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Carlos Fernández Liria

Filósofo, escritor, guionista, ensayista y profesor de Filosofía en la Universidad Complutense de Madrid.

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Podemos y Más Madrid: ¿Queremos ganar?

Todos vivimos en una burbuja y tendemos a pensar que el mundo se parece a ella. Explorando en la mía particular, encuentro a mi alrededor distintas actitudes frente a Más Madrid. A muchos de mis amigos y amigas los veo celebrando con alegría la decisión de Errejón y su alianza con Carmena. Se da la circunstancia de que algunos de ellos, como Carolina Bescansa o Luis Alegre, han ocupado altos cargos en Podemos y, precisamente, no se les puede presuponer especial simpatía por eso que se ha llamado el "errejonismo", sino más bien todo lo contrario. ¿Qué les ha podido conducir a apoyar, sin embargo, a Errejón precisamente en su decisión más controvertida?

También hay muchos amigos a mi alrededor que expresan su desaliento por ver una nueva división en la izquierda, que según dicen, nos conduce a una segura derrota electoral. Lo mejor que se puede responder a esta inquietud, ya lo escribió Ignacio Escolar: la lógica electoral en el caso de la Comunidad en absoluto indica que tenga que ser así. Más bien, da la impresión de que la división puede beneficiarnos mucho, tal y como ha ocurrido en Andalucía para la derecha.

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Filosofía: cómo aguar la fiesta

No es descartable que la excelente noticia que ha supuesto la aprobación por unanimidad de la Proposición No de Ley sobre la asignatura de  Filosofía, pueda empañarse bastante a la hora de hacerse realidad. Conviene adelantar algunos de los peligros que nos acechan. El primero y más tenebroso de ellos, es que se decida restaurar las materias de Filosofía, pero proponiendo que se impartan en inglés. Se lograría así arruinar por completo el sentido mismo por el que hemos defendido la necesaria presencia de la Filosofía en la enseñanza secundaria y el bachillerato. Las  cuestiones que se plantea la filosofía implican una definición muy exigente de lo que significa comprender. Lo que se espera, ante todo, de un alumno de filosofía es que experimente la necesidad de interrogarse y de reflexionar, de asumir que en esta vida hay problemas profundos que tienen que ser pensados y que no se pueden responder buscando en internet, viendo la televisión o repitiendo tópicos, lemas o consignas de memoria. Y eso es algo que hay que hacerlo en la propia lengua. Nada puede haber más refractario a la filosofía que esa especie de aprendizaje basura en el que se han convertido el resto de las asignaturas al ser impartidas en inglés, en las que el alumnado pasa de un tema a otro cuando ha aprendido el vocabulario que corresponde, por ejemplo, a la revolución francesa o a la reproducción sexuada de las plantas, como si por saber decir pistilo o Tercer Estado en inglés, ya se hubiera comprendido cuanto hay que comprender. Esto es una salvajada que ha dañado muchísimo la enseñanza de las ciencias naturales y sociales, pero que, en especial, para la asignatura de filosofía sería letal. El mayor enemigo de la filosofía es la pedantería. El mundo está lleno de personas (desde periodistas a insignes intelectuales) que alardean de saber algo de Kant porque saben que hablaba de lo “trascendental” (aunque no entiendan la palabra), de Hegel porque les suena la palabra “dialéctica” o de Derrida porque hablaba de la “differance” (aunque la escribía muy raro). Esta fatuidad, traducida al inglés, nos haría desembocar en un mundo de pedantes que además serían paletos, pues no hay actualmente nada más paleto que la pretensión de hablar inglés. Y para ese viaje, no hacen falta alforjas. Eso sería completamente contraproducente respecto de lo que es el objetivo más crucial de las asignaturas de filosofía.

