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ARAGÓN

El problema español

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Se está hablando sin cesar del problema catalán para referirse al actual conflicto político entre el Estado Español y la Comunidad Autonoma Catalana, cuando en mi opinión se debería hablar del problema español. Y es que exactamente en la misma situación estaríamos, si en lugar de ser la mitad del pueblo catalán la que pide un Estado independiente, fuera la mitad del pueblo vasco o del gallego. El común denominador es pues el Reino de España, no el pueblo catalán, vasco o gallego. En Canadá o en Reino Unido tampoco se llegó a la misma situación que tenemos aquí. Se pactó. Y con mucha probabilidad, si algún otro Estado europeo tuviera una parte de su territorio con la mitad de su población pidiendo la secesión la respuesta no sería la misma que está siendo aquí

El problema es por tanto el concepto que buena parte de los españoles tiene del Reino de España, de la unidad nacional, el problema es el nacionalismo español. Es el nacionalismo español el que tiene a España como un pueblo forjado durante siglos en el crisol de la historia, y por tanto algo que está por encima de la voluntad popular, algo que no se puede debatir ni negociar, pues está grabado a fuego en el libro de la Historia.

Creo que este es el tema fundacional de este conflicto, el que está impidiendo que se pueda solucionar, el que está detrás verdaderamente de la tajante respuesta del Estado Español de que un posible referéndum pactado es imposible. Claro que antes cronológicamente viene el deseo de parte de la población catalana de independizarse, pero ese deseo, correctamente gestionado, no debería provocar un conflicto violento.

Es inocente pensar que tengan en el respeto a la legalidad uno de sus principios irrenunciables, partidos políticos que han modificado la Constitución con “nocturnidad y alevosía” para un tema tan poco baladí como darle prioridad absoluta al pago de la deuda pública sobre cualquier otra partida presupuestaria (incluida la de gasto social), que han destrozado los discos duros de su sede para torpedear la acción de la justicia, o que se han financiado ilegalmente para concurrir a elecciones.

Estos partidos manejan la legalidad a su antojo, según sus intereses, y es lo que están haciendo en este conflicto, pero no es esa la causa de su cerrazón para negociar un referéndum. Esa causa es el nacionalismo español más rancio, ese anclado en lo divino y en la Historia, y que por tanto es legítimo imponer por la fuerza porque está por encima de las voluntades humanas y terrenales.

El granero de votos que, especialmente en las comunidades del interior, supone la indivisibilidad de España, ata a los autoproclamados partidos constitucionalistas, a esta posición tan férrea como irresponsable, que solo puede llevar a imponer el Estado por la fuerza y la violencia en Cataluña. Esperemos que en algún momento el PSOE interprete que su granero de votos no es el mismo que el de PP y C'S, y se pase, por interés electoral, al bando del referéndum pactado. Ésto y la esperanza de que la UE no se pueda permitir escenas de violencia en uno de sus Estados más importantes son los dos elementos a los que nos podemos acoger para albergar una salida no violenta al conflicto.

Se argumentará que es una batalla de nacionalismos, y que como no nacionalistas no debemos posicionarnos desde una perspectiva internacionalista, pero veo al menos cuatro razones de peso para legitimar desde el internacionalismo el transversal y heterogéneo movimiento social catalán.

La primera es que es un error identificar soberanismo, independentismo y nacionalismo catalán, no son conceptos equiparables, es evidente, pero creo que es necesario recordarlo porque se olvida en muchas argumentaciones. Por ejemplo, el primero parece agrupar al 80% de la población catalana, el segundo alrededor de un 50% y el tercero es más complicado de determinar, pero sin duda a una cifra mucho menor, porque tan absurdo es pensar que todos los partidarios de la independencia son nacionalistas catalanes, como que todos los que fueran a votar “no” en un supuesto referéndum fueran nacionalistas españoles.

La segunda tiene que ver con la anterior, se trata como decíamos de una movilización social compleja y heterogénea, dónde el componente de transformación social es uno más, que no ocupa ni mucho menos todo el conjunto del movimiento, pero que sí es muy importante, y en todo caso es  mucho más amplío, organizado y movilizado que en cualquier otro lugar del Estado. Desde una perspectiva de transformación social su avance o retroceso nos afectará a todas.

La tercera afecta a las posiciones dominantes en ambos lados institucionales. Aunque sin duda habrá nacionalistas catalanes que tengan un concepto de Cataluña tan poco democrático  como el ya comentado de España, y que posiblemente no aceptarían la derrota en un referéndum pactado, no parecen ser mayoría, y desde luego, no es esa la posición dominante actualmente. Hasta ahora al menos, no es el nacionalismo catalán, ni mucho menos el independentismo, el que impide que el pueblo catalán pueda decidir su futuro ni ser soberano en esta cuestión.

La cuarta se refiere a la supuesta posición equidistante que desde posiciones no nacionalistas se debe observar el conflicto. Desde una perspectiva internacionalista no debería suponer ningún problema el que los pueblos decidieran mediante referéndum si formar un Estado o permanecer en otro, al contrario, sería un importante logro, como lo sería poder decidir mediante referéndum el modelo de Jefatura de Estado, el modelo económico, los gastos sociales... Que los pueblos tengan mayor capacidad de decisión significa que sean más soberanos, más democráticos y más libres.  

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