonés, un espacio verde servirá para que la ciudadanía descubra la trágica figura de una mujer que fue pionera absoluta en las letras. Con esta iniciativa, Barcelona salda una deuda histórica con una de las voces más singulares y potentes de la lírica del siglo XX. En los jardines del barrio, su nombre se unirá al de otros ilustres escritores que hoy definen el nuevo paisaje urbano de la ciudad.

La vida de Bronisława Wajs comenzó en Lublin, donde creció en el seno de una familia nómada que recorría los caminos rurales de la Polonia de entreguerras. Criada en la dureza del tabor o caravana de carromatos, su infancia estuvo marcada por la falta de educación y la autoridad de patriarcas analfabetos. Sin embargo, su curiosidad intelectual la llevó a aprender a leer y escribir de manera autodidacta, intercambiando víveres por lecciones con una tendera. Aquel empeño personal por acceder al alfabeto fue visto con recelo por su propia comunidad, que consideraba la escritura una traición. Pese a las palizas y la incomprensión familiar, Papusza persistió en su búsqueda de conocimiento, sintiendo que la palabra escrita era una salvación. 

Al alcanzar los 40 años, Bronisława se convirtió en una celebridad literaria en Polonia, recibiendo el aplauso de intelectuales

Su historia es la de una niña que desafió los atavismos de su raza para conquistar un mundo de ideas que le estaba vedado. Así, entre bosques y ríos, se fue forjando la primera gran intelectual de la etnia gitana polaca de las tierras bajas. Aquel esfuerzo solitario sería el primer paso para que el mundo conociera el alma de una nación sin fronteras geográficas. A los 16 años fue casada a la fuerza con Dionisy Wajs, un arpista mucho mayor que ella con quien compartió una existencia dedicada a la música itinerante. Juntos recorrían aldeas donde ella cantaba y recitaba sus versos acompañada por el arpa o el violín, ganándose una gran reputación artística. Aunque su matrimonio fue difícil y no pudo tener hijos biológicos, la pareja adoptó a un niño huérfano rescatado de entre los escombros. 

Durante estas travesías, Papusza compuso letras basadas en la tradición romaní, capturando la belleza de los bosques y la melancolía del camino. Su creatividad florecía en la intimidad de las hogueras, ajena todavía al impacto que sus palabras tendrían en el mundo exterior. Era descrita como una mujer de hermosura salvaje y talento desbordante, capaz de emocionar con solo una balada a los oyentes. Esta etapa de nomadismo inspiró gran parte de su obra posterior, cargada de imágenes sobre la libertad y la naturaleza. No obstante, la rigidez de las costumbres clánicas pronto entraría en colisión directa con su deseo de expresión individual y artística.

El estallido de la Segunda Guerra Mundial trajo consigo el horror del exterminio gitano perpetrado por los nazis, una tragedia que marcó su obra. Papusza fue testigo del sufrimiento de su pueblo en los bosques de Volhynia, donde miles de personas fueron asesinadas por las fuerzas ocupantes. De esa desgarradora experiencia nació ‘Lágrimas sangrientas’, uno de los primeros poemas que documentó el Holocausto desde la perspectiva romaní. En sus versos, describió con crudeza el hambre, el frío y el silbido de las balas, convirtiéndose en el testimonio lírico de una masacre. Sus palabras no solo lloraban a los muertos, sino que también expresaban un amor inquebrantable por la naturaleza que les servía de refugio. 

Este poema, que hoy se expone en el Museo de Auschwitz, es una elegía fundamental para comprender el dolor de las víctimas. La guerra destruyó su mundo físico, pero fortaleció su voz poética como una herramienta de resistencia y memoria para las generaciones venideras. Nadie antes había logrado capturar con tal maestría el desgarro de una cultura que estuvo a punto de desaparecer totalmente. La suerte de Papusza, eso sí, cambió radicalmente cuando conoció al poeta polaco Jerzy Ficowski, quien se refugió en su caravana huyendo de la persecución política. Ficowski quedó prendado de su talento natural y comenzó a traducir sus poemas del romaní al polaco, facilitando su publicación en revistas. Al alcanzar los 40 años, Bronisława se convirtió en una celebridad literaria en Polonia, recibiendo el aplauso de intelectuales como Julian Tuwim. 

Sin embargo, esta fama resultó ser un arma de doble filo para una mujer que siempre había vivido bajo las estrictas normas del clan. Sus obras publicadas desvelaban secretos y costumbres que la comunidad consideraba sagrados y que debían permanecer ocultos a los ojos ajenos. El éxito exterior se tradujo rápidamente en una creciente hostilidad interna, ya que se la veía como una informante al servicio de los gadjos. A pesar de que su intención era pedagógica y buscaba la emancipación de los suyos, el pueblo gitano no perdonó su osadía. Fue el inicio de una tragedia personal que la llevaría desde la cima del reconocimiento hasta el abismo del repudio.

Enjuiciada y repudiada

El conflicto estalló definitivamente cuando Ficowski utilizó la obra de Papusza para promover políticas gubernamentales de sedentarización del pueblo gitano. Acusada de traición por haber revelado las claves de su cultura, la poeta fue sometida a un severo juicio tribal por el Baro Shero. Fue declarada mahrime, un término que significa impura y que conllevaba la expulsión definitiva y el repudio absoluto de su comunidad. Nadie volvió a dirigirle la palabra, convirtiéndola en una paria social dentro de su propio hogar y condenándola a una soledad eterna. Atormentada por la culpa y el rechazo, Papusza llegó a quemar cientos de poemas inéditos en un intento desesperado por recuperar el perdón. Aquel sacrificio de su propia obra no sirvió para detener la condena de ostracismo que le impusieron sus semejantes más cercanos. 

Los últimos 34 años de su vida fueron un lento descenso hacia el olvido y la tristeza, marcados por graves crisis nerviosas. Vivió aislada en la ciudad de Inowroclaw, cuidando de su anciano marido y recibiendo apenas el apoyo de su familia directa. A pesar de la publicación de su poemario “Canciones habladas” en 1973, ella se sentía como una muñeca rota, ignorada por el mundo. Falleció en febrero de 1987 sin que apenas nadie se percatara de que se apagaba la voz más importante de la lírica romaní. Su situación de abandono fue la consecuencia de haber intentado tender un puente entre la tradición tribal y la modernidad nacional. Murió en una injusta soledad, motivada por la incomprensión de un pueblo que no supo ver la generosidad de su mensaje artístico.

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