De planta pentagonal, en el interior de este castillo cántabro se construyó uno de los faros más antiguos de toda la península

El Castillo de Santa Ana fue el pilar fundamental del sistema defensivo de Castro Urdiales

Alberto Gómez

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El imponente Castillo de Santa Ana se erige majestuoso sobre un promontorio rocoso desde el que se puede disfrutar de las vistas del casco histórico de la bella villa marinera de Castro Urdiales, en Cantabria. Su ubicación privilegiada no es fruto del azar, ya que corona el conjunto monumental del municipio y se asoma directamente al embravecido Cantábrico, vigilando desde las alturas la entrada al puerto. Esta fortaleza, que se eleva a 49 metros sobre el nivel del mar, constituye una de las referencias visuales más icónicas para los navegantes que surcan la costa norte de la península ibérica. 

El entorno que rodea al castillo es de una belleza natural y arquitectónica excepcional, convirtiéndose en un destino turístico urbano imprescindible para cualquier visitante de la región. Pasear por sus alrededores permite contemplar acantilados, calas y rompientes que dibujan una línea costera inolvidable tanto hacia el este como hacia el oeste. Aunque los orígenes exactos de la edificación son difíciles de precisar, muchos autores sugieren que el castillo pudo levantarse sobre los restos de una antigua fortificación de época romana vinculada a Flavióbriga. Hay crónicas históricas que sitúan su construcción entre finales del siglo XII y principios del XIII, coincidiendo con un periodo de gran esplendor económico y social para la villa. 

En el año 1163, bajo el reinado de Alfonso VIII, la zona vivió un proceso de repoblación clave tras la concesión de su fuero, consolidando la estructura defensiva. A lo largo de los siglos, la propiedad del recinto alternó entre los monarcas castellanos y el influyente monasterio de las Huelgas de Burgos, hasta quedar definitivamente bajo control real. Este pasado medieval ha dejado una huella imborrable en la fisonomía de la fortaleza, que se ha mantenido como uno de los ejemplos mejor conservados de arquitectura militar en todo el norte español.

El año 1853 marcó un punto de inflexión en la historia del castillo con la instalación y encendido del faro en uno de sus torreones

En cuanto a su fisonomía arquitectónica, el castillo presenta actualmente una planta pentagonal o trapezoidal, una forma que ha evolucionado desde su diseño original, que podría haber sido cuadrado. Sus dimensiones abarcan aproximadamente 25 por 15 metros, con muros de piedra ciclópea y mampostería unidos con cal que le otorgan un aspecto de gran solidez y resistencia. En cada una de sus esquinas se alzan imponentes torreones cilíndricos de 15 metros de altura que carecen de vanos, reforzando su carácter inexpugnable ante posibles ataques exteriores. En el interior de la construcción se conserva una nave principal medieval de 17 metros de largo, cubierta por una característica bóveda de medio cañón. El excelente estado de conservación del monumento permite apreciar hoy en día la superposición de diferentes etapas históricas, desde su base defensiva hasta las adaptaciones más modernas realizadas para su uso actual.

Durante siglos, el Castillo de Santa Ana fue el pilar fundamental del sistema defensivo de Castro Urdiales, integrándose en una red de murallas que protegían la totalidad de la villa. Una primera muralla rodeaba la explanada donde se ubican el castillo y la iglesia de Santa María, mientras que un segundo recinto amurallado posterior acogía a los barrios de la villa medieval. Gracias a esta estratégica militarización de sus espacios y de sus propios vecinos, la población logró mantenerse a salvo de incursiones enemigas durante gran parte de su historia. El castillo no solo servía como baluarte de resistencia, sino también como punto de evacuación hacia el mar para los habitantes en momentos de máximo peligro. La conexión con el puerto a través del cercano Puente Viejo permitía una salida rápida si la villa se veía comprometida por ataques terrestres prolongados.

La fortaleza ha sido testigo mudo de conflictos bélicos de gran trascendencia, como la sangrienta toma de la ciudad por las tropas napoleónicas durante el año 1813. En aquel episodio, los muros del castillo sirvieron para disparar las baterías que intentaban frenar el avance francés, convirtiéndose en el último refugio desesperado para soldados y civiles. Como testimonio de aquella resistencia, todavía hoy descansan bajo las aguas cercanas cañones que fueron arrojados al mar para evitar que cayeran en manos del enemigo. Mucho tiempo después, el recinto volvió a adquirir un uso bélico sombrío durante la Guerra Civil, cuando fue utilizado como prisión improvisada

Un faro en un torreón

El año 1853 marcó un punto de inflexión radical en la historia del monumento con la instalación y encendido del faro de Castro Urdiales en uno de sus torreones. Esta integración es un fenómeno arquitectónico excepcional a nivel mundial, ya que existen muy pocos ejemplos donde un faro se fusione tan armoniosamente con una fortaleza medieval preexistente. La torre del faro, de forma troncocónica y construida con elegantes sillares de piedra, surge con naturalidad desde la estructura defensiva, alcanzando una altura de 16 metros sobre el terreno. Esta simbiosis entre la arquitectura militar del pasado y la tecnología marítima industrial de mediados del siglo XIX confiere al conjunto una estética única y funcional. 

Desde el punto de vista técnico, el faro está catalogado como una señal de quinto orden, con un plano focal situado a 49 metros sobre el nivel del mar. Su luz tiene un alcance de 37 kilómetros, lo que equivale a unas veinte millas náuticas, proporcionando una guía vital para el tráfico marítimo del Cantábrico. El sistema de iluminación ha evolucionado desde las primitivas lámparas de aceite con óptica fija y mecanismos de relojería hasta los modernos paneles giratorios con lámparas de haz sellado. La estructura actual cuenta con una linterna protegida por una balconada que ofrece a los visitantes vistas panorámicas inigualables de la ciudad y el mar abierto.

Además de su señal lumínica, el faro incorpora desde el año 1953 una sirena de niebla diseñada para orientar a los navegantes cuando la visibilidad es nula debido a las inclemencias meteorológicas. Este dispositivo emite un sonido acústico que reproduce la letra “C” en código Morse cada 60 segundos, un símbolo de afirmación que resuena con fuerza en toda la zona costera. Entre las curiosidades que alberga este faro destaca que su linterna actual no es la original, sino que fue trasladada desde el Faro de Adra en Almería para su renovación. También es notable el sistema de giro mecánico que se instaló en las primeras décadas del siglo XX, fruto del trabajo de colaboradores del famoso ingeniero Gustave Eiffel. Estos detalles técnicos e históricos convierten al Castillo-Faro de Santa Ana en una auténtica joya del patrimonio industrial de Cantabria, sumando valor a su ya rica herencia medieval.

El castillo no puede entenderse sin el impresionante conjunto monumental que lo rodea en el extremo del promontorio de Castro Urdiales, junto a la imponente iglesia gótica de Santa María. A escasos metros se encuentran también el Puente Medieval, a menudo llamado puente romano, y la antigua ermita de Santa Ana, formando una concentración histórica única en la costa norte. Este enclave es una parada fundamental para los peregrinos que recorren el Camino del Norte hacia Santiago de Compostela, quienes encuentran en este punto un lugar de descanso y reflexión.

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