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Pablo Casado avanza hacia su propio desastre

No es creíble que el PP diga ahora que vamos hacia Venezuela o hacia la recesión cuando hace cinco meses, con ellos al mando, las cosas estaban exactamente igual y un día tras otro sus portavoces pregonaban que aquel era un mundo feliz

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Pablo Casado

Pablo Casado

Veremos si los sondeos lo confirman. Pero la impresión de no pocos observadores es que el experimento Pablo Casado no está funcionando. Que el personaje tiene muy poco contenido y que su liderazgo es puramente de fachada. Cada día sus asesores ponen en su boca nuevos slogans, nuevas banderas que él enarbola disciplinadamente sin trasmitir nunca una convicción profunda en lo que dice. Entre otras cosas porque no tiene tiempo de asimilarlos pues al día siguiente tiene que decir otra cosa. Una dinámica construida sobre bases tan débiles va a tener inevitablemente poco recorrido. El PP vuelve a tener un serio problema.

A Casado le han construido un discurso muy poco original. Porque repite, casi sin puesta al día alguna, los que sus predecesores entonaron en otros momentos del pasado. Y más concretamente el del acoso a Felipe González por parte de José María Aznar y el José Luis Rodríguez Zapatero a cargo de Mariano Rajoy. El del “váyase señor González” y el de “con usted España va al desastre”.

Prácticamente con las mismas palabras. Y sin venir mucho a cuento. Simplemente porque no tienen otros recursos. Pero esa táctica no va a funcionar. Porque las circunstancias políticas son muy distintas de las que se verificaban en esos precedentes. Felipe González llevaba catorce años en el poder, lo ejercía como si fuera suyo por principio, y eso, aparte de los escándalos y de su enfrentamiento con unos sindicatos que entonces eran fuertes, habían hartado a no pocos de los españoles que le votaban. Pero Pedro Sánchez no lleva ni cinco meses en el gobierno, no ha hecho nada ignominioso y, en general, la gente que no milita está más bien a ver qué hace, sin animadversiones particulares contra él.

Y cuando se le lanzaron al cuello, tras ser derrotados dos veces en las urnas por él, Zapatero estaba demostrando demasiado a las claras que no estaba a la altura de la formidable crisis económica y social que asolaba a España. Su gobierno era una tortura. Para todos y también para él. Hasta el punto de que muchos meses antes de las elecciones anunció que se quitaba de en medio, que no volvería a presentarse. Hoy, en cambio, las cosas están relativamente tranquilas, no hay cataclismo económico alguno en el horizonte y si hay una urgencia económica y social es la de reparar el daño sufrido por los que más han pagado por la crisis.

Esos muchos millones de españoles no pueden entender los mensajes catastrofistas de Pablo Casado. Les tienen que sonar a trampa. Y a buena parte de los que están mejor que ellos también. Y con más motivos. No es creíble que el PP diga ahora que vamos hacia Venezuela o hacia la recesión cuando hace cinco meses, con ellos al mando, las cosas estaban exactamente igual y un día tras otro sus portavoces pregonaban que aquel era un mundo feliz.

Entonces, ¿por qué lo dicen? Sobre todo porque el Partido Popular está mucho peor de lo que habitualmente se comenta y porque en esas condiciones la fuga hacia delante sin mayores contemplaciones es una solución técnica. Mientras dure, que puede que no sea mucho.

Casado y los suyos hablan de la moción de censura como si fuera una afrenta que se hubiera sacado de la manga el PSOE. Olvidando que el gobierno de Mariano Rajoy había llegado al punto de lo imposible, por la corrupción y porque buena parte de los españoles, seguramente una mayoría muy amplia, ya no le aguantaban. Incluidos no pocos exponentes del poder económico e institucional que empezaban a temer por sus intereses si esa situación se prolongaba. También en este ámbito hay que buscar algunas de las razones del éxito de la moción de censura.

Casado y sus asesores no pueden permitir que se hable de eso, que se coloque de nuevo al PP frente a sus miserias y carencias. Tienen que taparlo como sea. Por eso llenan los telediarios de ocurrencias que casi siempre son despropósitos. Porque no tienen otra cosa. En la misma dirección presiona la necesidad de ocultar el desgarro interno que ha supuesto el triunfo de Casado en el Congreso, la defenestración de las dos personas que controlaban el partido de Rajoy, Cospedal y Saénz de Santamaría, y los miles de cuadros nombrados por ellas que se han quedado sin empleo.

Está claro que esa táctica tiene muy poco recorrido. Seguramente el inicio de la campaña andaluza acabará con la misma o la dejará en muy poca cosa. Porque lo que ahí se jugará será la primacía en la derecha con Ciudadanos. Una pugna que es el principal reto que tiene el PP y que Casado soslaya, seguramente porque no se siente muy firme en ese terreno, para solaz de un Albert Rivera que empieza a manejarse después de haber estado unos meses en fuera de juego.

De la improvisación y la falta de solidez de la actual estrategia del PP habla muy claramente la suerte que ha corrido José María Aznar. Casado contó con él para ganar el congreso. Y luego lo colocó en el pedestal de referente supremo del partido, al que él y los suyos reverenciaron sin rubor. Pero ahora Aznar ha desaparecido. ¿Por qué quería ocupar demasiado espacio y eso no les convenía o porque alguien les ha convencido de que la imagen del ex-presidente está demasiado deteriorada para ayudar a recuperar espacio político, a batir a Ciudadanos incluso en el terreno de la derecha más clásica?

O Casado cambia de discurso e impone una táctica en la que él sea algo más que el transmisor de los mensajes que le fabrica su gabinete o su futuro está seriamente comprometido. Y no sólo porque en Andalucía puede llevarse un batacazo –que no está dicho, porque en esa región el PP no es pequeña cosa o, al menos no lo era- sino, sobre todo, porque su estrategia de acoso y derribo de Pedro Sánchez no tiene viso alguno de que vaya a dar resultado. Porque los problemas del líder del PSOE están en otro ámbito, sobre todo en Cataluña, y él al PP ya lo batió el 1 de junio.

Volviendo del congreso del PP, Javier Arenas dijo –y Pepe Oneto le oyó– que Casado podía correr la misma suerte que Hernández Mancha, que aguantó en el cargo solo dos años. Y entonces se comentó que Núñez Feijoo esperaba tranquilo su oportunidad, que si había renunciado a presentarse en 2018 era porque creía que lo tendría mejor tras de que otro, Casado, corriera con el peso de la transición. La hipótesis de que eso se verifique en un inmediato futuro sigue abierta.

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