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Mi padre, un esbozo

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Revolución de Octubre de Asturias, de 1934

Revolución de Octubre de Asturias, de 1934

Mi padre nació en Oviedo en 1927. Cuando era niño, salía a pintar al campo con mi abuelo. Viendo sus cuadros de adolescente, es evidente que pudo haber sido pintor, pero eligió la arquitectura. Tenía una sólida formación humanística, y escribía muy bien, algo que demostró al final de su vida, con unas poéticas páginas, Memorias del olvido, en las que reflejaba sentimientos y situaciones que, desde la Revolución de Octubre de Asturias, de 1934, le habían marcado.

Él y mi madre fueron formando, desde jóvenes y ya siendo un matrimonio, una excelente biblioteca, con autores como Graham Greene, Hamsun, Camus, Updike, Borges, Vargas Llosa, Faulkner, Erskine Caldwell, y un largo etcétera, en la que los chillones lomos de algunos best sellers despistados destacaban como cotorras en la Casa de Campo.

De niños nos regalaban libros a menudo (santos, cumpleaños, Reyes), y como éramos muchos hermanos, eso se traducía en que nunca nos faltaban las lecturas, muy variadas y que incluían abundantes cómics (Tintín, en primer lugar, pero también Asterix, Espiru y Fantasio, Lucky Luke, Mortadelo y Filemón, etc). Entre mis colecciones preferidas de la infancia estaba Moby Dick (Biblioteca de Bolsillo Junior), de la barcelonesa La Gaya Ciencia, maravillosa por precio, diseño y catálogo. Allí conocí títulos como, por citar algunos, El jinete del caballo blanco, de Theodor Storm, Cuentos de Nueva York, de O´Henry, Corazón débil, de Dostoievski, Cuentos de misterio, de Poe, Michael Kohlhaas, de Heinrich von Kleist, o Historia de un caballo, de Tolstoi. Estas Navidades saqué uno de la estantería, Till Eulenspiegel (el espejo y el búho), para releerlo buscando mi infancia. Creía haber leído esos libros con nueve o diez años, pero descubrí en la primera página, escritas con bolígrafo rojo, mi firma y estas palabras: Regalo por mi 13º cumpleaños de papá y mamá.

Nunca me lo dijo directamente, pero por cómo me presentó alguna vez a alguna de sus amistades, yo sabía que se sentía orgulloso de mi carrera como escritor, a la que él, sin saberlo, había contribuido poderosamente. Tampoco años antes, cuando dije que quería dedicarme a la literatura, me manifestó lo que sentía. No puso ningún reparo, pero ahora imagino que la noticia debió de preocuparle bastante. Al fin y al cabo tenía el antecedente de su hijo mayor, Pedro, genial poeta… que no ganaba un duro con su vocación. Y como no hay dos sin tres, tampoco levantó la voz cuando el pequeño, Nicolás, anunció que también quería ser escritor. A lo mejor pensó que parte de la culpa era suya.

Leía mis novelas antes de ser publicadas, pero nunca hizo propuestas de enmiendas profundas. Se limitaba, con su inseparable portaminas de arquitecto, a hacer pequeñas correcciones estilísticas.

Mantuvimos siempre una relación muy cariñosa, aunque con la distancia que había entre padres e hijos propia de la época, muy diferente de la cercanía actual, y que con los años se fue haciendo más cómplice. Recuerdo haber jugado con él al fútbol, al tenis, al ajedrez y al Scrabble. También, que cuando éramos muy pequeños le gustaba sentarnos en sus rodillas y hacer eso del caballo que va primero al paso, luego al trote y por último al galope. De esos años tan lejanos recuerdo igualmente que disfrutaba haciéndonos cosquillas en las piernas.

Era muy austero, quizá porque tenía ocho bocas que mantener. Siempre tuvo un enorme interés por lo que hacían los demás, independientemente de su edad (nunca pensó que los jóvenes fueran idiotas, ni que ya lo había visto y oído todo, ni que el mundo fuera a peor) y de la disciplina (cine, arte, teatro, literatura y, por supuesto, arquitectura). Ese infrecuente rasgo de su carácter, relacionado con su modestia y generosidad, lo conservó hasta el final, lo que lo hace más admirable aún. Tenía mucho sentido del humor y una visión ética del trabajo, del gusto por lo bien hecho. Las cosas debían estar por algo, tener un sentido más allá del adorno. Supongo que, con éxito o sin él, he intentado aplicar esas enseñanzas a mi vida y a mi literatura. Me queda la de la enfermedad, si me llega: la entereza y el ánimo con los que la soportó.

Murió en 2002, y le sigo echando muchísimo de menos.



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