A este peligro inminente, hay que sumar el que viene siendo habitual en todas las reformas de la enseñanza, tanto si provienen de la derecha como de la izquierda (hemos hablado extensamente de ello en nuestro libro Escuela o barbarie. Entre el neoliberalismo salvaje y el delirio de la izquierda). Se trata de la manía de ser original inventando algo muy ingenioso. Esto es lo que intentó el ministro Wert, diseñando asignaturas para la formación del espíritu empresarial y la concienciación  del emprendedor, en las que se planeaba enseñar los valores propios de  ese nuevo proletario a la intemperie que tiene que arreglárselas solo en la selva del mercado laboral, sin sindicatos ni convenios colectivos que le amparen (toda una escuela para el “hombre nuevo” que espera la revolución neoliberal). Por parte de la izquierda, esta obsesión por la novedad es aún más peligrosa. Desde la LOGSE para acá no hemos parado de sufrir toda una suerte de incesantes ocurrencias para arreglar de una vez el mundo de la enseñanza. Cada nuevo legislador se ha empeñado en inventar la pólvora, apoyado por un ejército de pedagogos y tecnócratas de la educación. Y de este modo, los profesores y los estudiantes (los verdaderos protagonistas de la enseñanza) hemos tenido que vivir en un laboratorio de continua experimentación, tan inestable como delirante. Hay que decir que la pólvora ya está inventada y que no vendría mal con dejar la palabra a los que a diario se están partiendo la cara con la realidad de la enseñanza en los institutos (que, a causa de los recortes neoliberales, es cada vez más preocupante).

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Por qué debemos conservar la Facultad de Filosofía

La mano invisible de los tiempos que corren no perdona a la Filosofía. Los planes del ministro Wert, que ya han empezado a hacerse realidad, han herido de muerte la enseñanza de la Filosofía en la secundaria y el bachillerato. Las Facultades de Filosofía hemos perdido así, la principal salida profesional de nuestra carrera, dejando a nuestros profesores de secundaria en la tesitura de tener que conformarse con explicar valores éticos (normalmente, además, en inglés) a niños que no desean sacar sobresaliente en religión. Pese a este desastre, la matrícula (de precio disparatado, como todas) en la Facultad de Filosofía de la UCM, se ha mantenido estos años, porque, aunque parezca imposible, sigue habiendo muchos alumnos que estudian por amor al saber, intentando investigar las razones por las que el ser humano, en muchas ocasiones, es capaz de poner por encima de la vida aquello por lo que merece la pena estar vivo, algo que en filosofía se suele llamar dignidad (y se suele contraponer a precio). Este milagro tan improbable  y contra natura se produce todos los días en nuestra Facultad, y debería ser reverenciado con respeto y admiración.

Todo lo contrario de lo que ha decidido, por el momento (porque aún hay tiempo para cambiar de opinión) el rectorado de la Universidad Complutense de Madrid, que ha propuesto integrar (o disolver) la Facultad de Filosofía como un departamento de una Macrofacultad más amplia. Se trata de una idea perversa increíblemente inoportuna, con la que un equipo de gobierno pretendidamente progresista da continuidad a la barbarie neoliberal de la LOMCE de Wert, suprimiendo la Facultad de Filosofía en el momento en que esta materia está siendo más maltratada en la enseñanza secundaria. Si esta conjunción de fatalidades ha salido por casualidad, hay que decir que ni la Santa Inquisición lo habría ideado mejor.

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La carta que nos queda: republicanizar el populismo

