Las mujeres que cuidan de la ciudad invisible: la casa ajena, el plato caliente y la mente rota
Santander despierta con la sensación de que funciona sola. Su bahía -“la más hermosa del mundo”, dice su gente- ilumina de un azul radiante el Paseo de Pereda; cientos de caminantes impecables hacen el paseo a todas horas mientras disfrutan de vistas al mar y a la montaña. Los turistas fotografían la bahía, cruzan hacia el otro lado de la avenida y encuentran las terrazas: cervezas frías, vermuts y rabas. A unos metros, bares y restaurantes: pinchos, vinos y menús del día.
La ciudad palpita con su propio ritmo. La gente sube a sus autobuses, llena sus aulas, abre sus comercios, despacha sus trámites, recibe sus pesqueros. Los funcionarios entran a sus oficinas. Los niños llegan a la escuela. Los médicos fichan en los hospitales. Todo discurre con acostumbrada rutina.
Hay también los que no tienen para comer, pero que comen igualmente. Los que no recuerdan ni su nombre y dependen de otros para hacer cosas tan simples como ir al baño. Los que siempre han estado, pero a quienes la mayoría prefiere no mirar.
También están quienes los cuidan.
La casa ajena
Santander vive pendiente del tiempo, cambia de humor con él. En una tarde azul, la Plaza del Ayuntamiento rebosa de gente: niños que juegan a la pelota, caminantes que se entrecruzan, turistas que contemplan la casa consistorial con todos los bancos ocupados a su alrededor. En una de esas esquinas de la plaza, un grupo de seis mujeres de diferentes generaciones brinca de un tema a otro en su conversación. Hablan de sus cosas, de lo que les pasó en la semana, de sus familiares y de sus amigos. También hablan sobre aquellos a quienes cuidan.
Todas se ganan la vida asistiendo a personas mayores. Entre risas designan como su portavoz a Carmen -nombre ficticio, a petición de la entrevistada, para proteger su empleo-, porque es “la que más experiencia tiene”. Ella viene de Perú, tiene 62 años y pronto cumplirá cuatro viviendo en Cantabria. Dedica su vida a acompañar la de otros. Actualmente cuida a Concepción -también nombre ficticio-, de 96 años.
Concepción tiene alzheimer y ya no habla ni una palabra. “Me ve y sonríe, nada más”, dice Carmen. “Es muy difícil saber si está de buen humor o de mal humor, pero cuando algo le duele, sí: se queja, hace ruidos y lo señala con sus brazos, que todavía tienen un poco de movilidad”. El trabajo consiste en la compañía. “Ella no me entiende, mucho menos me contesta, pero siempre me mira. Yo trato de siempre hablarle, contarle mis cosas, a veces me hace caras”, dice. “En eso se van las horas” -suspira- “limpio la casa, lavo su ropa, cocino para ambas, la saco de paseo y le platico, así no me doy cuenta de la soledad que a veces evoca el trabajo”.
Carmen cuida el espacio para sí misma, no sólo para Concepción: “Como tiene alzhéimer no se da cuenta de cómo está su casa. Yo trato de manejarlo lo mejor posible porque paso ahí mucho tiempo”. Se reparte la labor con otra compañera en turnos de ocho horas cada una, de manera que Concepción nunca se queda desatendida. Hoy en día, ellas son las dos únicas personas del mundo a quienes reconoce.
La experiencia de la que hablaban las compañeras de Carmen empezó mucho antes de su llegada a Santander, en Perú, pero los años no han conseguido volver más ligero el trabajo. Hay escenas que todavía la golpean en un lugar íntimo. “Mentalmente la parte más difícil es cuando Concepción está enferma. Ahí me da pena. Veo reflejada a mi madre, que murió hace unos años”, explica la cuidadora.
Durante su vida, Carmen ha convivido muy de cerca con la muerte: tres personas han muerto entre sus brazos. La primera, su madre. “Fue la más difícil. Yo no tenía ninguna experiencia. No se fue en paz: se fue agonizando, sabiendo que se moría y diciendo que no quería morir”, relata con una calma inquietante. El proceso –cuenta– fue largo. Empezó hace más de ocho años, cuando su madre enfermó y la vida de Carmen comenzó a girar alrededor de los cuidados. Así aprendió a cuidar ancianos: a entrar en su intimidad sin hacer ruido, a sostener su cansancio.
