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El PP y el bumerán

En España no es que no haya habido una revolución triunfante jamás, es que las reformas han sido siempre de vuelo corto, gallináceas hasta para los gustos menos exigentes. Más allá de los méritos que se le puedan atribuir a la Santísima Transición -que los tuvo- es claro que fue planeada para que el cambio político no perturbase los intereses de las élites ni tampoco los de sus acólitos más menesterosos. La Ley de Amnistía fue concebida, sobre todo, para exonerar al régimen de sus pecados. Un ejemplo: Utrera Molina, ex-Secretario General del Movimiento, y suegro de Ruiz Gallardón, ahora reclamado por la justicia argentina, siguió tan campante con sus reflexiones falangistas y joseantonianas en La Razón Española, la revista de los inasequibles al desaliento. Fue una ley precavida nacida de un empate en la relación de fuerzas, que es lo que marcó el momento. Los franquistas sabían que la dictadura no podía perdurar, los demócratas que no tenían fuerza para imponer la ruptura. En esa equipotencia se resume el período.

Lo que se da en llamar la cultura de la Transición derivó de la imposibilidad en España de establecer un relato compartido. No sólo por el pluralismo nacional, que lo dificulta, sino porque el nuevo régimen sólo podía poner entre paréntesis un pasado, que no era, ni podía ser, común. España no es Francia, ni Alemania o Italia: aquí la guerra la ganaron los malos. Y no hubo ruptura posterior, como en Portugal. Ortega decidió que entre Cataluña y España lo que se imponía era la conllevancia: lo mismo valdría para España misma y su circunstancia. La Transición sólo podía ser posible si se ponía en sordina la tradición democrática y republicana y se pasaba con guante de seda por la oscura historia de la represión que, según algunas voces, parecería que no fue más allá del cachete cariñoso al niño que desobedece e importuna. Cuando nos despertamos, los franquistas seguían ahí. Así que hubo que marear la perdiz.

Lo que valió para tejer el relato desde entonces fue la puesta al día de los items del liberalismo español que arranca del siglo XIX, incluidos los más nacionalistas. “El Maestro en el erial”, el libro de Gregorio Morán sobre Ortega da algunas pistas sobre el particular. El aluvión de Modestos Lafuente fue impresionante, aunque de cuando en cuando asomase la nariz algún Menéndez y Pelayo. España por fin había ingresado en Europa, en la Modernidad, el Progreso y etcétera y, por tanto, había roto con su excepcionalidad y sus fantasmas, como declararon los historiadores más conspicuos. La Leyenda  Negra se desvanecía, mientras España iba como una moto. La explosión de narcisismo colectivo en los años ochenta y noventa fue fenomenal. Se está hundiendo ahora ante nuestras narices.

Por cierto, no fue la izquierda la que levantó la perdiz. No fue la Ley de Memoria Histórica el comienzo de la revisión del pasado. En esto, como en lo de Cataluña, si la memoria no me falla, y si no he estado todo el tiempo en Babia, fue Aznar el impulsor. Fraga nunca renegó del franquismo -puedo atestiguarlo en primera persona- pero tampoco tuvo la necesidad de reivindicarlo imperiosamente. Fue José María Aznar, un derechista de nueva hornada, al que por cierto detestaba el antiguo ministro de Franco, el que sintió la necesidad de salir del armario y darle una forma aceptable, no avergonzada, a los tópicos del franquismo. Había que hacer una derecha orgullosa y sin complejos. Lo consiguió. La retórica neocon anglosajona rindió grandes servicios a la causa. La derecha descubrió que aliñando el liberalismo con cualquier cosa se podía servir una ensalada digerible para grandes públicos. Pio Moa, Jiménez Losantos, Cesar Vidal et altri compusieron el retablo de publicistas a la ofensiva, atrincherados en la Cope de Rouco Varela, el presumible ideólogo de la contrarreforma.

La línea del poder no sufrió, pues, más que un corte mínimo. La técnica, en general, consistió en cooptar a nueva gente, que se sintió encantada de poder compartir mesa y mantel con los de siempre. Las élites extractivas -ese grupo de gente chupando de la sopa boba- hunden sus raíces en esa continuidad jamás puesta en cuestión. El mismo hilo conductor puede aclarar, aunque sólo sea un poquito, la extensión de la corrupción, la naturalidad con que se practicó. Visto lo visto ¿para qué iba nadie indagar nada?. Podemos, considerado con perspectiva, podría ser expresión de una demanda regeneracionista, como hace más de un siglo. Si algo ha de asustar a las élites no es su radicalismo, ni el de sus posibles coaligados, sino su reformismo sin miedos ni ataduras. Un azañismo 3.0. Si sus resultados son buenos y su relato de España cunde forzará, junto con la situación catalana, que ha sido conducida con enorme ceguera, una nueva transición que ha de plasmarse en una nueva Constitución que modifique el edificio o, lo que no es probable, lo levante de nuevo.

Es difícil que el PP pueda sustraerse a esa discusión, aunque ello pueda costarle una escisión a su derecha si entra en ella..o hacia el centro si se limita a confrontar con todo y con todos. En estos días la neurosis de Podemos hace que la gente hable mucho de la horrible disyuntiva que el PSOE puede afrontar si tiene que escoger entre la Gran Coalición con el PP y un gobierno reformador con Podemos, pero también el PP se verá obligado a estar en cruces de caminos que preferiría evitar. Si escoge el camino del muro, del decir que no a todo y atrincherarse, someterá a España a una tensión insoportable y también a lo que quede de sus electores. Le puede pasar cualquier cosa.

En las dos últimas décadas el PP ha puesto en práctica una política neocon con buenos resultados: ha dado la batalla de las ideas, ha llevado a su terreno a sus competidores, ha buscado la polarización y ha conseguido galvanizar ciertos segmentos de opinión con especial presencia en Madrid, Valencia y Galicia. Es verdad que esa polarización le dio éxito electoral y, más importante aún, significó el retorno del conservadurismo basal a la sociedad española. Sin embargo, funcionó como un efecto boomerang en Euskadi en 2001 y en Cataluña y en toda España en las elecciones que llevaron al poder a Maragall en 2003 y a Zapatero en 2004. En las actuales condiciones de empobrecimiento general, de estrechamiento del perímetro de las clases medias, de descrédito por la extrema corrupción, mantener el radicalismo aznariano puede llevar a la derecha a reducir sus márgenes, o a la escisión. Tendrán que pararse a pensar sobre ello.

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