El sendero gallego que desciende hasta una cascada con varios saltos y una caída de más de 20 metros de altura
Galicia es tierra de agua. Su ubicación entre dos mares —Atlántico y Cantábrico— le otorga un clima acuoso que caracteriza sus entornos naturales. Sus incansables lluvias alimentan ríos y manantiales, que a su vez tiñen de verde toda la región. A ello se suma un relieve irregular y, en muchos casos, abrupto: los afluentes se encuentran constantemente con desniveles, formando incontables saltos de agua y cascadas. Fervenzas las llaman los gallegos. Una de ellas, la Cascada de A Xestosa, es la que nos ocupa hoy.
Esta joya natural está ubicada a tan solo una hora de A Coruña y Lugo, o a una hora y media de Santiago de Compostela. Más específicamente, se encuentra en el municipio de Ourol, en la Mariña Lucense, a unos 20 kilómetros de Viveiro. Para llegar a ella, se debe conducir por la carretera LU-540 —que une Viveiro con Xermade— y tomar el desvío hacia la antigua vía de servicio siguiendo la señalización de «Fervenza».
Aparcar es sencillo: basta con dejar el vehículo en el arcén poco transitado de esta carretera vieja. Ese es el punto de inicio del recorrido, con un acceso habilitado oficial. Se trata de un sendero lineal de apenas un kilómetro entre ida y vuelta, que no tomará más de media hora a quien decida visitarlo.
Si bien es un tramo corto, cuenta con una pendiente bastante pronunciada, que exige una buena forma física para el camino de regreso, que discurre cuesta arriba. Además, el suelo es bastante resbaladizo en época de lluvias, por lo que se debe tener precaución durante la bajada y es recomendable el uso de calzado de montaña adecuado.
El sendero desciende por un bosque de pinos altos y esbeltos, que, junto con el matorral verde que crece a sus pies, cierran el camino y lo dotan de una atmósfera solemne. El silencio de los árboles —que en un principio solo rompe el graznido de algún ave— cede al estruendo de la cascada a medida que el visitante se adentra en el camino. La vegetación también se transforma: se vuelve más exuberante y húmeda, propia de un entorno fluvial. Durante la caminata, el caminante se verá rodeado por extensos mantos de helechos, que dan al paisaje un toque tropical.
De pronto, el bosque se abre para revelar los múltiples saltos del río Xestosa, que salvan los desniveles rocosos del paraje. Pero el máximo espectáculo es ese gran escalón final: una caída libre desde más de 20 metros de altura. Un despliegue de fuerza natural gallega. El rugido de la cascada rompe definitivamente la calma del bosque, dominando el sonido ambiente y cargando el aire de minúsculas partículas acuosas.
El entorno que circunda la parte baja de la cascada ofrece un espacio perfecto para relajarse y almorzar al aire libre; se trata de un terreno plano y sereno, ideal para descansar o disfrutar de algún bocadillo mientras se disfruta de la naturaleza. La mejor época para visitar la Fervenza de A Xestosa es en primavera, y específicamente tras varios días de lluvia, cuando el caudal gana fuerza y los colores del bosque se vuelven todavía más intensos. En épocas como el verano, la cascada puede presentarse algo más contenida, pero el paseo conserva intacto su encanto por la atmósfera cerrada del pinar y la apertura hacia el paso del agua.
Es una excursión especialmente destacada por su brevedad y accesibilidad. No exige grandes preparativos ni largas travesías, pero ofrece una recompensa que sorprenderá a senderistas experimentados y primerizos por igual. En apenas unos minutos, el visitante pasa de estar en una solitaria carretera a disfrutar de un paisaje cargado de personalidad.
Viveiro: historia y gastronomía marinera para cerrar el recorrido
Tras la caminata, el mejor complemento está en la costa. Para culminar la jornada y aprovechar la visita al norte de Galicia, la parada más lógica es Viveiro, una villa marinera de origen medieval situada a apenas 20 kilómetros de la cascada. Conserva uno de los cascos históricos más importantes de la comunidad autónoma y la célebre Porta de Carlos V, levantada en el siglo XVI y convertida hoy en uno de los grandes símbolos del enclave. Atravesarla es adentrarse en un trazado de históricas callejuelas y plazas tranquilas. El pueblo conserva además iglesias románicas, restos defensivos y un ambiente marinero que se puede saborear en cada platillo.
Específicamente para comer, el lugar indicado es Celeiro, el histórico puerto pesquero de Viveiro. Es reconocido precisamente por la calidad de sus pescados y mariscos, un producto fresco y de kilómetro cero. La atmósfera porteña es completamente ajena a la desconexión boscosa de la cascada de A Xestosa. Aquí dominan las terrazas, los pinchos y los aperitivos en todas las mesas, junto con los barcos que pasan. La combinación funciona especialmente bien como cierre de la escapada porque enmarca dos de las grandes identidades del norte gallego: el interior húmedo de sus bosques y cascadas, y la cultura atlántica vinculada al mar.
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