De la noche a la mañana, y tras las elecciones andaluzas, la situación de Podemos se ha complicado. Íbamos a ganar en una guerra relámpago, y, de pronto, nos vamos a ver envueltos en una interminable guerra de trincheras, en una especie de doble bipartidismo. Es de temer, además, que en este tipo de contienda, el tiempo nos va a desgastar más que a nuestros adversarios, puesto que tenemos más enemigos y menos recursos. El motivo de que nos encontremos de pronto en esta situación no se debe (fundamentalmente) a que Podemos haya hecho nada mal, sino a que los demás han hecho algo bien. Era de esperar que no permanecerían eternamente de brazos cruzados, viendo cómo Podemos crecía y crecía en las encuestas. Han movido ficha. Y han hecho una jugada muy buena, un jaque en toda regla. El Ibex 35 ha logrado colocar a Ciudadanos en la "centralidad del tablero". Qué injusto y qué paradójico es todo. Ciudadanos se ha colado precisamente en un lugar que a Podemos le había costado un esfuerzo sobrehumano construir. Y les ha salido gratis. Más que gratis, han hecho un negocio bárbaro. Podemos ha construido una casa contra viento y marea y ellos la han ocupado tuneándola con los medios de comunicación a su favor y el dinero de los empresarios.

En un reciente artículo –y en un debate que tuvimos en la UCM–, Alberto Garzón venía a decir –con inteligencia y amistad, como siempre– que nos estaba bien empleado. Podemos se habría concentrado en ser una mera "maquinaria electoral" que "reflejaría" el "deseo de cambio" de la población. Ese mismo papel lo puede hacer igual Ciudadanos y de manera más presentable en sociedad. Podemos se habría esforzado en un discurso "controladamente ambiguo" para no perder la transversalidad. Al final, sus portavoces se han visto tan atados de pies y manos por esta indefinición, que cada vez más se limitan a repetir como loros argumentarios predefinidos, sin atreverse a dar un paso en falso. Están paralizados. Antes, la presencia de un tertuliano de Podemos en la televisión disparaba las audiencias; ahora, cada vez hay más gente que cambia de canal: se les nota demasiado que no se atreven a decir nada definido, salvo el sempiterno monotema de la lucha contra la corrupción. Lo malo es que este tema también se vuelve contra Podemos, desde que un puñado de periodistas muy bien pagados logró convertir el no caso Monedero en un estrambótico escándalo moral. En cambio, Ciudadanos, financiado con el dinero de la mafia empresarial, aparece impoluto. Las frases vacías y la ambigüedad se les van a dar a ellos mucho mejor que a los de Podemos. Lo del "deseo de cambio", también, porque pueden proponer un "cambio sensato". Lo de la lucha contra la corrupción, no digamos, puesto que no van a tener periodistas en contra.

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La trampa del 3+2 y del 4+1

Hay un clamor en contra del llamado "3+2" que reducirá los grados universitarios de cuatro a tres años y aumentará a dos años los másteres a precios prohibitivos. Sin embargo, me temo que nos están tendiendo una trampa mortal y me impacienta que no se repara mucho en ella.

