De estilo gótico mudéjar, el castillo de este pequeño pueblo ni es de piedra ni está en lo alto de la localidad
A diferencia de tantísimos ejemplos de fortalezas de piedra que coronan riscos inaccesibles, el castillo de Coca, en la provincia de Segovia, está situado sorprendentemente en una zona llana al borde de la antigua Cauca romana. Su silueta no se recorta contra el cielo desde las alturas, sino que se asienta en el extremo occidental de la población, rodeado de frondosos pinares. Esta singularidad geográfica lo convierte en una joya arquitectónica que rompe los tópicos de la arquitectura militar castellana tradicional. Al aproximarse, la vista se topa con una estructura monumental que prefiere la profundidad del terreno a la elevación de las cumbres para su seguridad. Y, además, tampoco fue levantado con piedras como materia prima y fundamental.
El origen de esta imponente obra se remonta al año 1453, cuando don Alonso de Fonseca, entonces obispo de Ávila, impulsó su construcción bajo la dirección del arquitecto Alí Caro. La ejecución de los trabajos fue continuada posteriormente por su hermano y su sobrino, consolidando el poder de la influyente familia Fonseca en Castilla. Durante su edificación en 1462, la localidad incluso contó con una ceca propia para emitir moneda y pagar a la numerosa mano de obra que dio forma a sus muros. El castillo estuvo a punto de ser demolido durante la revuelta de los comuneros como venganza contra los Fonseca, pero logró sobrevivir para contarnos su historia. Es un testimonio vivo del siglo XV que ha resistido saqueos, guerras y el paso implacable del tiempo hasta nuestros días.
Pero lo que verdaderamente distingue a este ejemplo de Castilla y León de otros castillos es su material de construcción: ladrillo de color rosa. No encuentra uno en esta fortaleza los pesados bloques de granito o piedra caliza habituales, sino una maestría en el uso del barro cocido y el tapial, herencia directa de los alarifes musulmanes. Este estilo gótico-mudéjar le otorga una calidez cromática y una riqueza decorativa que lo elevan a la categoría de obra de arte más que de simple baluarte bélico. Las combinaciones de ladrillos forman lacerías y complejos temas geométricos que adornan cada rincón de sus fachadas y torres. Es un ejemplo único donde la funcionalidad militar se funde con una estética refinada y puramente hispánica que sigue asombrando siglos después.
Al no disponer de una elevación natural que facilite su defensa, el castillo de Coca confía su protección a un sistema de ingeniería asombroso basado en el foso. Se trata del mejor foso de toda Castilla, una profunda y ancha excavación de 560 metros de perímetro que aísla la fortaleza del entorno llano. Para acceder al recinto es necesario cruzar un puente fijo, que en su época fue levadizo, salvando los escarpes del terreno que actúan como barrera infranqueable. Este diseño aprovecha estratégicamente la confluencia de los ríos Eresma y Voltoya para fortalecer su posición en la campiña segoviana. Así, el castillo demuestra que la altura no es el único medio para lograr la invulnerabilidad en el campo de batalla medieval.
El conjunto arquitectónico se organiza en dos recintos principales que garantizaban una defensa escalonada frente a cualquier posible atacante. El recinto exterior tiene una función netamente defensiva y está jalonado por hermosas torres y un almenado doble que se conserva completo. Una vez atravesada la puerta custodiada por dos gigantescos cubos de ladrillo, se accede a la liza, el pasillo que separa ambas murallas. El núcleo central, de planta cuadrada, presenta en sus esquinas torres imponentes como la de Pedro Mata, la de la Muralla o la de los Peces. Todo el conjunto posee matacanes desde donde se lanzaban proyectiles o líquidos hirviendo para repeler a quienes osaran intentar el asalto a la fortificación.
En el corazón de la fortaleza se halla la torre del Homenaje, una estructura de altura impresionante que conserva sus estancias tal como lucían en el siglo XV. En su interior, el visitante puede recorrer la sala de armas, la capilla y el museo, ascendiendo por estrechas escaleras de caracol con peldaños de ladrillo. Desde lo más alto, las vistas panorámicas de la Tierra de Pinares permiten apreciar la riqueza de una zona históricamente vinculada a la producción de resina. El patio de armas, aunque reconstruido tras ser expoliado en el siglo XIX, sigue siendo el centro neurálgico del castillo. Antaño lució columnas de mármol corintio, pero hoy destaca por su funcionalidad y sus galerías que distribuyen el acceso a las distintas dependencias.
La decoración interior es un despliegue de motivos mudéjares realizados con estucos y pinturas en tonos rojos, negros y azules sobre fondo blanco. Una de las estancias más fascinantes es la sala de los susurros, ubicada en la torre de Pedro Mata, célebre por su curiosa acústica. En este espacio, dos personas situadas en esquinas opuestas pueden comunicarse hablando en voz baja sin ser escuchadas por quienes están en el centro. También existen rincones más oscuros, como la mazmorra que cuenta con un único agujero en el techo para evitar la huida de los prisioneros. Entre sus muros estuvieron cautivos personajes ilustres como el Duque de Medina-Sidonia, lo que añade un halo de misterio y leyenda a la visita.
Función educativa
Tras siglos de historia bajo la propiedad de los Duques de Alba, el destino del castillo cambió significativamente en la segunda mitad del siglo XX. En el año 1954, la Casa de Alba cedió el uso de la fortaleza al ministerio de Agricultura bajo la condición de que fuera restaurada y conservada adecuadamente. Gracias a este acuerdo, el monumento se transformó en la sede de la Escuela Hogar de Capataces Forestales, uso que mantiene con gran éxito en la actualidad. Esta actividad educativa ha permitido que el edificio no solo sea un museo estático, sino un espacio vivo y bien mantenido por las instituciones. La restauración llevada a cabo por la Consejería de Agricultura ha garantizado que el ladrillo rosa siga brillando.
Declarado Monumento Histórico-Artístico en 1931, el castillo de Coca es hoy uno de los destinos turísticos más valorados de Castilla y León. Su visita permite conocer de cerca el legado de los Fonseca y la maestría de los artesanos que elevaron el ladrillo a la categoría de símbolo de poder. Además de la fortaleza, la localidad de Coca ofrece otros tesoros como la Puerta de la Villa, la muralla urbana y los sepulcros de la familia fundadora en la iglesia de Santa María. Es una excursión imprescindible para quienes buscan una experiencia medieval diferente, donde el arte y la ingeniería se dan la mano en una llanura sorprendente. La belleza singular de sus salas y su foso inigualable aseguran una grata experiencia para cualquier visitante.
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