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Pablo Iglesias cae en la trampa de la derecha con una consulta sobre su persona

Los votantes de Podemos se ven obligados a firmar la hipoteca para que Iglesias y Montero continúen liderando el partido

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Una consulta sobre la futura casa de Iglesias y Montero.

Una consulta sobre la futura casa de Iglesias y Montero.

Dice un lugar común muy extendido en política que cuando estás en un agujero, es mejor dejar de cavar. Y cuando no mire nadie y la gente esté a otra cosa, coger impulso, salir de allí y decir: ¿agujero, qué agujero? Pablo Iglesias e Irene Montero han decidido meter una excavadora en él y empezar a sacar tierra con la pala. No sabemos lo que van a encontrar debajo, pero no creo que sea un tesoro.

Los dos principales dirigentes de Podemos, que resultan ser pareja, han anunciado que convocarán una consulta entre los inscritos del partido. Si no aprueban la compra de su casa en el campo por 600.000 euros –sin chalé, no habría consulta–, abandonarán la dirección de Podemos y el Congreso. Cada uno podrá tener su opinión, pero ya saben el precio de mostrar el rechazo a esa adquisición. Se quedan sin el número uno y el número dos del partido.

Los inscritos de Podemos tendrán que firmar en la línea de puntos de los documentos de la hipoteca. Al menos, no les exigirán que desembolsen dinero.

Lo que antes se definió como un asalto a la intimidad de una pareja o una campaña de manipulación ahora resulta ser motivo para una consulta entre las decenas de miles de inscritos en la plataforma digital de Podemos. Es decir, pasa a ser algo muy público ante lo que todos sus militantes deben votar y todos sus votantes deberían tener una opinión formada. Es en definitiva un asunto legítimo de debate político, porque los líderes de Podemos así lo han decidido.

La política se debate siempre entre el ser y el hacer. Ser alguien con determinados valores y principios y hacer lo que necesita el país a través de propuestas concretas para solucionar sus problemas y aplicarlas si se llega al poder. Ambas nutren la credibilidad de un político. En el mejor de los casos, son la materia prima de eso que se llama carisma. 

Al ser un partido nuevo, obviamente sin experiencia de gobierno, Podemos incidió de forma explosiva en el ser. Ellos venían a limpiar la política y a dar ejemplo. Limitación de mandatos, limitación de sueldos, votación de las listas por las bases... Una y otra vez, Iglesias destacó que ellos podían solucionar los problemas de la gente, porque vivían como la mayoría de los votantes. 

Como se vio pronto, era una idea ganadora o lo parecía. La vieja política había dado sobradas muestras de no ser consciente del deterioro del sistema político y económico, que había empezado mucho antes de la existencia de Podemos. Vivían en sus despachos y escaños, y de vez en cuando la realidad les estallaba en la cara, como le ocurrió a Zapatero a partir de 2010.

Los rivales de Podemos fueron muy conscientes de esa ventaja y se aplicaron a fondo para anularla. Misteriosas financiaciones extranjeras desmentidas por el Tribunal Supremo. La amenaza del populismo. Hasta cuando los primeros diputados del partido llegaron al Congreso la prensa de Madrid  los describió como unos bárbaros que venían a montar un circo y a faltar el respeto a las instituciones.

No era cierto, pero en cualquier caso eso no era lo que más preocupaba a los votantes de Podemos. Cuanto más ruido se oyera, mejor, podían pensar. Cuanto más miedo te tienen en política, más te atacan.

El dinero corrompe la política de muchas formas, y ante eso Podemos adoptó una visión moralista. Con ello, venían a confirmar sin quererlo el viejo prejuicio de la derecha según el cual los de izquierdas tienen que ser pobres, y si no lo son, hay que desconfiar de ellos. Es un reflejo del viejo concepto aristocrático por el que sólo la gente de alta cuna, aunque no tuviera estudios destacados, tenía derecho a empuñar las riendas del país o simplemente a tener un cargo en la Administración.

Ese moralismo, que siempre va a tener mucha tracción en un país católico, fue también una forma de enmascarar las diferencias ideológicas internas con ataques personales, antes a los errejonistas y luego al propio Iglesias, incluso antes de la compra de la casa. En la pelea interna de los partidos, acusar al otro de haberse vendido es un recurso muy extendido.

La coherencia es un activo importante en política, pero está sobrevalorado. Los políticos que nunca cambian de opinión son con frecuencia los más peligrosos.

La credibilidad y el carisma son factores esenciales en el mundo actual, pero da la impresión de que nos iría mejor si elegimos a los políticos no por creer que son mejores personas, sino por tener las mejores ideas. Eso se pierde cuando la política se convierte en una lucha en la que la principal arma es la moralidad. Y en ese campo una hipoteca parece haberse convertido en un crimen nefando. 

La compra de una casa, que por otro lado se puede financiar con los sueldos de los dos compradores, podía ser un factor que desgastara la imagen de Iglesias, pero no nos engañemos. Los problemas que acucian a Podemos proceden de cosas más importantes.

La discusión hubiera ido desapareciendo, por ejemplo si los líderes del partido hubieran dicho que el problema de la vivienda tiene que ver no con la residencia de la familia Iglesias-Montero, sino con  el precio de los alquileres en muchas ciudades, la falta de vivienda pública y  la entrada invasiva de los fondos buitre en el mercado español. 

Pero Iglesias ha decidido convertirlo en un referéndum personal (sobre él y su pareja y portavoz parlamentaria). Ha caído en la trampa de la derecha y alimentado una bola que rodará durante días y días en los medios de comunicación. 

Una estrategia que consigue que se hable de Iglesias y no de los fondos buitre no es muy inteligente. 

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