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Maldito veroño

Con casi toda certeza, los otoños van a ser cada vez más cálidos y más secos, y por lo tanto menos favorables para la reproducción de los hongos tradicionales: esos insólitos seres vivos de los que fructifican las setas

Los que añoramos aquellas otoñadas de chubasquero y botas de agua, descorriendo el vaho en las ventanas para ver si ha dejado de llover y salir con la cesta, vivimos este nuevo tiempo con una gran nostalgia

El autor buscando setas en un bosque de los Pirineos

El autor buscando setas en un bosque de los Pirineos JOSÉ LUIS GALLEGO

La crisis climática se está manifestando también en la pérdida de esas pequeñas cosas que nos han unido desde siempre a la naturaleza. Como la de ir a buscar setas.

Escribo estas líneas recién llegado del bosque, con la cesta vacía y el ánimo afligido. Un paseo perturbador en esta nueva otoñada fallida, como las anteriores, trasfiguradas en eso que algunos llaman ocurrentemente 'veroño', aunque a decir verdad maldita sea la gracia.

El bosque del que les hablo es un frondoso y húmedo pinar del Prepirineo catalán, al que suelo acudir cada año por estas fechas para recolectar nízcalos y rebozuelos: Siempre desde el máximo respeto al entorno, sin afán acaparador, disfrutando en la naturaleza y marchándome sin dejar rastro.

Lo normal cuando uno iba a buscar setas por estas fechas era salir abrigado, empaparse las ropas, calarse las botas y pasar algo de frío. Pero esta mañana de mediados de octubre he pasado mucho calor, el suelo del bosque crujía al caminar, el ambiente estaba reseco, el musgo amarillento, el matorral marchito, las lagartijas seguían al sol y no había una sola seta. Como en años anteriores.

Ocurre que, así como los cambios de comportamiento en determinadas especies actúan como semáforos del calentamiento global (lo que los científicos denominan bioindicadores), también existen indicadores emocionales del cambio climático, y éste de ir por setas y volver de balde un año tras otro es de los más punzantes.

Podría recurrir de nuevo a los datos, como los que recoge el último informe de los expertos sobre el destacado aumento de la temperatura media en el Mediterráneo y en el que nos alertan del notable aumento de los fenómenos meteorológicos adversos a los que nos vamos a ver expuestos.

Pero hoy prefiero dejar a un lado los datos e intentar llamar su atención desde las emociones. Y es que no hay setas porque el otoño tarda cada vez más en llegar y es cada año más breve.

Los que añoramos aquellas otoñadas de chubasquero y botas de agua, descorriendo el vaho en las ventanas para ver si ha dejado de llover y salir con la cesta, vivimos este nuevo tiempo con una gran nostalgia. El maldito veroño viene a confirmarnos que el cambio climático nos está cambiando la vida hasta en los detalles más pequeños.

A pesar de ser tantas las consecuencias negativas de la crisis climática, tantos los daños que está causando -y de los aquí venimos dando crónica- existen pérdidas vinculadas a los recuerdos, pérdidas sentimentales, que nos llevan a la desesperanza. Como lo de las setas.

Saber que muy probablemente no saldré a pasear en otoño con mi nieto al mismo bosque donde mi padre me enseñó -y yo enseñé a mi hijo- a cogerlas. Porque con casi toda certeza, los otoños van a ser cada vez más cálidos y más secos, y por lo tanto menos favorables para la reproducción de los hongos tradicionales: esos insólitos seres vivos, a mitad de camino entre el reino animal y el vegetal, de los que fructifican las setas.

Los micólogos dicen que vendrán otros (en buena parte especies invasoras) que lograrán adaptarse al calor y al estrés hídrico. Pero ya no será lo mismo. Ya no nos ofrecerán esa íntima y maravillosa recompensa de ver levantada la hojarasca, acariciarla con la punta del bastón y descubrir el fogonazo anaranjado de la oronja, el amarillear del rebozuelo, la rosada textura del nízcalo o el imponente tapón del boleto. Todo eso es lo que nos está afanando el cambio climático a quienes amamos el bosque y las setas. Maldito veroño.

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