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Gonzalo Bolland

Periodista y Licenciado Hª Contemporánea. Trabajé en la radio tanto en Bilbao como Vitoria, a principios de los 90. Articulista de opinión, así como crítico literario, del periódico El Mundo en su edición del País Vasco desde 1995 hasta 2008. Delegado en el País Vasco del periódico diariocrítico.com durante 2008-2009. Reportero y articulista de opinión de la revista Cantabria Económica desde 2009 hasta 2012. También he sido colaborador ocasional en periódicos como El Correo, La Verdad o El Diario Montañes.

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Fundadores

"En el pasado el hombre fue lo primero. En el futuro lo principal debe ser el sistema". Frederick Winslow Taylor (1865-1915), ingeniero norteamericano que dedicó toda su vida a racionalizar las prácticas de trabajo analizando los movimientos y hasta el más mínimo gesto de cada obrero, desmontando esa cadena de acciones y volviéndola a montar del modo más apto para ahorrar tiempo. Taylor demostró que solo el análisis riguroso podía aumentar la velocidad del trabajo y la eficiencia y aplicó sus principios a muchos ramos de la industria, mejorando la eficacia en una fábrica de bicicletas de modo que treinta y cinco muchachas pasaron a hacer el trabajo que antes hacían ciento veinte.

La precisión del trabajo hecho a más velocidad comenzó entonces a ser dos terceras veces mayor que la obtenida con la lenta velocidad empleada anteriormente.

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Social democracia

Una vez pasadas las fiestas navideñas el mundo vuelve a discurrir en su vertiente más común y cotidiana, que es precisamente lo primero que se sacrifica en estas fiestas. Las bombillas se descuelgan de los árboles. Los nacimientos se retiran. Los abetos artificiales se guardan en los armarios trasteros y así, poco a poco, los adornos navideños van desapareciendo de nuestras vidas del mismo modo que las felicitaciones navideñas desaparecen de los buzones para dar paso de nuevo a las facturas, los extractos bancarios, las multas, las recomendaciones urbanas y los folletos publicitarios.

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Librerías

Las dos librerías que durante años hicieron barrio en las calles que rodean a la casa de mi padre han cerrado siendo sustituidas por un bar y una tienda de todo y nada, o sea de chorradas. El bar está siempre lleno, lo cual no debería sorprender a nadie ya que la considerable cantidad de bebedores que residen en esta ciudad tienen por costumbre abrevar mañana, tarde y noche en los establecimientos hosteleros situados en la calle que desemboca en el nuevo estadio de San Mamés.

Lo de la tienda de todo y nada o sea de chorradas, propiedad de un matrimonio chino con hijos, primos, nietos y demás parientes deambulando siempre por el local como sigilosos fantasmas medio adormilados, si es una novedad, más que nada porque la oscuridad y el desorden no son el elemento esencial del establecimiento.

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Éxito

Hablan en una de esas tertulias que tanto abundan en los medios audiovisuales del éxito social. No creo que nadie sepa muy bien que es el éxito, ni social, ni no social, aunque siempre he sospechado que en este país el éxito casi siempre ha consistido en sobrevivir tanto ahora, en esta democracia reglada por banqueros, constructores, concejales de urbanismo y siniestros propietarios de medios de comunicación, como en las muchas dictaduras que tuvieron que sufrir nuestros antepasados.

En este mundo todo es pasajero, todo, tanto el aburrimiento como la diversión, el entusiasmo como la depresión, todo menos la voluntad humana de triunfar en la vida. El problema es que el éxito social también está sujeto a los caprichosos vaivenes de las modas, el tiempo y las envidias que provoca. Durante la posguerra española, por ejemplo, el éxito era no morirse de hambre, despiojarse, tener un cura que velara por tu supervivencia y disfrutar del don de mantener el brazo en alto el tiempo suficiente ante el retrato del Caudillo como para que te nadie te delatara por rojo, masón, homosexual o contrario al régimen.

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Carencia

La televisión fue el final de la conversación. Lo dijo hace ya varios años Doris Lessing, la novelista británica, premio Nobel de Literatura del año 2007, además de un número considerable de personas que seguramente nunca han tenido ni la más remota idea de quien es Doris Lessing. El final de la conversación nos ha dejado solos, a merced de la pantalla de un televisor, un móvil o un ordenador, seguramente porque la sociedad que nos ha tocado transitar se fundamenta en la contemplación; lo contemplamos todo, estatuas, monumentos, películas, series, partidos de fútbol, todo menos a nuestros semejantes.

