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Gonzalo Bolland

Periodista y Licenciado Hª Contemporánea. Trabajé en la radio tanto en Bilbao como Vitoria, a principios de los 90. Articulista de opinión, así como crítico literario, del periódico El Mundo en su edición del País Vasco desde 1995 hasta 2008. Delegado en el País Vasco del periódico diariocrítico.com durante 2008-2009. Reportero y articulista de opinión de la revista Cantabria Económica desde 2009 hasta 2012. También he sido colaborador ocasional en periódicos como El Correo, La Verdad o El Diario Montañes.

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Pueblos

No es que en los medios de comunicación haya mucha información al respecto pero tengo entendido, según me han comentado en el bar nuestro de cada día, que hay una preocupación generalizada en este país por lo que está ocurriendo en la comunidad autónoma catalana debido al deseo de buena parte del “pueblo catalán” de independizarse de España.

Motivos para independizarse de España nunca han faltado, más en este momento en que además de tener que soportar a Rafael Hernando soltando sandeces cada vez que se desprende del palillo incrustado en la comisura de sus labios, estamos gobernados por gente que no solo se consideran los propietarios de este desértico país desde que el cardenal Cisneros lo fundamentara sino que también llevan una enorme cantidad de años mintiéndonos, despreciándonos, condenándonos a salarios de miseria, cuando no al desempleo, y robándonos toneladas de dinero público, pero con todo no estaría de más que de una vez por todas en nuestra bárbara historia milenaria no cediéramos a la tentación de confundir la velocidad con el tocino ni a España con los desvergonzados delincuentes que la mal gobiernan.

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Hastío

Tengo la impresión, no sé si acertada o no, que cada día hay más gente aburrida, hastiada, que detesta el ruido de la política y se pasa al bando de la naturaleza donde los rábanos, los tomates, las sandías y las coliflores crecen en el silencio más absoluto.

Con la llegada del otoño alguna gente bienintencionada, suele tomar la determinación, septiembre tras septiembre, de desechar de sus vidas el ruido de la política para escuchar tan sólo el rumor del viento entre los árboles, el lento deambular de unos bueyes arrastrando toneladas de nada o los latidos de su propio y desorientado corazón. Lo cierto es que esta tarea no suele resultar nada sencilla, mucho más en este inicio de curso en el que como de costumbre andamos enredados en cuestiones de identidad en lugar de ocuparnos de lo verdaderamente importante, o sea, de la reforestación del país, la regeneración hídrica, el desarrollo tecnológico, la educación del ciudadano, la cohesión social, la reorganización demográfica o la investigación judicial que limitara la colosal corrupción urbanística que ha tenido lugar en nuestros ayuntamientos, pero no, estamos enredados, de nuevo, en cuestiones identitarias porque aún no hemos encontrado nada que nos excite tanto como prolongar nuestra adolescencia hasta la tumba; lugar donde, muy a nuestro pesar, adquiriremos 'ad eternum' nuestra definitiva identidad....

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Robo

Si el periodismo en este país fuera independiente el titular diario de todos los periódicos sería el siguiente: “los banqueros han robado a los españoles 70.000 millones de euros“, pero nadie puede ser independiente cuando está en la ruina económica. La ruina generalizada a la que los medios se vieron abocados con el formidable desarrollo de las redes sociales convirtió a los banqueros en sus propietarios ya que la mayoría de los medios tuvieron que recurrir a ellos para sobrevivir, con lo que los periodistas hace ya tiempo que solo pueden comunicar lo que los banqueros deciden comunicar..

El periodismo ya arrastraba algunos males desde la década de los noventa del siglo pasado; más o menos desde que la tarjeta de crédito fue santificada como el único placer no pecaminoso, desde que el muro de Berlín se viniera abajo sin que ningún tertuliano lo anunciara de antemano y desde que la codicia colectiva y la indiferencia individual consagraran al capitalismo como única ideología no solo posible sino también necesaria. En aquellos días, días del primer esplendor de la princesa bulímica en todas las portadas de la prensa del corazón, comenzó la decadencia de semanarios tan prestigiosos como Triunfo o el Viejo Topo al tiempo que surgían los suplementos semanales de los periódicos dedicados a la gastronomía, las cremas hidratantes, la decoración de interiores, la jardinería, el bricolaje, la guía de espectáculos, los hoteles con encanto y otros asuntos por los que el periodismo se ha extendido pero no se ha hecho más profundo.

