Ruta por este barrio de Barcelona de curioso y sorprendente estilo caribeño

La majestuosa e indiana Torre Rosa fue diseñada por el arquitecto Ferran Tarragó y construida en 1920 por José Racionero

Alberto Gómez

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Barcelona esconde un rincón donde el espíritu del Caribe parece inundar sus calles, un espacio conocido como el barrio de los Indians. Situado en el distrito de Sant Andreu, este núcleo tiene una historia y una identidad propias que lo distinguen del resto de la capital catalana. Sus orígenes se remontan a finales del siglo XIX y principios del XX, coincidiendo con el regreso de los catalanes que hicieron fortuna en Cuba. Tras la pérdida de las colonias en 1898, estos ciudadanos, apodados indianos, se instalaron en terrenos que anteriormente eran tierras de cultivo de masías locales. Hoy en día, este barrio mantiene viva la esencia de aquel pasado colonial tan influyente en su fisionomía. Es un lugar ideal para recorrer a pie y descubrir una arquitectura que evoca paisajes de ultramar en plena Barcelona.

El aroma cubano de este vecindario se hace evidente al observar la nomenclatura de sus vías, que rinde un homenaje constante a la antigua colonia. Calles como Manigua, Puerto Príncipe, Matanzas o Pinar del Río conforman un mapa que recuerda ciudades y hechos acontecidos en las Antillas. Algunos historiadores sugieren que el uso de estos topónimos fue una referencia clara a la prosperidad económica de quienes buscaron fortuna. Sea cual sea el origen real, la tradición oral ha bautizado este núcleo como un pequeño rincón caribeño dentro de la trama urbana. Caminar por sus calles es realizar un viaje simbólico hacia el otro lado del océano Atlántico sin salir del distrito de Sant Andreu.

Para comenzar esta ruta histórica, un punto de partida sugerido es la plaza del Rom Cremat, un espacio que constituye el ágora de la barriada. Este lugar, nacido tras el derribo de antiguas casas, se sitúa en la calle Jordi de Sant Jordi, que antiguamente se llamaba calle de La Habana. Cerca de allí, en la plazoleta dels Indians, se puede apreciar una interesante representación de casas de una sola planta que datan de principios del siglo veinte. Estas primeras edificaciones surgieron en torno al eje del antiguo “Tren de Fuego”, un transporte de vapor que comunicaba la zona con otros núcleos. Al avanzar por estas manzanas, el visitante nota la mezcla de estilos que define a un barrio interclasista, donde convivían obreros y profesionales. Es una introducción perfecta a un recorrido que promete descubrir tesoros arquitectónicos ocultos tras las fachadas de este sector residencial.

Con varias fachadas pintadas de vivos colores, es un lugar ideal para recorrer a pie y descubrir una arquitectura que evoca paisajes de ultramar

Uno de los hitos indiscutibles de este itinerario es la majestuosa Torre Rosa, ubicada exactamente en la calle de Francesc Tàrrega. Originalmente llamada Villa Jazmines, esta torre indiana fue diseñada por el arquitecto Ferran Tarragó y construida en 1920 por José Racionero. El edificio destaca por su belleza arquitectónica, su torre mirador y el color rosado que recuperó tras una cuidadosa restauración exterior. A lo largo de los años, la finca ha tenido diversos usos, desde residencia de veraneo hasta escuela de comercio y parvulario de barrio. Desde 1987, la familia Reig la regenta como una coctelería de referencia, donde se combinan tendencias modernas con la mixología clásica. Sus jardines, que antaño albergaban palmeras y pinos marítimos, son hoy un refugio para quienes buscan un cóctel en un entorno señorial. Representa el ejemplo más vivo y mejor conservado del pasado esplendoroso de los indianos en Barcelona.

