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The Guardian en español

El bastión sandinista de Nicaragua es ahora una ciudad en guerra contra Daniel Ortega

La población pone un "candado" en Masaya para evitar ataques de la Policía de Nicaragua

Tom Phillips

Masaya —

Las pintadas que cubren los carteles y las vallas publicitarias por las calles de la cuna del sandinismo son de un rechazo antes inimaginable hacia el comandante más importante del movimiento: '¡Déspota!'. '¡Asesino!'. '¡Fuera de aquí Daniel!'. '¡Ortega, estás muerto!'.

Rebeldes con máscaras y morteros caseros vigilan más de una docena de barricadas que ahora separan la capital de Nicaragua de Masaya, una histórica fortaleza revolucionaria ubicada a solo 26 kilómetros al sur. Desde allí, los guerrilleros lanzaron su asalto final a la dictadura de Anastasio Somoza en 1979.

Casi cuatro décadas después de aquel importante triunfo, y con Nicaragua en medio de otra revuelta que marcará una época, Masaya apunta ahora hacia Daniel Ortega. “Ha estado atacando a la gente, matando a la gente y ahora la gente lo quiere fuera de ahí”, dice uno de los amotinados de 20 años que porta un mortero negro colgado sobre su hombro mientras escolta a the Guardian hasta el corazón del antiguo baluarte sandinista, que ahora está casi bajo el control total de los rebeldes.

Masaya fue durante mucho tiempo un bastión de la rebelión y dominio sandinistas. El presidente de Nicaragua, de 70 años, hace peregrinaciones anuales a la ciudad, donde su hermano, Camilo, murió luchando contra las tropas de Somoza en 1978.

Hoy, Masaya está una vez más en plena rebelión, pero esta vez contra los sandinistas. “Daniel debe irse”, insiste Rosa Caballero, que tiene 48 años y dirige un hotel. Comenta que apoya el levantamiento pese a que la violencia ha paralizado la ciudad y asustado a todos sus huéspedes. “No creo que haya otra salida”, añade esta madre de tres hijos. “Toda esta represión. Toda esta lucha. No puede ser en vano... Espero que otras ciudades se unan a nosotros, y que se produzca una presión total contra el Gobierno”.

Los disturbios comenzaron a azotar Masaya el 19 de abril, después de que estallaran las protestas en la capital en respuesta a la reforma de las pensiones, que poco después se convirtieron en un levantamiento nacional mayor contra lo que muchos denominan un Gobierno cada vez más autoritario y corrupto de Ortega.

En los últimos días la violencia –que hasta la fecha se ha saldado casi con 130 muertes en todo el país– ha aumentado drásticamente. Diez personas fueron asesinadas a tiros en la zona durante el pasado fin de semana presuntamente por policías y bandas paramilitares bajo órdenes del Gobierno.

“Fue un baño de sangre”, informó La Prensa, un periódico opositor que ha estado documentando la masacre de lo que denominó las dos noches de terror. “Por el día y por la noche, Masaya parece una ciudad en guerra”. Tras los asesinatos, hay tensión en las calles y no hay presencia gubernamental.

Docenas de barricadas, empedradas con troncos de árboles, adoquines de hormigón, señales y tablones clavados, bloquean el camino hacia el corazón de lo que una vez fue una bulliciosa ciudad turística famosa por su mercado artesanal.

Los combatientes que empuñan morteros paran, interrogan y registran a los que pasan. Los artistas callejeros armados con sprays dibujan más y más desprecio contra su presidente: 'Vete al infierno, Daniel, eres un asesino“, es uno de los lemas más recurrentes.

Mientras tanto, se cree que quizá 50 agentes de policía están atrapados en una estación local. “Ya no seguimos las leyes”, dice el padre Edwin Román, un sacerdote local cuya iglesia, la de San Miguel, se ha encontrado en el centro de la tormenta.

Antes del levantamiento, la pintoresca iglesia blanca del padre Román estaba a solo 40 minutos en coche desde Managua. Para llegar ahora hasta aquí, los visitantes tienen que correr por una especie de callejón sembrado de francotiradores, por donde, según los manifestantes y los miembros de la iglesia, las fuerzas de seguridad han estado disparando contra manifestantes y civiles.

“Ten cuidado”, advierte un rebelde con máscara cuando se prepara para salir corriendo en busca de refugio. “Les da igual de dónde seas. Te dispararán aquí mismo”, añade, señalando su frente con la mano derecha y utilizándola otra vez para señalar en la parte posterior del cráneo, en la herida de salida.

El conflicto ha convertido la casa parroquial de Román en un hospital de campaña no oficial. Una estatua de la Virgen María vigila una improvisada sala de urgencias de dos camas situada junto a lo que un día fue una sala de estar. Un grupo voluntario de estudiantes de medicina, paramédicos y trabajadores de rescate acampan en su suelo de baldosas, esperando su próxima llamada.

“Los enfrentamientos se han intensificado”, explica un paramédico de 22 años que prefiere no dar su nombre. “Al principio eran gases lacrimógenos, después balas de goma y ahora (fusiles del) calibre 22 o AK (kalashnikov). Están matando a gente”.

“El sábado, murieron cuatro o cinco personas. El domingo, lo mismo. Ayer murieron cinco más en Granada” (una ciudad turística cercana), añade. “Son tan jóvenes, son niños de 14 a 17 años. Esto es indignante”.

“Es una zona de guerra”, dice un bombero de 27 años que forma parte del equipo de rescate de cascos azules responsables de recoger a los muertos y heridos de las calles, para que los vea un médico o directamente para su entierro. Como muchos otros vecinos, este bombero apoya las protestas: “Es la única manera de hacer que el Gobierno escuche nuestra voz”.

Los medios nicaragüenses, controlados por el Estado, culpan sin pruebas a los “delincuentes” y a los “grupos criminales” del creciente número de muertos. El ministro de Exteriores, Denis Moncada, denunció la existencia de una “conspiración” derechista que quiere destruir la imagen internacional del país y permitir que el crimen organizado se quede con el control.

Mientras se prepara para su último día en el frente de batalla, el padre Román descarta la idea de que aquellos que ahora controlan las calles sean “vándalos”. “Todos los sectores sociales –niños, jóvenes, familias al completo– apoyan esto. Creo que es imposible que las cosas vuelvan a ser como fueron antes”.

Sin ninguna solución a la vista, el sacerdote dice que busca consuelo en el libro de Isaías. “Y el señor secará las lágrimas de todos los rostros y quitará de toda la tierra la culpa a su pueblo porque el señor ha hablado”, dice. “Esta es la situación por la que estamos pasando. Nicaragua está llorando. Las madres lloran... y yo también he llorado”.

“Esto es algo así como los dolores del parto. Hay sangre, sangre de jóvenes y lágrimas de las madres. Pero no será en vano. Será el fertilizante de la futura libertad”, concluye el sacerdote.

Información adicional de Juan Diego Briceño

Traducido por Cristina Armunia Berges

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