La segunda muerte que Carmen acompañó fue la del padre de sus hijos. “Para entonces ya tenía algo más de experiencia, más herramientas para enfrentar algo así. Pero igual fue muy complicado”. Murió de un paro cardíaco. Carmen revive la imagen: el padre de sus hijos inconsciente, desplomándose poco a poco entre sus brazos. “Estaba agonizando y soltaba muchas lágrimas”, recuerda.
La tercera muerte fue la del esposo de Concepción. Para ese entonces, ella ya sabía algo que nunca quiso aprender. “Cuando falleció el señor aquí, bueno, ya estaba más preparada y lo supe sobrellevar mejor”. Carmen explica que en ese caso, el final fue más apacible, sin sobresaltos: “Él no se dio cuenta de lo que pasó, se fue con sutilidad”. “En este punto creo que la muerte es como un sueño. Uno muere y no despierta”, reflexiona.
El plato caliente
Mientras esta conversación trascurre en la Plaza del Ayuntamiento, en una cocina silenciosa una mujer prepara la comida para 200 personas. Lleva trabajando desde las seis y media de la mañana: desinfecta, lava, pica, pela, corta, marina, adoba, hierve, asa, fríe, emplata y sirve. Como cada mañana, todas las mañanas. Opera sus utensilios con una agilidad pasmosa, se mueve entre las grandes ollas y estufas industriales como su fuera su casa.
Priscila Manzaba tiene la cara redonda y agradable, su delantal impecable, el pelo bajo una cofia con dibujitos de berenjenas. Es originaria de Ecuador, tiene 52 años, 28 viviendo en España, 17 en Cantabria. Lleva casi 13 trabajando en la Cocina Económica de Santander, cuatro como jefa de cocina. “Tú ves ahí la comida que sale y en media hora desaparece. Entonces yo llevo toda la mañana aquí y digo: madre mía, un ratito”.
En una de las mesas, está el menú de la semana, ya programado y listo para ejecutarse: potaje de garbanzos con verduras y pescado frito para el lunes. Salchichas, patatas fritas y arroz con verduras para el martes. Los miércoles toca menestra y muslos de pollo. Hoy se sirven costillas y macarrones. El olor se apropia de la gran nave metálica. Pasadas las diez de la mañana ya hay unas diez bandejas, que brillan por la grasa que suelta la carne. Para las cenas, otra lista igual: San Jacobos algún día, crema de coliflor otro, pizzas, purés, hamburguesas. Los desayunos casi no varían: “Un pancito tostado con aceite, yogur o fruta, y café con leche para todos”, explica Priscila.
Los menús de comidas y cenas varían de acuerdo con los donativos y el presupuesto a disposición. El equipo de cocina se reúne con la dirección -a cargo de las Hijas de la Caridad- y con la jefa de almacén, y toman decisiones conjuntas “tratando de siempre alternar”.
El tamaño de las raciones, en cambio, no se deja a la improvisación: es el mismo para todos. Priscila ha tenido que aprender a explicárselo a los propios voluntarios, que a veces se dejan llevar por la pena: “Es que es joven, necesita comer más”, le dicen. Ahí, dice, empieza el problema: si a uno le das dos piezas y al otro una, el que recibió menos lo nota. Una ración para todos. Parejo.
El trabajo se reparte en turnos, que cambian cada semana. “Una semana me toca por la mañana, otra semana por la tarde”, explica Priscila, y que cuando le toca por la mañana es el turno más cansado “porque estoy sola y tengo que sacar todo el servicio de desayuno y comida”. Cocinar sin parar, toda la mañana. Cocinar. “Elaborar esas cantidades de comida lleva un proceso que la gente al final no ve, no nota”, dice.
La Cocina Económica se encuentra en la zona alta del centro, en una esquina a unos metros del Paraninfo de la Universidad de Cantabria. El comedor es amplio y ordenado, iluminado por una luz de una blancura clínica. Unas treinta mesas, cuatro sillas cada una, un pequeño salero en el centro.
