¿Se está normalizando a Vox?
Alfonso Fernández Mañueco ha asumido la prioridad nacional en su toma de posesión de la presidencia de Castilla y León. Pero lo más inquietante ha venido después en su discurso. Cuando ha pedido “evitar demagogias interesadas sobre algo tan fácil de entender”. Sin duda la ideología de Mañueco no choca con la idea de que los españoles han de tener prioridad sobre los emigrantes a la hora de obtener un servicio del estado. Aunque eso sea una aberración respecto de cualquier principio democrático y humanístico, como el que ha reivindicado el Papa. Lo malo es que el presidente castellano-leonés no está solo. Ese es el drama de España en estos momentos.
Porque un par de días antes de ese discurso, el vilipendiado CIS publicaba los resultados de un sondeo, según el cual el 44,6 por ciento de los españoles están de acuerdo con esa idea de la “prioridad nacional” que Vox ha convertido en su principal lema y que el partido de Santiago Abascal va imponiendo como condición irrenunciable para formar gobierno con el PP en aquellas comunidades autónomas en las que éste necesita de sus votos para acceder al gobierno.
El porcentaje, bastante impresionante, y lo que significa, vienen a contradecir la idea, bastante extendida hasta hace poco, de que en España los sentimientos contra la emigración y los emigrantes era un fenómeno minoritario que tenía poco que ver con lo que ocurría en países de nuestro entorno como Francia, Alemania, Reino Unido o Italia. Los recelos hacia los emigrantes y el apoyo a quienes querrían recortar sus derechos ciudadanos son aquí casi tan fuertes como en buena parte del resto de Europa. Sólo que la táctica política de los partidos que están cerca de esos planteamientos -desde luego Vox, pero también, aunque con menor intensidad, el PP- les ha aconsejado no exponerlos con claridad meridiana hasta hace muy poco.
Ahora la contención se ha roto. La ha roto Vox y le ha seguido, sin alharacas, pero con pasos incontrovertibles, el PP. Y la “prioridad nacional” figura en los programas de gobierno de Castilla-La Mancha, de Extremadura y de Aragón, está entrando en el de la Comunidad Valenciana, en breve sabremos como se acomoda en el de Andalucía, al tiempo que en las tres primeras autonomías a Vox le ha tocado la gestión de la suerte de los menores emigrantes no acompañados, un problema sobre el que la ultraderecha ha expresado en el pasado las ideas más primitivas pero también brutales.
El motivo de este cambio hay que buscarlo en los datos de la encuesta del CIS. La ultraderecha ha comprendido que su postura es compartida por buena parte de la opinión pública. Seguramente lo sabía dese hace tiempo y quienes se engañaban eran quienes no querían verlo. Porque, como dice Mañueco, lo de que se mire con recelo o animadversión -que ya veremos sin un día llega a odio- a los emigrantes “es algo muy fácil de entender”. Porque está muy dentro y desde siempre en las personas reaccionarias como el presidente castellano-leonés.
Y quien sabe si de toda la derecha. Es en efecto muy difícil de valorar qué impacto han tenido las denuncias de actitudes y comportamientos xenófobos que el Papa ha hecho estos días en España y que indudablemente tenían como principal destinatario a esa parte del mundo católico, vaya usted a saber si mayoritaria o no, que no mira precisamente con simpatía a los emigrantes.
Las cosas tienen que decantarse aún para tener una visión de conjunto del asunto. Pero antes de eso surge una pregunta: esa conexión de una parte significativa de la opinión pública con los planteamientos de Vox en materia de emigración, ¿podría extenderse a una aceptación en la práctica, aunque sea a la distancia, del protagonismo relativo de Vox en la escena política? Dicho de otra manera: ¿se está normalizando a Vox, se empieza a considerarlo un partido político más, como ha ocurrido en otros países europeos?
Quienes estén contribuyendo a ello, y el PP figuraría en cabeza de ese empeño, puede que un día se arrepientan mucho de lo que ahora están haciendo. Porque la capacidad destructiva de cualquier forma de convivencia democrática, de paz política, que tienen las huestes de Santiago Abascal, herederas del fascismo más brutal, el de antes y el de ahora, no tiene límites. Porque si Vox adquiere un protagonismo en la conducción de los asuntos públicos, y todo indica que puede hacerlo, la democracia estará en peligro.
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