Estas focas suelen pesar 250 kilos, son tan antiguas que hasta Aristóteles llegó a describirlas y ahora tratan de que vuelvan a poblar el Mediterráneo
Tras décadas de ausencia continuada en las costas españolas, los expertos en conservación analizan los indicios del posible retorno de una especie marina al ecosistema levantino. Se trata de la foca monje, mamífero que habitó las bahías de Mazarrón y Águilas y que representa hoy un símbolo de esperanza para la biodiversidad marina. Las administraciones se han unido para evaluar si el hábitat actual es idóneo para el reasentamiento de este robusto animal que destaca por un cuerpo fusiforme que le otorga una agilidad sorprendente bajo el agua a pesar de su gran envergadura.
Y es que los ejemplares adultos pueden alcanzar una longitud de hasta 2,8 metros y superar con gran facilidad los 250 kilos de peso. Su pelaje corto varía entre los tonos marrones y grisáceos, luciendo una mancha blanquecina distintiva en la zona ventral. Son animales que poseen una cabeza redondeada con un hocico prominente que recuerda la forma de la capucha de un monje, detalle que precisamente da nombre a la especie. Sus extremidades cortas y potentes les permiten realizar inmersiones profundas.
La historia de estos pinnípedos se remonta a millones de años, siendo una de las especies más primitivas que existen actualmente en el planeta. Su legado quedó inmortalizado en los escritos de la Antigüedad, donde hasta el filósofo griego Aristóteles llegó a describirlas como cuadrúpedos mutilados por su movimiento. Incluso la Odisea de Homero menciona a estos seres descansando en cuevas marinas como parte de la prole de las divinidades oceánicas más antiguas. Tales relatos subrayan la convivencia milenaria entre los seres humanos y estas criaturas en las zonas costeras.
En las civilizaciones clásicas, la foca monje no era solo un animal, sino un emblema sagrado consagrado al dios Apolo por su hábito de tomar el sol. La ciudad de Focea, en la actual Turquía, adoptó su figura como símbolo distintivo en las monedas que acuñaba para el comercio. En los yacimientos arqueológicos de la cuenca mediterránea se han hallado diversas representaciones que muestran su importancia cultural. Sin embargo, esta misma visibilidad las convirtió en objetivo de caza para obtener pieles, aceite y carne de gran valor. Su divinización en mitos no impidió que comenzaran a ser desplazadas del litoral.
El siglo XX marcó el punto de máxima regresión para la especie en las costas de la península ibérica debido a la creciente presión del turismo y la pesca. En España, las últimas poblaciones reproductivas desaparecieron en los años 70, dejando testimonios aislados de encuentros fortuitos en calas recónditas. El caso más mediático fue el de Peluso, un ejemplar que habitaba las islas Chafarinas y que se convirtió en el último símbolo de su presencia nacional. A finales de los 80, aquel macho adulto fue noticia mundial tras ser rescatado de un aro de pesca que oprimía su cuerpo, cerrando un ciclo de presencia histórica.
Hoy en día, la población mundial se estima en apenas 800 ejemplares, lo que la sitúa en una situación de extrema fragilidad según los expertos internacionales. Sus escasos núcleos poblacionales se encuentran fragmentados en tres regiones específicas: el Mar Egeo, la costa de Mauritania y el archipiélago de Madeira. La colonia de Cabo Blanco, en el Atlántico africano, es actualmente la más numerosa, con aproximadamente dos centenares de individuos adultos monitorizados. En el Egeo, los ejemplares se distribuyen de forma más dispersa entre las costas de Grecia y Turquía. Estos reductos son vitales para evitar la extinción final.
Varios factores clave
Para lograr que vuelvan a poblar el Mediterráneo occidental, se están diseñando estrategias que incluyen la vigilancia de cuevas mediante cámaras submarinas. La asociación ANSE colabora estrechamente con el Ministerio para la Transición Ecológica en la revisión de áreas protegidas como Cabo de Palos y Mazarrón. La mejora de la calidad del agua y la recuperación de las praderas de posidonia son factores clave para asegurar el alimento necesario para su supervivencia. Además, se busca sensibilizar al sector pesquero local para evitar capturas por accidente en las redes, fomentando una convivencia respetuosa con el entorno.
La reaparición de la foca monje en las costas españolas sería calificada como casi milagrosa por la comunidad científica si se logra consolidar un nuevo núcleo. Este esfuerzo requiere la cooperación internacional y el blindaje de acantilados donde el acceso humano sea restringido para garantizar la cría segura. Observar de nuevo a este gigante de 250 kilos descansando en nuestras playas, aseguran los expertos, supondría el mayor logro de conservación marina de la fauna del Mediterráneo occidental. El compromiso actual permite soñar con un futuro donde el mar recupere a uno de sus habitantes más antiguos, devolviendo el equilibrio perdido a nuestras aguas.
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