Y es que, el Plan Bolonia se impuso con tales niveles de mentiras de por medio que ahora es muy difícil orientarse. Desde el principio, todo fue una especie de extorsión mafiosa: no te obligamos a nada, pero te vamos a poner en unas condiciones en las que tú mismo entrarás por el aro. Bolonia son lentejas que las puedes tomar o las puedes dejar, aquí todo es voluntario. Y al final todo quedaba claro. ¿Tu Universidad no quiere proponer másteres a la evaluación de la ANECA? No pasa nada,  podéis seguir sólo con la licenciatura. ¿No queréis convertir la licenciatura en Grado? No pasa nada, podéis ser una Facultad que solo imparta postgrado. ¿No queréis ser evaluados? Es voluntario, no hay  problema, pero las otras universidades ya se están evaluando -y desde luego las privadas-, de modo que cuando haya que recortar facultades y departamentos ya veremos por dónde se empieza. ¿No os gustan las empresas? ¿No  queréis financiación “externa”? ¿Y quién os obliga? Eso sí, para obtener financiación pública es un mérito (cada vez más imprescindible) haber obtenido financiación privada. Todo este chantaje institucional se encubrió con unas dosis de propaganda grotesca. Se recordará -¡qué vergüenza ajena, por dios!- cómo nos decían que iban a cambiar el modelo de enseñanza, la cultura del aprendizaje, que las aulas tendrían que ser más pequeñas, las clases más prácticas, los alumnos sentaditos en círculos, dialogando de tú a tú con el profesor. ¿Ya nadie se acuerda de esto? ¿No se recuerdan los telediarios que hacían propaganda encubierta de una empresa llamada Educlick, que proponía que los profesores fueran sustituidos por mandos a distancia para manejar powerpoints interactivos? Ana Pastor me hizo callar en 59'', interrumpiéndome a los 23 segundos, cuando intenté denunciar que el Informe Semanal sobre Bolonia había sido un puro ejercicio de propaganda. Sé que es difícil de creer, pero, según ese programa, las clases iban a ser tan prácticas y tan alegres que, en las imágenes, salían unos alumnos de oceanografía que -supuestamente gracias a la implantación del plan Bolonia- estaban haciendo submarinismo en unos arrecifes de coral.  Algunas autoridades académicas daban conferencias explicando que se iba a intentar habilitar pequeñas cocinitas en las aulas, para que los profesores y los alumnos -a los que a veces también podía “sumarse algún artista invitado”- pudieran picotear durante las clases, charlando apaciblemente. No estoy exagerando, tengo pruebas documentales de todo esto. En algún curso de preparación para la  Convergencia Europea se nos llegó a aconsejar al profesorado técnicas de anti-estrés, proponiéndo darnos mutuamente masajes en los pies. Para todo este delirio, se movilizó -como siempre ha sido habitual en estas ocasiones- a “expertos en educación” y pedagogos que emitían terribles informes sobre lo mal que saben enseñar los profesores, que, al parecer, siempre son viejos, feos, anticuados o medio franquistas y se limitan a repetir como loros unos apuntes amarillentos que datan del pleistoceno. El papel de estos “expertos en educación” siempre es el mismo: ponerlo todo patas arribas, revolver los destrozos con un potingue de promesas delirantes y calumnias sin sentido, mezclarlo  bien con alguna que otra verdad, y servir en bandeja el resultado a las autoridades gubernamentales. Entonces, estas se ocupan  de lo que siempre se había pretendido: una reconversión económica de la enseñanza estatal.

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La normalidad Podemos

Más que nada, escribo estas líneas en apoyo del artículo de Santiago Alba Rico El lío Podemos y los tres elitismos. Estoy completamente de acuerdo con sus argumentos y entiendo que su conclusión es clara: hay que apoyar el modelo propuesto por Pablo Iglesias y Claro que Podemos. A mí, lo que Santiago Alba llama el peligro del "elitismo democrático" es sin duda alguna el que me parece más peligroso y el que más me preocupa en estos momentos. Tras ganar las elecciones, por supuesto me darán más miedo los elitismos políticos y mediáticos. Pero es que el "elitismo democrático" puede provocar que sencillamente todo se venga abajo antes siquiera de empezar.

Comienzo por advertir que mi artículo solo es interesante porque no tiene ningún interés. Y que, además, mi único argumento va a ser que no pienso aportar ningún argumento. En resumidas cuentas, estoy haciendo tartas para el cumpleaños de mis mellizos de cinco años (Podemos debería reflexionar sobre qué hacer con este asunto de los cumpleaños infantiles) y no tengo tiempo para leer ninguno de los 200 borradores que dicen –porque tampoco lo he comprobado– que se han colgado con propuestas organizativas y electorales. Y esto es lo único que tengo que decir: hay unos cuantos de millones de futuros votantes de Podemos a los que, por uno u otro motivo, les ocurre lo mismo que a mí. Conozco incluso algunos insospechados votantes de Podemos que ni siquiera saben que hay una página web con esas cosas colgadas y que no tienen ni idea de si tienen cerca o lejos alguno de los círculos Podemos. En cambio, creo que los votantes de Podemos capaces de militar en los círculos son a lo sumo algunos cuantos miles.

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