Siguiendo la ruta hacia las calles Pinar del Río y Matanzas, el rastro de las antiguas casas indianas se vuelve todavía más evidente y nostálgico. En esta zona se erigieron torres que solían tener una palmera en su entrada como símbolo de la fortuna hecha en tierras americanas. Aunque muchas de estas construcciones han desaparecido, todavía es posible imaginar el carácter residencial que definía a este núcleo hace un siglo. En el número cuarenta de la calle Matanzas se encontraba la famosa pista de baile Río de Janeiro, un referente popular de ocio. Este recinto, construido en 1950, acogía orquestas y proyecciones de cine al aire libre durante las calurosas noches de verano del barrio. Más tarde, este solar albergó el cine Río, que funcionó como una sala de barrio muy querida hasta su cierre definitivo. Estos espacios sociales complementaban la vida de los indianos ricos y de los trabajadores que habitaban en casas más sencillas.

La fisionomía del barrio no solo está marcada por lo colonial, sino también por vestigios rurales como la masía de Can Ros, en la plaza del Congrés. Esta edificación del siglo XVII es un ejemplo magnífico de la vida agrícola que predominaba antes de la urbanización de los terrenos colindantes. Propiedad de la familia Ros i de Ramis, la masía servía como centro de actividad económica y social para los colonos de la región. Durante la década de 1950, gran parte de sus tierras fueron vendidas para construir el polígono de viviendas del Congreso Eucarístico. A pesar de los cambios urbanos, la estructura de la masía pervive hoy reconvertida en un restaurante, manteniendo su presencia regia. Su fachada conserva restos de decoración esgrafiada y una capilla adosada, recordando su importancia histórica en el antiguo Sant Andreu. Es un punto de unión entre el pasado campesino y la modernidad del crecimiento demográfico de Barcelona.

Contrastes interesantes

Otra parada relevante en el recorrido nos lleva a los antiguos laboratorios del Doctor Ferran, situados muy cerca del paseo de Maragall. En 1903, el célebre bacteriólogo Jaume Ferran i Clua adquirió estos terrenos para investigar vacunas contra enfermedades como el cólera y el tifus. Aunque hoy solo se conserva parte del muro perimetral y la casa de la esquina, el lugar fue un centro científico internacional. Cerca de allí, en la calle de las Acàcies, también se ubicó el tercer campo de juego del F.C. Barcelona entre 1901 y 1905. Los terrenos pertenecían a la masía de Can Sabadell, donde los jugadores incluso utilizaban la casa como improvisados vestuarios. Fue en este campo donde se instalaron por primera vez las redes en las porterías para evitar disputas sobre los goles. Estos detalles históricos añaden capas de interés cultural a un barrio que ha sabido albergar ciencia, deporte y leyendas coloniales.

La arquitectura del barrio también ofrece contrastes industriales interesantes, como el edificio que albergó la sede de la empresa Roselson en 1960. Ubicada en Pinar del Río, esta fábrica fue un referente en la construcción de radios, tocadiscos y amplificadores de sonido de alta calidad. La zona albergó otras industrias limpias que transformaron el carácter agrícola original en un núcleo dinámico de producción y trabajo fabril. Este pasado industrial convive con joyas como el Mercado de Felip II, construido en 1966 para abastecer a la creciente población migratoria. El mercado se instaló precisamente en los límites del antiguo barrio de los indianos, integrándose perfectamente en su vida comercial. Es un testimonio del crecimiento urbano que experimentó Barcelona durante la segunda mitad del siglo veinte en sus periferias.

Actualmente, el barrio de los Indians lucha por mantener su identidad diferenciada dentro del distrito. Desde el año 2010, este núcleo forma parte de la Xarxa de Municipis Indians, lo que refuerza el sentimiento de pertenencia vecinal. Iniciativas culturales como la Mostra de Manigua, dedicada al cine indiano, demuestran que el sabor de ultramar sigue muy presente hoy. Aunque el tiempo ha borrado algunas de las antiguas torres señoriales, el espíritu de los que volvieron de Cuba permanece en cada esquina. Recorrer estas calles permite descubrir una Barcelona menos conocida, rica en matices arquitectónicos y relatos de fortuna y superación personal. Es una ruta que invita a mirar hacia arriba, buscando las palmeras que aún sobreviven y los detalles de un estilo inconfundible. 

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