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Anita Botwin

Periodista, ha desarrollado su carrera fundamentalmente en prensa escrita y online. También ha escrito guiones para televisión y videojuegos, después de haber realizado el master de creatividad guiones de Globomedia. Colabora con La Marea y Carnecruda.es de eldiario.es.

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Mi patria: los olvidados

Mucho se está hablando de patriotismo en los últimos tiempos. Aparecen banderas aquí y allá, trozos de tela con un significado ajeno a mí. ¿Qué simbolizan las patrias?

Como diría Federico Luppi, recién fallecido, en la película Martin Hache: “¡La patria es un invento! ¿Qué tengo que ver yo con un tucumano o con un salteño? Son tan ajenos a mí como un catalán o un portugués. Una estadística, un número sin cara. Uno se siente parte de muy poca gente; tu país son tus amigos, y eso sí se extraña, pero se pasa”.

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Los Tribunales del Infierno

Como ya adelanté en este post, iba a pasar el reconocimiento de un Tribunal Médico que decide si soy apta para el 33% de discapacidad.

La semana previa al “día de” la pasé nerviosa, con ansiedad y miedo. De todo había escuchado de esos lugares. Y no se equivocaban. Todo mi entorno me decía que fuera tranquila, que los informes médicos que aportaban dejaban bien claro mi incapacidad para trabajar con normalidad. Es así como debería ser, ¿verdad? Sin embargo...

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Reiniciar nuestras vidas

La semana próxima valoran mi grado de discapacidad. Según muchas asociaciones de enfermedades neurodegenerativas, las personas con Esclerosis Múltiple deberíamos tener reconocido el 33% una vez recibido el diagnóstico. Sin embargo, tenemos que pasar un reconocimiento que bien parece la defensa de una tesis. No sé si el resto de las personas con discapacidad que lo han pedido se sienten indefensas y nerviosas, como es en mi caso. Siento que tengo todo el derecho a recibir ese certificado, porque yo convivo conmigo todos los días –es lo que tiene–, pero sé de buena tinta que están poniendo muchas limitaciones para concederlo.

Desde las altas esferas de la política se habla de plena inclusión en el mercado laboral. Sin embargo, son muchas las personas que no pueden ni salir de su casa fruto de su situación. La carencia de ayudas a nuestro colectivo nos deja fuera de juego y nos hace doblemente víctimas: por nuestra situación y por su dejadez.

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Niños que sobran

"Qué títeres tan ridículos somos y que vulgar es el escenario en el que bailamos ".

– SuperBrother

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La valla del miedo

Estaba yo navegando por la red cuando me encontré con esta noticia en la que aseguran que una comunidad de vecinos cerca con una valla un centro de discapacidad contiguo. Según explican y cito textualmente: Trabajadores, residentes y familias de la residencia Medinaceli se encuentran "impactados e indignados" después de que la urbanización Virgen del Mar de Soto de la Marina en Bezana haya puesto una valla de separación, que consideran "discriminatoria", entre la propia edificación y el centro, cuyos internos presentan diversidad funcional.

Los residentes, que ya contaban con una valla previa, ahora se topan con una doble barrera para salir al exterior, por lo que se sienten doblemente enjaulados y ya han mostrado, según las mismas fuentes, indignación y enfado. Y no es para menos. Los centros de diversidad funcional y en este caso de discapacidad psíquica e intelectual suelen verse como un peligro. Eso es debido a la ignorancia y el miedo con el que vivimos cada vez más a menudo, y el estigma creado que asocia problemas de salud mental o psíquicos a la perversidad y la maldad. 

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¿Malas madres?

Últimamente está muy de moda el concepto MalasMadres, madres subversivas que contradicen los códigos impuestos socialmente. Madres que dejan a sus hijos la tablet con tal de poder echarse un rato a descansar. MalasMadres es un movimiento digital que cuestiona lo políticamente correcto de la maternidad. Sin embargo, este y otros movimientos se olvidan –sin acritud- de las madres que deciden serlo, pero la sociedad le pone trabas. Es el caso de las mujeres con diversidad funcional.

