Construida en el siglo XIX para proveer de agua a la ciudad de Barcelona, esta torre es hoy un importante archivo municipal

La torre recibió en 2021 el premio European Heritage Awards por su contribución a la conservación del patrimonio industrial europeo

Alberto Gómez

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Situada en la plaza de Ramon Calsina, hay en Barcelona una imponente estructura de ladrillo visto de 63 metros de altura que ha pasado de ser un fallido proyecto de suministro de agua potable a convertirse en el guardián de la memoria colectiva del barrio en el que se encuentra. Se trata de la Torre de les Aigües del Besòs, emblemático monumento industrial de la capital catalana que actualmente funciona como la sede principal del Arxiu Històric del Poblenou. Tras una rehabilitación integral que finalizó en el año 2014, el edificio fue cedido a una asociación de voluntarios que se dedica a la investigación, archivo y difusión de documentos históricos. Hoy, la torre no solo es un mirador con vistas panorámicas de 360 grados sobre el litoral, sino también un centro neurálgico para la cultura local.

El origen de este gigante de ladrillo se remonta al periodo comprendido entre 1880 y 1882, cuando el arquitecto Pere Falqués i Urpí recibió el encargo del proyecto. Impulsada por el industrial Francisco Javier Camps y Puigmartí, la torre fue concebida para extraer agua del río Besòs y abastecer a una Barcelona en plena expansión. En aquella época, el arquitecto municipal de Sant Martí de Provençals buscaba unir la funcionalidad técnica con una estética modernista cuidada. Sin embargo, la ambición del proyecto chocó pronto con la realidad geográfica de su ubicación estratégica cerca del mar. La construcción, que destaca por su planta circular y su escalera exterior de bóveda catalana, representaba el sueño de modernidad de un sector industrial que buscaba soluciones hídricas urgentes.

A pesar de la majestuosidad arquitectónica de la obra, el éxito del suministro de agua potable fue efímero y terminó en un fracaso técnico. Menos de diez años después de su inauguración, se detectaron filtraciones de agua salada que contaminaron los depósitos, haciendo el líquido inservible para el consumo humano. El Ayuntamiento de Barcelona terminó prohibiendo el servicio de agua de boca en 1890 debido a esta persistente salinidad. El edificio quedó entonces a la espera de un nuevo propósito. Pero precisamente la torre encontró una segunda vida cuando fue adquirida por diversas sociedades, terminando en manos de la familia Girona Agrafel, con la que comenzaría a suministrar agua para uso industrial a las fundiciones y talleres adyacentes. Durante la Guerra Civil, su altura fue aprovechada para instalar baterías antiaéreas, sumando capas de historia bélica a su piel de ladrillo. Esta etapa productiva se mantuvo vigente hasta 1992, cuando la remodelación urbanística por los Juegos Olímpicos transformó definitivamente todo el frente litoral.

A pesar de la majestuosidad arquitectónica de la obra, el éxito del suministro de agua potable fue efímero

Tras el desmantelamiento del complejo siderúrgico, la torre permaneció abandonada y en proceso de degradación hasta que el consistorio inició una ambiciosa rehabilitación entre 2010 y 2012. El proyecto, dirigido por el arquitecto Antoni Vilanova, permitió recuperar fielmente los peldaños y las barandillas originales, devolviéndole su esplendor de siglo XIX. Gracias a este esfuerzo, la torre recibió en 2021 el premio European Heritage Awards por su contribución a la conservación del patrimonio industrial europeo. Actualmente, el espacio está museizado y permite a los visitantes comprender la evolución del barrio a través de sus antiguas bombas y calderas. La recuperación de la Casa de las Válvulas ha completado este conjunto arquitectónico, integrándolo plenamente en la vida social y cultural del barrio de Sant Martí.

El Arxiu Històric del Poblenou, que es hoy quien gestiona el edificio, es una entidad que nació en 1976 gracias a la iniciativa de tres jóvenes estudiantes. Rosa Maria Castany, Josep Maria Carreras y Lluís Berenguer comenzaron recopilando fotografías en una caja de zapatos para rescatar la memoria que el franquismo había ignorado. Tras pasar por sedes precarias como el Ateneu La Flor de Maig y el centro cívico Can Felipa, la asociación se trasladó finalmente a la torre en 2021. Esta mudanza ha sido descrita como un acto de justicia histórica, situando los archivos en una de las atalayas más significativas del pasado obrero. La entidad funciona de forma altruista, basándose en el compromiso de una treintena de voluntarios muy activos.

La labor que se realiza dentro de los muros de la torre es fundamental para preservar el patrimonio documental, gráfico y oral del distrito. Los voluntarios custodian más de 19.000 fotografías digitalizadas que narran desde las barracas del Somorrostro hasta las nevadas históricas de 1962. Además, ofrecen servicios de consulta y reproducción de documentos para investigadores, estudiantes y vecinos interesados en la genealogía de sus familias o fábricas. El archivo ha sabido adaptarse a los nuevos tiempos, recibiendo ahora consultas de arquitectos y urbanistas de todo el mundo atraídos por el fenómeno del 22@. Este intercambio entre lo local y lo global reafirma la importancia de contar con un espacio físico donde la historia esté al alcance de todos.

Vistas al mar

Entre las herramientas más valiosas que ofrece el archivo destaca su aplicación cartográfica, que permite realizar un viaje en el tiempo por el urbanismo del barrio. Mediante la superposición de planos históricos, los usuarios pueden observar cómo la cuadrícula de Cerdà fue ganando terreno a los antiguos campos de cultivo. Asimismo, la entidad publica anualmente la revista Icària, una publicación especializada en temas municipales y sociales que cuenta con la colaboración de destacados periodistas. El patrimonio oral también tiene un lugar reservado, con testimonios guardados sobre la vida en las cárceles de la posguerra o las memorias de los trabajadores textiles. Todas estas iniciativas buscan que el pasado no sea solo una mirada nostálgica, sino una reflexión crítica sobre la modernidad.

El Arxiu Històric del Poblenou organiza visitas guiadas semanales a la torre, permitiendo a los ciudadanos subir a la terraza situada a 62 metros de altura. Durante estos recorridos, los guías explican el suministro de agua, el auge industrial y la rehabilitación final de la torre. El esfuerzo físico de la subida se ve recompensado con una panorámica excepcional que abarca desde la sierra de Collserola hasta el mar Mediterráneo. El flujo de visitantes ha crecido notablemente, superando las 400 personas en el último año, sin contar las jornadas de puertas abiertas. Estas rutas no solo muestran la arquitectura, sino que también relatan anécdotas sobre la personalidad de Pere Falqués y la vida cotidiana en las fábricas desaparecidas.

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