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El nuevo reaccionario

Antes, la proporcionalidad de la representación política era un valor que se reclamaba para amparar los derechos y las aspiraciones de las minorías. Ahora, eso es viejo y reaccionario

Hay mucha lógica reaccionaria en esta épica de lo nuevo contra lo viejo que últimamente sirve para vender casi de todo

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Vivimos tiempos extraños, señoría. Va a resultar que la nueva política es no estar de acuerdo en nada, ponerse vetos mutuos y excluyentes haciendo posible que siga gobernando la derecha, acusarse mutuamente de cuñadismo, chavismo o populismo pero ponerse de acuerdo para reformar la ley electoral, como acaban de hacer Podemos y Ciudadanos.

Acordar, comprometerse y transigir para arreglar los problemas de los demás desalojando al gobierno de Mariano Rajoy y sus políticas austericidas era cruzar líneas rojas marcadas por su coherencia y sus principios. Ponerse de acuerdo para arreglar sus problemas y quejas respecto al reparto de escaños es un mandato inexcusable de regeneración democrática; además de ser la cuestión que, sin duda, más acucia a los desempleados, al precariado, a los enfermos que esperan en una lista o a las mujeres que cobran menos que sus colegas masculinos.

Antes a muchos nos parecía una buena idea, incluso cuestión de justicia, que los ciudadanos que eligen o no les queda más remedio que vivir en las zonas del territorio más despobladas, alejadas o incluso desprovistas de servicios básicos como la sanidad, la educación o las comunicaciones tuvieran al menos la compensación de una representación política que reforzase el peso de su voz y sus demandas. Ahora eso es viejo y reaccionario porque lo nuevo y democrático es reclamar que su voto pese lo mismo que el de aquellos que vivimos en las áreas más pobladas y mejor dotadas de servicios y oportunidades.

Antes, la proporcionalidad de la representación política era un valor que se reclamaba para amparar los derechos y las aspiraciones de las minorías. Ahora eso es viejo y reaccionario porque lo nuevo y democrático consiste en promover que se use para servir mejor a la conveniencia de la mayoría.

Antes, lo más democrático consistía en asumir que todos somos ciudadanos libres con igual capacidad para decidir informada y racionalmente nuestro voto. Ahora lo nuevo y más democrático pasa por abrazar este despotismo ilustrado 2.0 según el cual, si vives en el rural o en provincias y eres viejo, tu voto es cautivo; mientras que si vives en una gran ciudad y eres joven, tu voto es puro y mejor.

Hay mucha lógica reaccionaria en esta épica de lo nuevo contra lo viejo que últimamente sirve para vender casi de todo. Es este nuevo pensamiento reaccionario que, sin más base argumental o empírica que los prejuicios y la ideología neoliberal, alimenta también el discurso sobre el supuesto conflicto intergeneracional entre los viejos dispuestos a quemar el empleo y las oportunidades de los jóvenes sólo para asegurarse su pensión. Como si no hubieran sido esos mismos viejos quienes pagaron con su trabajo y sus impuestos los estudios y las oportunidades de esas generaciones mejor formadas de nuestra historia que ahora les acusan de cerrarles el paso. Como si no hubieran sido precisamente los más mayores quienes más han pagado y sufrido las consecuencias de los recortes en sanidad o en dependencia.

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