Este pueblo, parada obligatoria del Camino de Santiago, alberga un precioso centro urbano de calles empedradas

Las viviendas destacan por sus fachadas sobrias, sus balconadas de madera y, especialmente, por sus grandes portones de colores verdes, azules o rojos

Alberto Gómez

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En la comarca leonesa de la Maragatería un curioso viajero puede dar con Castrillo de los Polvazares, situado a tan solo siete kilómetros de Astorga y reconocido como uno de los pueblos más bonitos de España, declarado Conjunto Histórico-Artístico en 1980 por su incalculable valor. Su origen medieval está íntimamente ligado al paso de los peregrinos que recorren el Camino de Santiago hacia el noroeste de la península ibérica. Hoy en día, el pueblo es un testimonio vivo de la historia y la cultura regional, transportando a sus visitantes a tiempos pasados a través de su belleza. La tranquilidad que se respira en sus rincones lo convierte en un refugio ideal para quienes buscan desconectar de la rutina y el ruido.

Y es que pasear por este rincón de León es sumergirse en una atmósfera única donde cada piedra narra una parte fundamental de la identidad de la zona. La fisonomía de este núcleo urbano está marcada por un urbanismo singular donde la piedra y la arcilla roja son los materiales protagonistas absolutos. Al cruzar el puente de piedra sobre el río Jerga, el visitante comienza a caminar por un laberinto de calles que están empedradas en su totalidad. Estas calzadas fueron pavimentadas a finales del siglo XIX para facilitar el tránsito de los pesados carruajes que frecuentaban habitualmente la zona. Las viviendas destacan por sus fachadas sobrias, sus balconadas de madera y, especialmente, por sus grandes portones de colores verdes, azules o rojos.

Estas puertas monumentales no eran un capricho estético, sino una necesidad funcional para permitir el paso de los carros de carga de los vecinos. Las casas tradicionales, generalmente de una o dos plantas, presentan anchos muros de piedra que servían para proteger y resguardar el hogar. Los tejados de pizarra añaden un encanto adicional a las construcciones, integrándolas perfectamente con el paisaje montañoso que rodea la villa. Es un deleite visual contemplar cómo las fachadas se adornan con flores, aportando notas de color a la piedra rojiza característica de la región.

Muchos vecinos adornan las fachadas con flores, aportando notas de color a la piedra rojiza característica de la región

La historia de Castrillo de los Polvazares es, en esencia, la historia de los arrieros maragatos que dominaron el comercio español durante varios siglos. Estos comerciantes se dedicaban al transporte de mercancías esenciales, como pescados en salazón, aceite o chocolate, entre las costas y el interior. Gracias a su intensa actividad comercial, el pueblo alcanzó una notable prosperidad económica que se refleja hoy en la gran calidad de sus edificios. Los arrieros eran conocidos por su legendaria honradez y por conservar costumbres antiguas, viviendo casi siempre entre miembros de su región.

No obstante, la llegada del ferrocarril a Astorga en el año 1866 marcó el fin de este modo de vida tan característico y tradicional para el pueblo. A pesar de este declive económico inicial, el pueblo supo conservar su arquitectura típica, lo que permitió su posterior resurgimiento como destino cultural. Actualmente, las antiguas casas de los arrieros han sido rehabilitadas para albergar tiendas de artesanía y restaurantes que mantienen viva la esencia. Conocer el pasado de la arriería es fundamental para comprender la disposición de las calles y la estructura de las viviendas que vemos ahora.

Como parada obligatoria en la ruta del Camino de Santiago Francés, el pueblo recibe diariamente a caminantes de todas las nacionalidades y culturas. En las afueras se encuentra la Cruz del Peregrino, donde es tradición atar cintas de colores junto con buenos deseos antes de continuar el viaje. El vínculo jacobeo es tan fuerte que incluso el puente de acceso recuerda la antigua calzada romana que llevaba hacia el puerto de Foncebadón. Para muchos, caminar por la Calle Real, el eje central del pueblo, representa una de las experiencias más auténticas de todo su largo peregrinaje. El pueblo se ha convertido en un símbolo de hospitalidad donde los caminantes encuentran descanso y una generosa oferta gastronómica para reponer sus fuerzas. Es común ver grupos de peregrinos compartiendo vivencias mientras admiran la arquitectura de piedra que define a esta localidad maragata.