El número de platos que se sirven en el comedor cambia constantemente aunque ronda las 200 comidas al día. Hay quien viene durante meses y un día no vuelve porque encontró trabajo o porque consiguió regularizar sus papeles. Hay quien desaparece y regresa, desaparece y regresa, arrastrado por una adicción o por una enfermedad que no avisa. Hay quien fallece. Los hay que llevan años y los hay que no duran una semana. De entre todos ellos, algunos terminan quedándose como voluntarios. Personas que llegan con hambre y que, eventualmente, pasan a tener algo que dar.
Los desayunos se reparten a las 9:30. Una media hora antes comienzan a llegar: jóvenes y mayores, mujeres y hombres, alguna madre con su carrito de bebé. Conversan entre ellos. Interactúan distintos acentos. La mayoría está de buen humor a pesar de la mañana plomiza y lluvia ligera. Muchos fuman. Fuman mucho.
Priscila conoce esa fila de memoria. Sabe quiénes vienen todos los días, quiénes llevan años, quiénes vienen por primera vez. Estos últimos se distinguen solos. “Se nota muchísimo. Bajan la cabeza, se nota”.
Aquí no se trata solo de que nadie se quede con hambre. Priscila quiere que la gente salga contenta: que el menú les guste, que repitan, que pidan el pollo asado la semana siguiente. En época de Ramadán, por ejemplo, Priscila y sus compañeras adaptan parte del menú para sus usuarios musulmanes.
“Intentamos que se sientan, en el momento en que entran, como en casa, como en familia”. Priscila sabe de esto: tras cerca de tres décadas fuera de su país natal conoce el sentimiento. “A veces, en Navidad, ya lo ves”, dice. “Al venir de otro país, lo notas mucho, les hace falta eso”.
La relación con los habituales es cordial, casi cercana. “Cuando sales allí, te agradecen, te dicen que está muy rica la comida”. Cuando se vuelven voluntarios, ese vínculo se hace más personal: hablan, cuentan sus historias, ayudan a recoger las mesas. Priscila los conoce por sus nombres, por sus manías, por cuánto llevan. A veces los pierde. Hace unos meses falleció uno de ellos, un señor de unos sesenta años que siempre se acercaba a la ventana a charlar y traía bombones cuando era el cumpleaños de alguien. Era cocinero. “Me chocó mucho”- lamenta- “nos afectó mucho”.
“Aquí se trabaja mucho. Hacemos todo: cocinamos, fregamos, limpiamos. Pero me gusta. No me veo en otros sitios”, explica. Cuando se le pregunta qué le gustaría que supiera la gente de este lugar, Priscila no lo piensa un segundo: “Que existe. Que hay un lugar donde te pueden dar de comer bien, que te pueden acoger con cariño. Mucha gente no lo sabe”.
Ningún registro clínico
Son menos de diez esperando el bus en la parada. Un par de hombres tatuados con pintas rockeras y despreocupadas; tres mujeres de más edad, bajitas, con sus camisas floreadas. Otra, más alta y más joven, con un conjunto deportivo negro. Un hombre entrado en años que lleva un jersey con la imagen de alguna ciudad estadounidense y que dice 'Tommy Jeans'. Charlan de cualquier cosa. Por allí pasa la línea 6c1, que conecta la Fundación Hospitalarias Cantabria con el centro de Santander. Cuando el bus llega, se levantan exaltados, se forman casi ansiosos para entrar, por un segundo pareciera que incluso entre ellos se desconocieran. Todo por subir antes, como si temieran no poder entrar.
El hospital se planta en la cima de un promontorio: antes esto no era Santander. Años atrás, cuando no había sido engullido por la ciudad, el hospital estaba al margen. Aislado. “Había rejas en todas sus ventanas, tenía una valla a la entrada para que nadie saliera. Ni nos cuestionábamos que las personas que estaban aquí ingresadas pudieran salir a dar una vuelta por Santander”, recuerda María Ángeles Carbajo Martínez, la directora asistencial del centro. Una santanderina de 53 años, delgada, no muy alta -su bata blanquísima- con más de 30 años de experiencia como enfermera, casi toda su trayectoria en este hospital. Entre enfermeras, auxiliares, psicólogos, trabajadores sociales, integradores sociales y fisioterapeutas, coordina a más de 250 personas.
