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La luz amenaza a las aves marinas

Anualmente miles de pollos de diversas especies de petreles y pardelas son desorientados en su camino desde las colonias donde nacieron hasta el mar por la contaminación lumínica

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 El alumbrado de nuestras ciudades permite distinguir las siluetas de los continentes sobre la superficie oscura del mar. En la foto, vista de la peninsula Ibérica desde la Estación Espacial.

El alumbrado de nuestras ciudades permite distinguir las siluetas de los continentes sobre la superficie oscura del mar. En la foto, vista de la peninsula Ibérica desde la Estación Espacial.

La comercialización de las bombillas incandescentes hacia 1880 revolucionó la vida nocturna de los humanos en las sociedades industrializadas. La luz eléctrica trajo un alargamiento de la actividad humana y con ella innumerables beneficios para la humanidad. Sin embargo, su uso extensivo también ha acarreado multitud de efectos perniciosos para la salud humana, ciertas especies de animales –no sólo nocturnas– y hasta para el funcionamiento de los ecosistemas naturales.

La contaminación lumínica se define como la alteración de los niveles naturales de luz mediante la radiación de luz artificial hacia lugares y/o durante tiempos no deseados. Este tipo de contaminación está muy extendida y es muy patente en imágenes nocturnas de la superficie terrestre tomadas desde el espacio (Foto 1). Recientemente se ha considerado como una amenaza importante para la biodiversidad a pesar de que no ha sido estudiada en detalle. Desde un punto de vista conservacionista, los casos más dañinos y espectaculares son aquellos que causan mortalidades masivas en animales. Por ejemplo la atracción de insectos hacia lámparas o la desorientación de las tortugas recién nacidas en su camino hacia el mar.

Foto: Beneharo Rodríguez

Un aspecto menos estudiado, aunque conocido desde hace bastante tiempo, es la desorientación de las aves marinas nocturnas por la contaminación lumínica. Anualmente miles de pollos de diversas especies de petreles y pardelas son desorientados en su camino desde las colonias donde nacieron hasta el mar. Aunque no se sabe con certeza, parece que el deslumbramiento hace que choquen contra edificios y otras estructuras. Si sobreviven al impacto, pueden quedar gravemente heridas o simplemente a merced de otras fuentes de mortalidad como por ejemplo atropellos, predación por predadores introducidos o trampas de las que no pueden salir (por ejemplo alcantarillas).

En Tenerife, islas Canarias, alrededor de 1.500 pollos de Pardela Cenicienta son recogidos en apenas 20 días gracias a campañas de colaboración entre la ciudadanía, diversas ONGs y el gobierno regional. Otras especies afectadas en el mundo son el ave marina más amenazada de Europa, la Pardela Balear (endémica de Baleares), la Pardela de Newell en Hawai (críticamente amenazada), la Pardela de Tasmania en el Sur de Australia o el Petrel de Barau en la Isla de La Reunión –Océano Índico. Se estima que cerca del 50 por ciento de las especies de petreles y pardelas con hábitos de cría nocturnos son afectadas por este tipo de mortalidad. Además, no sólo afecta a las aves en las costas de nuestras islas, sin que también se ha detectado episodios en barcos de pesquerías y en plataformas petrolíferas.

Y ¿cómo podemos reducir el riesgo de deslumbrar a las pardelas en su camino hacia el mar? Lo ideal sería apagar las luces. Este tipo de acciones tendría consecuencias positivas en la factura energética, en otras especies afectadas por la contaminación lumínica (como murciélagos, polillas e incluso el ser humano) o en la recuperación de un patrimonio natural, el cielo nocturno. Actualmente, más de dos tercios de la población humana vive bajo un cielo contaminado lumínicamente. Esto quiere decir que la mayoría de niños no ha visto la vía láctea, la galaxia a la que pertenecen, o apreciado los cambios en brillo del cielo nocturno como consecuencia de los ciclos lunares.  

Por motivos de seguridad y quizás también educativos, un apagón del alumbrado exterior parece imposible en archipiélagos turísticos como el de Canarias o Baleares. Alternativamente, se ha intentado apantallar las luminarias para reducir la proyección de luz hacia el cielo. Esta acción permite reducir el número de ejemplares accidentados, pero no acaba totalmente con el problema dado que cierta cantidad de luz se refleja sobre las superficies iluminadas.

Otra forma de reducir la mortalidad es llevando a cabo campañas de sensibilización acerca del problema y organizando programas de rescate en el que se pide a los ciudadanos su colaboración para informar y rescatar los pollos encontrados deslumbrados. Los voluntarios deben llevar a las aves a puntos de recogida (ayuntamientos, comisarías de policías locales o guardia civil, parque de bomberos, etc.), donde serán recogidos y evaluados por personal capacitado para su liberación. Así, se consigue dar a estos pollos deslumbrados una segunda oportunidad para alcanzar el mar.

Desafortunadamente no todos lo consiguen y alrededor del 10% de los pollos están muertos en el momento del hallazgo o muere durante el rescate y la liberación. Además, se estima que los números de ejemplares rescatados en dichos programas son infravalorados dado que el público no informa o recoge los pollos muertos. Los números podrían ser el doble de los que se documentan en campañas en las que interviene el público general. Siguiendo con el ejemplo de Tenerife, y con este factor de corrección, el número de pollos encandilados podría estar en torno a los 3.000 en una sola temporada de cría.

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