El patrimonio monumental del núcleo urbano cuenta con hitos que narran la fe y la cultura de este pueblo de antiguos arrieros y labradores. La iglesia de Santa María Magdalena, construida originalmente en el siglo XVIII, destaca por su torre campanario que domina el perfil de la localidad. En la plaza principal se puede observar un busto dedicado a la escritora Concha Espina, quien inmortalizó el lugar en su famosa obra literaria. Otros puntos de interés incluyen el Cristo de Arriba, una cruz de término que marca el final de la calle principal donde se divide la vía. Asimismo, el Parque de las Paleras, situado junto a la ribera del río Jerga, ofrece un espacio de descanso y tranquilidad bajo árboles frondosos. El templo parroquial presenta elementos góticos y renacentistas, siendo un símbolo religioso y cultural fundamental para todos sus habitantes.

La sobriedad de la arquitectura religiosa se integra de forma armónica con el estilo funcional de las viviendas civiles que la rodean. Cada rincón pintoresco del pueblo ofrece detalles arquitectónicos que lo convierten en un verdadero tesoro cultural para la provincia de León. Pero lo que no se puede obviar al hablar de Castrillo de los Polvazares es su joya gastronómica más preciada: el contundente y famoso cocido maragato. Este plato tiene la particularidad de servirse al revés, comenzando por las diversas carnes antes de pasar a los garbanzos y finalmente la sopa. Se dice que esta costumbre surgió para asegurar que los arrieros comieran lo más nutritivo primero antes de que una alarma los llamara.

El uso del garbanzo autóctono, conocido como Pico de Pardal, es fundamental para lograr el sabor y la textura que tanto lo caracterizan. El banquete suele finalizar con natillas caseras y un bizcocho tradicional, proporcionando la energía necesaria para retomar el camino a Santiago. El primer vuelco del cocido incluye hasta nueve tipos de carnes diferentes, como chorizo, lacón, tocino, morcillo de ternera y relleno. En el segundo vuelco se sirven los garbanzos pequeños acompañados de repollo y patata, antes de terminar con la sopa de fideos caliente.

Música y vestimentas

El calendario festivo y las tradiciones locales mantienen vivo el espíritu de la Maragatería a través de celebraciones llenas de música y colorido. Son famosas las recreaciones de la boda maragata, que incluyen ritos antiguos como la Carrera del Bollo o el curioso Rastro. Sin una periodicidad fija, se organizan Jornadas Napoleónicas para conmemorar los hechos históricos ocurridos durante la Guerra de la Independencia. Estas actividades, acompañadas de música de flauta y tamboril, permiten al visitante sumergirse en una cultura popular rica y bien preservada. La vestimenta tradicional y las danzas folclóricas son un testimonio de la identidad única de los habitantes de esta comarca leonesa. Participar en estas jornadas es una oportunidad para apreciar el arte y la historia que residen en las paredes de este pueblo.

Visitar hoy Castrillo de los Polvazares es descubrir un pueblo que ha sabido rehabilitar sus casas centenarias respetando el estilo original, convirtiéndose en un modelo de conservación del patrimonio rural. Es el lugar ideal para quienes buscan tranquilidad, amantes de la fotografía o aquellos que desean disfrutar de una jornada gastronómica única. Ya sea paseando por sus calles silenciosas o compartiendo mesa en sus restaurantes, la esencia arriera sigue presente en cada piedra roja. Sin duda, este pequeño enclave leonés seguirá siendo una parada inolvidable para todo viajero que cruce las tierras de la Maragatería.

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