Entró al hospital en 1996 para cubrir unas vacaciones, para un mes. Este año cumple tres décadas. “Nunca me planteé dedicarme a otra cosa”, dice, “veía que era una profesión donde podía generar bienestar y mejorar la vida de las personas”. Lo que no vio venir fue dónde.
El hospital respira como un pequeño mundo en sí mismo: pasillos largos y habitaciones pequeñas; una capilla; un gimnasio; un salón de actos; varias zonas recreativas; más pasillos largos, más habitaciones pequeñas; una peluquería, incluso; sus propias cocinas; cafetería; varias plantas y galerías; salones para consultas externas; el constante olor a fármaco.
Unos 400 pacientes viven aquí. No ingresan: viven. Algunas llevan décadas. Además de ellos hay otros 200 que asisten diariamente al hospital. Unos 600 en total: seis centenares de historias, complejidades, complicaciones, afectos. “La relación con ellos es mucho más estrecha porque aquí hay personas que llevan viviendo treinta años”, explica Marian. Las enfermeras los conocen bien: nombres, miedos, manías.
Eso obliga a una mirada distinta. “Tienes que ver mucho más allá de la enfermedad mental porque a veces tienen una enfermedad mental, pero también tienen una enfermedad de corazón, también se rompen la cadera y también son diabéticos. Nuestra mirada es bio, psico, social y espiritual”, explica. No es un modelo teórico: es la única forma de que funcione.
Marián no esquiva la autocrítica. Los turnos, dice, siguen siendo los mismos de siempre: de ocho a tres, de tres a diez, de diez a ocho. Funcionales para el hospital, no siempre para quien vive en él. “El horario está más adaptado a la organización del hospital que a las propias necesidades de las personas”, reconoce.
La relación nunca deja de ser profesional, dice. Pero el componente humano existe sí o sí. Uno de los mayores fracasos posibles en salud mental es el suicidio de un paciente. Le ha tocado vivirlo. Recuerda el caso de un chico bastante joven, extranjero, que llegó al hospital ya con una historia de sufrimiento larga: desde la niñez, pasando por la adolescencia, hasta la edad adulta. El equipo hizo todo lo que pudo. “Pero es inevitable sentir otra parte de fracaso asistencial”, dice. Una pausa. “Como profesional se pasa mal”.
De acuerdo con Marián, cuando se trata de enfermedades mentales, el miedo al rechazo es el problema: “Tú ves una persona que tiene una discapacidad física y lo ayudas, en cambio ves a una persona con una enfermedad mental y genera estigma y rechazo automático. Se les identifica como peligrosos, uno se siente inseguro”.
El estigma produce un efecto muy complicado de manejar en los pacientes. “Dicen: me ven como bicho raro, cómo voy a salir a la calle, se ríen de mí, no me integran”. El mundo les cierra puertas antes de que puedan tocarlas. Por eso el trabajo va más allá de la medicación y el diagnóstico. “El objetivo es que consigan salir adelante, formar una familia, tener un trabajo, poder vivir solos y sentirse llenos con sus proyectos de vida. Ese es básicamente nuestro trabajo”, explica Marian.
Muchas veces el trabajo más importante no aparece en ningún registro clínico. “El trabajo invisible son detalles. No hay manera de registrar la escucha. No dar consejos; simplemente saber escuchar”. Otras veces se trata de ayudar o acompañar. Hay pacientes que quieren retomar el contacto con su familia y necesitan que alguien haga esa llamada, prepare ese encuentro, los acompañe antes y después. Hay quien quiere buscar trabajo y llega a esa entrevista sin saber cómo presentarse. “Son cosas que no aparecen en ninguna historia clínica. Pero son muy impactantes en el bienestar de las personas”.
Otras veces tiene forma de fresas. Puede ser algo tan sencillo como: me apetecen unas fresas con nata fresquitas, y mueve Roma con Santiago porque esa persona las tenga. O mueve Roma con Santiago para que esa persona visite por última vez a un bisnieto“.
Treinta años mirando lo que pasa dentro de una mente rota y la pregunta que más se asoma a su cabeza no viene del trabajo. “Mi padre tiene Alzheimer”-dice- “me pregunto muchas veces: ¿dónde está? Me gustaría saber dónde está ahora mismo en su cabeza”.
Santander, mientras tanto, sigue despertando con la sensación de que funciona sola.
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