El castillo medieval del siglo XII que se ubica en un pueblo gallego de 300 habitantes y que ha vuelto a abrir al público

Castelo de Sobroso

Emiliano Castillo

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Hace más de 900 años, erigido sobre un imponente promontorio de granito a 334 metros de altitud, el Castillo de Sobroso ya se alzaba como el guardián de piedra de las Rías Baixas. Con su maciza muralla exterior, su robusta Torre del Homenaje y un cuerpo residencial de dos plantas, esta fortaleza no era solo una joya de la arquitectura medieval, sino un enclave estratégico cuyas vistas de 360 grados permitían vigilar la antigua tierra de Toroño y las rutas que conectaban el interior con la ciudad de Tui. A día de hoy, tras una rehabilitación de ocho meses y 210.000 euros, este gigante de Mondariz vuelve a abrir sus puertas a los visitantes que buscan una escapada de historia y paisaje combinados.

El castillo está situado en el municipio de Mondariz, dentro de la provincia de Pontevedra. Desde Vigo, la ciudad más cercana, el castillo está a unos 35 kilómetros —menos de 40 minutos en coche por carretera sin tráfico—, lo que lo convierte en un destino ideal para quienes buscan una mañana diferente y de fácil acceso desde la capital olívica. Santiago de Compostela, por su parte, queda a unos 118 kilómetros y aproximadamente hora y media de trayecto, un recorrido un poco más largo pero también realizable para aquellos más aficionados al medievo. La fortaleza está enclavada en un triángulo geográfico muy interesante turísticamente hablando: entre las Rías Baixas, el Camino de Santiago y la frontera portuguesa.

El aire está cargado de suspenso. El bosque de alcornoques —o sobreiros en gallego; de donde nace el nombre del castillo— envolvía al castillo en una atmósfera de misterio que contribuyó al amplio imaginario de leyendas del que es escenario. Pero antes de las leyendas, estaba la estrategia: Sobroso fue construido para controlar las comunicaciones entre el interior gallego y la ciudad de Tui, y funcionaba como un sistema defensivo que protegía la 'tierra de Toroño' durante el medievo.

Reinas, linajes y leyendas: la historia del castillo

La fecha exacta de su fundación es incierta, pero ya aparece como protagonista de los documentos que relatan la vida de la reina Doña Urraca. Se relata que a principios del siglo XII, la reina fue sitiada entre los muros de Sobroso por su propia hermana, Teresa de Portugal y el conde Don Pedro Froilaz de Traba, quien la forzó a huir hacia León. La leyenda añade que escapó a través de un pasadizo subterráneo que desembocaba en el río Tea.

Durante los siglos siguientes, el castillo fue objeto de deseo y codicia entre grandes linajes gallegos —Traba, Castro, Sarmiento, Sotomayor— en una lucha constante y de varios capítulos. Uno de los más célebres es aquel en el que Pedro Madruga apuntó con su espada al cuello de García Sarmiento para exigir la rendición de la fortaleza, sin conseguirla. A todos estos relatos se suma la leyenda más oscura: la de un capitán sarraceno de Almanzor que degolló a un mendigo ciego que entonaba una cantiga al son de la zanfona frente a sus muros, y cuya triste melodía, dicen, aún resuena cuando se avecina alguna tragedia sobre Galicia.

Al pasar los siglos, la fortaleza que alguna vez fue objeto de disputa fue perdiendo su función cuando los nobles gallegos abandonaron sus castillos para vivir en la corte. Sobroso pasó poco a poco a convertirse en ruina durante el siglo XIX, hasta que en 1923, Alejo Carrera, periodista, político y filántropo de Vilasobroso, lo compró y convirtió su reconstrucción en la empresa de su vida. Hoy en día, el castillo se mantiene en pie por su intervención.

Quien quiera profundizar en estas y otras historias que viven dentro de sus murallas, cuenta con un museo en los propios salones de Sobroso. Este centro detalla el rol de la fortaleza y de sus habitantes durante diferentes periodos de la Edad Media, de su restauración y sus leyendas. Todo esto dentro del propio castillo, que permite imaginar cómo era la vida intramuros, con espacios casi inalterados, pero cargados de imágenes, sonido e iluminación que garantizan una experiencia multisensorial. Todo queda rematado por una gran terraza abierta, que deja a quien la visita unas increíbles vistas panorámicas a los alrededores naturales.

Más allá del castillo

Terminada la visita al castillo, el propio recinto invita a completar la visita principalmente volteando a ver hacia su naturaleza: el bosque que rodea la fortaleza conserva sendas para recorrer el entorno natural que, según el imaginario local, lleva siglos habitado por criaturas de la mitología gallega. Bajando del castillo hacia el pequeño núcleo urbano de Vilasobroso —un pueblo de apenas 300 habitantes—, merece una parada la iglesia parroquial de San Martiño, una sólida y centenaria construcción de granito que preside el pueblo. Para quien prefiera el exterior, el río Tea ofrece otra dimensión del municipio: una senda circular de 12 kilómetros que discurre junto a playas fluviales como la de Riofrío o la Praia do Val.

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