Me atrevería a decir que cualquier mujer con discapacidad se replantea su maternidad en algún momento. Se pregunta a sí misma si será capaz de ser BuenaMadre o madre a secas. La sociedad sentencia. Normalmente y especialmente es en mujeres con problemas de salud mental, cuando la sociedad se posiciona en contra. Por suerte, cada vez más profesionales del ámbito sanitario y activistas, así como las mismas madres empoderadas quienes ponen en cuestión este planteamiento.

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DGT, no corras tanto

La última campaña de la DGT ha usado testimonios reales para concienciar sobre la que es la principal causa de muerte entre los jóvenes. La DGT ha utilizado una herramienta comunicativa para concienciar a a la población a través de la discapacidad y los supuestos efectos asociados.

Lo que quizá no haya tenido tanto en cuenta es cómo para concienciar de los accidentes de tráfico están estigmatizando a un colectivo entero. Este anuncio te viene a decir, "chiquilla, ten cuidado con la conducción temeraria o podrías terminar como esa pobrecita. Es más, aunque conduzcas bien, podrías cruzarte con un camionero borracho que te lleve por delante". Sin independencia, sin intimidad… prácticamente sin vida. Es una forma de decir al colectivo de diversas: asúmelo, tira la toalla, estás postrada en una silla de ruedas y no tienes vida. Muchas de esas personas además, sobra decir, no padecen discapacidad fruto de un accidente automovilístico, pero qué importa. Les llega un mensaje negativo sobre sus circunstancias vitales, que en caso de personas jóvenes o con enfermedades neurodegerenativas como la Esclerosis Múltiple pueden ser letales psicológicamente.

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¿Quiénes son esos niños?

Mis primeros recuerdos sobre la discapacidad se remontan a hace algo más de veinte años. Tengo unos 9 años y voy a un colegio público. Mi madre es una de las maestras de ese colegio en un pequeño pueblo de la Mancha de cuyo nombre sí me acuerdo: Malagón.

En ese colegio había una clase de educación especial a la que iban niños de toda la zona. Niños con síndrome de down, autismo, enfermedades raras… No recuerdo con exactitud todas las patologías o discapacidades, porque todo era nuevo para mí y apenas nos mezclaban. Por un lado estábamos nosotros “los normales” y luego ellos. Lo que sí recuerdo es la sensación de miedo y desconcierto. Esos niños no eran como nosotros. Esos niños estaban apartados y hacían cosas distintas. No jugaban al escondite inglés o a la rayuela, ni intercambiaban cromos hasta que sonara la sirena. Recuerdo las historias que nos contaban sobre ellos. A uno de ellos le crecía la cabeza y le encerraban en su habitación con un casco porque se autolesionaba contra la pared. Otro de los niños era algo así como un niño-mono porque tenía mucho vello, era canijo y emitía sonidos extraños.

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Orgullo de Diversidades

El orgullo es la alegría de sabernos aquí.

Todavía.

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Nuestro Muro

El insomnio provocado por esta ola de calor -imaginen en Sevilla- me hizo darle vueltas a todo tipo de cosas. Entre otras pensé en el cambio climático, la desaparición misteriosa de los 60.000 millones de euros del Banco de España, a qué huelen las nubes… Y en una de esas, aparecieron mis miedos. En concreto, mi miedo a no caminar en un futuro. Sí, sé que la teoría y los manuales de autoayuda hablan de imaginar playas paradisíacas e imágenes de gatetes o perros antes de dormir; pero ayer no fue posible.

Y mi imaginación y mis temores me trasladaron a una realidad que es la de mucha gente. Comencé a imaginar cómo sería salir a la calle en silla sin depender de nadie. Recorrí en mi mente las calles de mi barrio y la falta de rampas y accesos que existen. Lo sé porque muchas veces me he tropezado, o se me ha caído el carro de la compra, o me he caído con la bici. La falta de accesibilidad nos incordia a todos, pero a algunos les impide llevar una vida normal y digna. Pensé en el tiempo que me llevaría ir al super a comprar y ¡me di cuenta de que tampoco tenía rampa! No podría ir a comprar mi helado favorito en plena ola de calor. Cada vez me iba angustiando más y  más, como si sintiera una presión que me impidiera respirar. ¿Hasta dónde podría llegar sin dificultad?, ¿tendría que estar pidiendo siempre ayuda?, ¿tendría algún momento para ser libre e independiente? Me agobié tanto que terminé pensando en gatetes y playas del Caribe.

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