Los sociólogos lo llaman individualismo aunque a mi modesto entender existe una palabra más certera y más simple que lo define de un modo más acertado: vivimos en la sociedad de la soledad como muchas veces reflejara en sus escritos el admirable Sam Shepard; fallecido durante el pasado mes de Agosto. Ya no hay familias, ya no hay compromisos, ya no hay amigos, ya no hay ideologías, ya no hay dios.

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Marlon Brando

No hay tratado filosófico ni formula matemática que resulte tan precisa como lo que Marlon Brando descubrió tras una década de holgazanería en una de las islas de su propiedad. Tras diez años retirado en la isla de Tetiaroa del Pacífico Sur, dedicado tan solo a la lectura, a la contemplación del paisaje, a la reconsideración de sus valores y a la minuciosa exploración de cada pequeño pensamiento que atravesara su mente – según sus propias palabras – el bueno de Marlon descubrió que “el tiempo pasa y que en esta vida todo dura un instante, tan solo un instante”.

A partir de ahí se desquició del todo. Normal. Lógico. No hay nada más desquiciante que freírse continuamente las neuronas del cerebro con las muchas chorradas que se nos van acumulando en sus cavidades. Además, en este disparatado mundo, pocas cosas pueden llegar a desquiciarnos tanto como descubrir que por mucha lata que demos, por mucho que hablemos, protestemos, follemos, comamos o ganemos dinero – y en todas esas cosas el bueno de Marlon fue un auténtico maestro – no estamos hecho más que de tiempo y el tiempo, tan implacable como una sentencia bíblica, nos va arrastrando hacia territorios desconocidos donde apenas quedará rastro de las muchas tonterías que hayamos hecho o de todo lo que, penosa o gozosamente, hayamos conseguido.

La lluvia ha llegado. No es una noticia pero es un hecho. En estos primeros días lluviosos de este tardío otoño todavía resulta muy agradable pasear por el campo o la playa, cuando escampa, aunque solo sea para desentenderse durante unas cuántas horas de la desmedida ambición constructora de los alcaldes de nuestras ciudades. En estos días todas las cosas en la naturaleza parecen afectadas por un cansancio y un abandono interno: las laderas de los montes presentan un resplandor de rescoldo moribundo y los colores incendiados, dorados, calientes del paisaje parecen velados por la telaraña húmeda y azulada de la niebla.

Antes de adentrarnos, de nuevo, en la aplastante rutina de los telediarios, los tertulianos, los políticos, los partidos de fútbol, el tedio de los domingos por la tarde, los preliminares de las temibles fiestas navideñas, el aburrimiento tecnológico de una clase media venida a menos y la desfachatez de quienes nos condenan a salarios de miseria mientras nos distraen con enfrentamientos identitarios, parece una época propicia para pasear, al atardecer, por alguno de los bosques de nuestra comunidad respirando el aire que la lluvia ha limpiado; un aire tibio, transparente, casi, casi dulzón debido a los frutos que comienzan a pudrirse mientras meditamos – brevemente, eso sí, no vaya a ser que acabemos desquiciándonos – acerca de lo que Marlon Brando descubrió hace ya muchos, muchos años: que el tiempo pasa y que en esta vida todo dura un instante, tan solo un instante.

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Identidad

El disparate es la simplificación. El disparate es considerar que en un Estado democrático, constitucional, los dirigentes políticos tienen derecho a condicionar la vida de los ciudadanos por una cuestión de identidad; cualquiera, lo mismo da; ya sea una identidad basada en la religión, la cultura, el sexo, el lugar de origen o las preferencias artísticas.

La simplificación es siempre un reducionismo absurdo de tal manera que si alguien se da a conocer como italiano, por ejemplo, enseguida se le supone cantando ópera, degustando spaguettis, tocando mandolinas, hablando a gritos por las calles o teniendo parientes relacionados con la mafia calabresa. Todos estos atributos no son más que tópicos, trivialidades, lugares comunes, simplezas que tienden a ahorrarnos el esfuerzo de reconocer en cada individuo una personalidad distinta, única, original, diferente...

