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Filosofía: cómo aguar la fiesta

Conviene adelantar algunos de los peligros que nos acechan. El primero y más tenebroso de ellos, es que se decida restaurar las materias de Filosofía, pero proponiendo que se impartan en inglés

Nada puede haber más refractario a la filosofía que esa especie de aprendizaje basura en el que se han convertido el resto de las asignaturas al ser impartidas en inglés

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Un aula en un colegio EFE

No es descartable que la excelente noticia que ha supuesto la aprobación por unanimidad de la Proposición No de Ley sobre la asignatura de  Filosofía, pueda empañarse bastante a la hora de hacerse realidad. Conviene adelantar algunos de los peligros que nos acechan. El primero y más tenebroso de ellos, es que se decida restaurar las materias de Filosofía, pero proponiendo que se impartan en inglés. Se lograría así arruinar por completo el sentido mismo por el que hemos defendido la necesaria presencia de la Filosofía en la enseñanza secundaria y el bachillerato. Las  cuestiones que se plantea la filosofía implican una definición muy exigente de lo que significa comprender. Lo que se espera, ante todo, de un alumno de filosofía es que experimente la necesidad de interrogarse y de reflexionar, de asumir que en esta vida hay problemas profundos que tienen que ser pensados y que no se pueden responder buscando en internet, viendo la televisión o repitiendo tópicos, lemas o consignas de memoria. Y eso es algo que hay que hacerlo en la propia lengua. Nada puede haber más refractario a la filosofía que esa especie de aprendizaje basura en el que se han convertido el resto de las asignaturas al ser impartidas en inglés, en las que el alumnado pasa de un tema a otro cuando ha aprendido el vocabulario que corresponde, por ejemplo, a la revolución francesa o a la reproducción sexuada de las plantas, como si por saber decir pistilo o Tercer Estado en inglés, ya se hubiera comprendido cuanto hay que comprender. Esto es una salvajada que ha dañado muchísimo la enseñanza de las ciencias naturales y sociales, pero que, en especial, para la asignatura de filosofía sería letal. El mayor enemigo de la filosofía es la pedantería. El mundo está lleno de personas (desde periodistas a insignes intelectuales) que alardean de saber algo de Kant porque saben que hablaba de lo “trascendental” (aunque no entiendan la palabra), de Hegel porque les suena la palabra “dialéctica” o de Derrida porque hablaba de la “differance” (aunque la escribía muy raro). Esta fatuidad, traducida al inglés, nos haría desembocar en un mundo de pedantes que además serían paletos, pues no hay actualmente nada más paleto que la pretensión de hablar inglés. Y para ese viaje, no hacen falta alforjas. Eso sería completamente contraproducente respecto de lo que es el objetivo más crucial de las asignaturas de filosofía.

A este peligro inminente, hay que sumar el que viene siendo habitual en todas las reformas de la enseñanza, tanto si provienen de la derecha como de la izquierda (hemos hablado extensamente de ello en nuestro libro Escuela o barbarie. Entre el neoliberalismo salvaje y el delirio de la izquierda). Se trata de la manía de ser original inventando algo muy ingenioso. Esto es lo que intentó el ministro Wert, diseñando asignaturas para la formación del espíritu empresarial y la concienciación  del emprendedor, en las que se planeaba enseñar los valores propios de  ese nuevo proletario a la intemperie que tiene que arreglárselas solo en la selva del mercado laboral, sin sindicatos ni convenios colectivos que le amparen (toda una escuela para el “hombre nuevo” que espera la revolución neoliberal). Por parte de la izquierda, esta obsesión por la novedad es aún más peligrosa. Desde la LOGSE para acá no hemos parado de sufrir toda una suerte de incesantes ocurrencias para arreglar de una vez el mundo de la enseñanza. Cada nuevo legislador se ha empeñado en inventar la pólvora, apoyado por un ejército de pedagogos y tecnócratas de la educación. Y de este modo, los profesores y los estudiantes (los verdaderos protagonistas de la enseñanza) hemos tenido que vivir en un laboratorio de continua experimentación, tan inestable como delirante. Hay que decir que la pólvora ya está inventada y que no vendría mal con dejar la palabra a los que a diario se están partiendo la cara con la realidad de la enseñanza en los institutos (que, a causa de los recortes neoliberales, es cada vez más preocupante).

Cualquier ocurrencia imaginativa tiene de malo precisamente eso: que es una ocurrencia y que es imaginativa. Lo que se olvida con todo este voluntarismo de izquierda es que la peor de las instituciones suele ser un poco menos mala que la novedad que pretende corregirla. Lo único que hay peor que una mala ley es la ausencia de ley. Incluso las malas leyes, cuando se institucionalizan, acaban por arrojar con el tiempo, resultados sensatos (al menos en el campo de la enseñanza, donde los interesados procuran siempre hacer de la necesidad virtud, aunque sea por la cuenta que les trae). Por ejemplo, la sustitución de la Ética por la Educación para la Ciudadanía fue un ocurrencia perniciosa a la que nos opusimos decididamente desde los departamentos de Filosofía, alegando que la cuestión no era “educar para la ciudadanía”, sino defender “el derecho de la ciudadanía a saber filosofía”. Por aquél entonces teníamos razón, porque, además, la asignatura amenazaba con convertirse en un empalagoso repertorio de lo políticamente correcto, es decir, en una especie de catecismo para sujetos conformistas. Sin embargo, una vez que se institucionalizó la asignatura, surgieron mil oportunidades para dignificarla. El concepto de “ciudadanía” es, de hecho, el caballo de batalla de todos los derechos civiles que son, en verdad, todavía hoy (o quizás hoy más que nunca) la cuenta pendiente de nuestra modernidad capitalista. Lejos de sustraernos la filosofía, esa asignatura podía ser un verdadero ariete para que la filosofía penetrara en los Institutos de secundaria con toda la seriedad y el rigor políticos que la Ilustración derrotada reclamó siempre contra el capitalismo triunfante. Y eso fue, de hecho, lo que comprendió perfectamente el ministro Wert, cuando, en unas inolvidables declaraciones en la cadena SER, anunció que suprimía la asignatura, leyendo, por cierto, unos párrafos de un libro de Akal  en el que se decía no sé qué cosas sobre el capitalismo (luego resultó que esos inaceptables y escandalosos párrafos eran, en realidad, una paráfrasis de Galbraith).

Además, lo que ahora es más obvio que nunca es que lo que necesitan nuestros adolescentes no es una formación de su “espíritu empresarial”, sino una educación capaz de prevenir el machismo, la homofobia y el racismo. Educación para la Ciudadanía era una buena plataforma para cumplir este cometido. El PP lo sabía y también eso pesó en su supresión. No hay que inventar nada nuevo, hay que revertir esa situación, en la que tanto influyó la voz de la Iglesia y la extrema derecha.

Ahora tenemos una oportunidad increíble para hacer justicia a las asignaturas de Filosofía y deshacer el desaguisado que montó la LOMCE de Wert. Por favor: no son necesarias grandes ocurrencias. Basta con regresar a la situación anterior. Resucitar Educación para la ciudadanía, recuperar Ética para 4º de la ESO como troncal de dos horas a la semana (como en la LOGSE). Restaurar Filosofía y Ciudadanía (tres horas) para primero de bachillerato e Historia de la Filosofía troncal para segundo (4 horas, como era antes de la LOE). No es una mala idea volver a lo que ya había. Estaba funcionando bien cuando Wert cayó sobre nosotros.

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