Estas son algunas de las leyendas que rodean a este impresionante arco bañado por el mar de la costa murciana
Se trata de una formación geológica de extraordinaria belleza situada en las cercanías de la Algameca Chica, en la localidad de Cartagena. Este paraje, “bautizado” como el arco de Amalia, es considerado un enclave mágico y solemne, se ubica en la desembocadura de una rambla y posee una atmósfera sagrada. La zona comenzó su desarrollo en el siglo XVIII con la construcción del Arsenal y hoy es un poblado de barracas marineras. Y es en este entorno en el que la geografía se funde con el misterio para dar vida a uno de los relatos más fascinantes de toda la Región de Murcia. Los visitantes llegan atraídos por las aguas cristalinas y el aura de un sitio que parece suspendido en el tiempo.
La leyenda narra la historia de una mujer llamada Amalia, eje central de este patrimonio esotérico que todavía perdura con fuerza. Su historia ha sido transmitida por generaciones, nutriendo la identidad cultural de los habitantes de la ciudad de Cartagena. Este rincón costero no es solo un destino geográfico, sino el escenario de un relato que desafía la lógica del presente. La protagonista de estas crónicas era una pitonisa o sanadora que vivía en una humilde choza cerca del barranco que hoy lleva el mismo nombre. Según el cronista oficial Federico Casal, vivía en una casita cuadrada y blanca, situada a pocos pasos de rehundidos marinos. Amalia no era considerada una bruja malvada, sino una mujer con supuestos poderes mágicos dedicada a ayudar a los desvalidos. Se decía que podía devolver la vista a los ciegos, caminar a los cojos o consuelo a los corazones rotos.
Su fama era tan inmensa que los rumores sobre sus habilidades curativas cruzaban incluso las fronteras de nuestra geografía. En aquel aislamiento solitario, recolectaba hierbas medicinales de los montes para elaborar sus famosos brebajes y pócimas. Su carácter era libertario y se sentaba habitualmente frente al mar y al impresionante arco, en una roca que hoy se conoce, lógicamente, como el banco de Amalia. Allí contemplaba el horizonte, impasible, mientras su intuición natural le permitía comprender el destino de quienes la visitaban. La figura de esta mujer se convirtió en un símbolo de supervivencia y marginalidad social dentro de la historia local.
El impacto de su figura fue tal que generó el popular dicho cartagenero: “Eso se lo cuentas a la Amalia”. Esta expresión se utilizaba frecuentemente en la ciudad cuando alguien dudaba de la veracidad de una historia que le contaban. Responder con esta frase implicaba que el relato era tan inverosímil que solo una vidente como ella podría creerlo. Con el tiempo, este mantra vecinal se quedó grabado en la memoria colectiva, flotando entre las casas de la Algameca Chica. La frase no solo servía para cuestionar la realidad, sino que mantenía vivo el nombre de la misteriosa mujer en el habla cotidiana. Era un reconocimiento implícito a su capacidad para lidiar con lo imposible y lo sobrenatural en un entorno rústico.
Otra de las leyendas más hermosas narra el encuentro entre la vidente y un apuesto navegante inglés de mediados del siglo XIX. Este capitán mercante llegó a su casa con el corazón destrozado por un amor no correspondido o una pena profunda. Tras conocer a la mujer y recibir sus cuidados o consultas, el marino regresó a su país natal, en tierras británicas. Sin embargo, el poder de atracción de Amalia y su capacidad para sanar almas perdidas hicieron que el hombre regresara pronto. Su retorno a las costas de Cartagena, apenas dos meses después, despertó la curiosidad y las murmuraciones de todos los oriundos. Nadie comprendía qué podía haber visto un rico capitán en una mujer mayor y solitaria como aquella sanadora. Algunos sugerían que ella había utilizado pócimas de amor o encantamientos para conquistar al navegante extranjero de forma mágica.
Un lugar de recuerdo
La sorpresa fue mayúscula en la ciudad cuando se supo que el navegante le había propuesto matrimonio a la pitonisa. La noticia se difundió rápidamente por cada rincón de Cartagena, inundando las calles de asombro y envidias disimuladas. Ella aceptó encantada la propuesta y, poco después del enlace, la pareja partió definitivamente hacia Inglaterra, dejando atrás el barranco y su humilde choza blanca. Desde aquel viaje, nunca más se supo del paradero de Amalia en tierras murcianas, lo que dio por concluida su etapa terrenal. Su ausencia física solo sirvió para agigantar su leyenda, convirtiendo el arco de Amalia en un lugar de recuerdo eterno.
Tiempo después, en el verano de 1930, un suceso trágico volvió a poner el nombre de la vidente en boca de todos. Una niña de once años sufrió un grave accidente al caer desde una gran altura cerca del famoso paraje natural. La pequeña fue ingresada en el hospital de Caridad de esta localidad de la Región de Murcia con una fuerte conmoción cerebral y múltiples traumatismos. Lo que más impactó a la sociedad de la época no fue solo la gravedad del accidente, sino la identidad de la víctima. La niña se llamaba Amalia Pérez Pérez, compartiendo el nombre exacto de la mítica protagonista de las leyendas locales. El hecho de que la pequeña cayera precisamente en el lugar que llevaba el nombre de la bruja fue visto como algo sobrenatural. Muchos vecinos del barrio y de la zona costera comenzaron a especular sobre una posible conexión espiritual. La casualidad era tan llamativa que reavivó el interés por las antiguas historias de la pitonisa y el marino inglés.
El entorno físico donde se desarrollan estos relatos es fascinante. El famoso arco se trata de un monumento natural que une simbólicamente la tierra y el mar tras una lucha eterna entre elementos. Es un espacio donde la luz y las formas cambian constantemente, creando paisajes mágicos para quienes se aventuran a visitarlo. El difícil acceso al sitio ha preservado su carácter salvaje y apartado. Hoy en día, los pescadores y buceadores siguen acudiendo a este rincón buscando la paz que Amalia encontraba al atardecer. La disposición de las rocas y el sonido del agua golpeando el arco mantienen viva esa sensación de misterio secular. El poblado marinero, con sus casas de materiales reciclados, sigue siendo un oasis bohemio que resiste al paso de los años. Aunque el paraje ha sufrido cierto abandono, su valor histórico y antropológico permanece intacto para los visitantes. Y las historias de Amalia siguen siendo el alma de este rincón, recordadas en rutas de senderismo y crónicas locales.
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