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Franco

Hace 43 años, por estas mismas fechas, el general Franco moría en la cama rodeado del manto de la virgen del Pilar, el brazo incorrupto de Santa Teresa, muchos cables, diferentes monitores clínicos y otras reliquias y objetos milagrosos que no hicieron más que proporcionarle a su yerno, el marqués de Villaverde, el decorado perfecto con el que convertir aquella agonía en una ilustración más del tradicional esperpento español. Parecía que con la muerte del general se liquidaba de una manera casi definitiva un larguísimo siglo diecinueve caracterizado por las guerras civiles, la desidia intelectual, los exilios, los pronunciamientos militares, los muchos privilegios eclesiásticos y aquello tan goyesco de dirimir todas las disputas a hostia limpia, es decir, a garrotazos.

Sin embargo mucho me temo que nunca lograremos deshacernos del siglo diecinueve ya que, al parecer, el único lugar del planeta donde Franco todavía no ha muerto es en esta desquiciada tierra de terratenientes gandules, toreros muertos, taxistas cabreados y ciudadanos permanentemente estafados por sus gobernantes. Durante todos estos años nuestros nacionalistas se han encargado de mantenerlo vivo ya que en su infantil necesidad de lo absoluto, los nacionalistas siempre requieren de un enemigo contra el que vivir.

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Cataluña

Más allá de la realidad catalana, retransmitida hasta la náusea por todos los medios de comunicación y analizada para el gran público por el único intelectual cuya opinión aún es tenida en cuenta en nuestro país, o sea, Gerard Piqué, hay una España olvidada que nadie, ni periodistas ni políticos, atiende nunca. La España interior. La España que muchos jóvenes universitarios catalanes consideran semiafricana, analfabeta, atrasada, mísera: la rancia Castilla tomada, siempre, como un vergonzoso lastre para la próspera, dinámica y moderna Cataluña.

Viejos tópicos de la Leyenda Negra, mitos de nuestra historia, falsos, que las nuevas generaciones recuperan cada vez que las economías se nos derrumban. En esta España interior, pintada hace ya años por Ricardo Baroja, descrita por Machado y cantada por Joaquín Díaz, de páramos y roquedal, de sacristías y largos cielos sin lluvias, seca, avejentada, rural, silenciosa, casi, casi desértica, residen hombres y mujeres que no aparecen nunca en ninguna tertulia televisiva y que hace ya décadas que aprendieron a vivir sin lamentarse de su suerte dado que se saben desatendidos; desatendidos no solo por las administraciones públicas, sino también por la historia, las leyes, los decretos, el presente, el porvenir, los titulares de la prensa y hasta por la lluvia.

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Siglo XIX

El siglo diecinueve es el siglo de los fervores románticos. Nunca está de más revisitarlo dado que, entre otras desgracias, nos dio magníficos personajes históricos, fabulosos pintores y dos de los escritores españoles que mejor han sabido soportar el paso del tiempo, aunque tampoco es menos cierto que ese siglo, entre otros males, también nos deparó el suicidio por amor, el arte popular, la tuberculosis, el nacionalismo, la histeria, el sadismo, la bondad natural, la poesía como sacerdocio, el alma colectiva de los pueblos y el sentido de la historia como método para anular el sentido de los individuos.

La propuesta de independencia que el president Puigdemont presentará en el Parlamento catalán es una secuela romántica de este fatídico siglo diecinueve que como todo fervor romántico, más tarde o más temprano, termina derivando en religión desbordada. Esto es lo que cada vez resulta más evidente en nuestro país. Los dirigentes políticos nacionalistas, apelando a las características principales del temperamento romántico, o sea, más al sentimiento que a la inteligencia, más al instinto que a la prudencia, se han convertido en los sacerdotes de este tiempo, en los líderes religiosos de todos los ciudadanos que en lugar de vivir en el mundo que les ha tocado transitar, o sea, en el mundo presente, prefieren vivir en un mundo fabuloso, mítico, supuesto, legendario; un mundo plagado de patrañas, dioses ancestrales, rebaños pastando, nostalgias matriarcales, párrocos cantando las alabanzas a nuestro Señor y todo el acostumbrado batiburrillo del populismo campestre.

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