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Circo

La diferencia sustancial entre nuestra vida y la de nuestros antepasados no guarda relación alguna ni con la cultura ni con la religión sino con la cantidad de cosas que se disponen para entretener el tiempo que en eso nos ocupamos de a diario una vez concluida la jornada laboral, tendida la ropa, dado de cenar a los niños, consultado el móvil por millonésima vez y escuchada la tertulia nuestra de cada día con el mismo fervor con el que nuestras abuelas escuchaban en la radio el Santo Rosario.

Esto de entretener el tiempo, pudiendo convertirse, por experiencia, en una obsesión malsana, no es algo que últimamente me preocupe demasiado, ya que desde hace días, semanas, meses gasto la mayor parte del mío tratando de comprender como es posible que haya quien considere que Rafael Hernando está mínimamente capacitado para detentar cualquier cargo público pero, bueno, no cabe duda que cada partido político tiene perfecto derecho a desbarrar del modo y manera que considere más conveniente que en esto, los socialistas, no tienen por que ser los únicos.

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Fatalidad

La simpatía no es una característica esencial de los vascos. Esto es bien sabido. Sin embargo el bilbaíno, no siendo un individuo esencialmente simpático, es un individuo cordial, campechano, muy sociable y dotado, eso sí, de una gran capacidad para la exageración.

Un abogado con despacho en esta lluviosa ciudad, conocido de un conocido mío, narigudo, elegante, muy hablador y dotado de una formidable y pintoresca cultura, reúne las características propias de los habitantes de la capital del Guggenheim de modo que, cuando uno se lo encuentra en cualquier bar, preferentemente en los ubicados en la calle Ledesma, ya sabe que tras los primeros saludos, salpicados de un brusco e insulso sarcasmo, también muy bilbaíno, la conversación la monopolizará dicho abogado relatando anécdotas, por ejemplo, del filósofo Sibiuda que fue profesor en Toulouse en el siglo XIII y que escribió un libro en latín macarrónico o del torero Santiago Martín el Viti al que conoció durante una Semana Grande bilbaína o de las hermanas solteras del Padre Arrupe a las que nunca trató pero de las que se sabe multitud de anécdotas...

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Prostitutas

Ha habido hombres y mujeres que han pasado a la historia por cuestiones peregrinas, frases majaderas o hazañas ridículas, pero lo habitual es que los personajes históricos se encuentren entre aquellos que han cultivado las ciencias, las letras, la religión o el sadismo con mayor fortuna. Los dirigentes políticos, por el contrario, suelen permanecer en la memoria de los pueblos más por las guerras perdidas y los muchos desastres cometidos que por la correcta administración de su autoridad.

Nuestro último presidente del gobierno puede pasar a la historia por muchas cosas. Tal vez por demasiadas. Lo normal es que pase por su natural tendencia a a la indolencia, pero, en fin, es posible que también pase por los hilillos del chapapote, por los mensajes a Bárcenas, por no haberse enteredo de que en su partido campaban a sus anchas filántropos de la talla de Francisco Correa o por su perfil decimonónico de chistoso bebedor de anís y ocurrente tertuliano en el Casino provincial de una aldea gallega lluviosa, preindustrial y caciquil. Méritos, desde luego, no le faltan.

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Gin tonic

En su magnifico libro de memorias, cuyo titulo ahora mismo no recuerdo, el director de cine John Huston decía que tras la segunda guerra mundial el mundo se había vulgarizado tanto que le resultaba tremendamente complicado encontrar a alguien interesante con quién entablar conversación. Supongo que esto, entre otras razones que ignoro, le convirtieron en un bebedor habitual que en sus últimos años de vida añoraba, según propia confesión, la compañía de Humprey Bogart, Montgomery Clyff, Walter Huston, Cark Gable y otros singulares bebedores con los que coincidió vitalmente durante el breve periodo de entreguerras.

Nada más poderoso que el afán de imitación, sobre todo cuando conviene así que ultimamente dedico bastantes horas de mi vida a comportarme con el padre de la enigmática Angélica Huston hablando en los bares con un compañero de oficio mucho más instruido que un servidor, sobre todo en todo aquello que concierne a la actualidad política, social y económica de este desconcertante país. Esta tarde, ante su habitual gin tonic y mi habitual fascinación por quienes son capaces de beber gin tonics tan complicados aderezados con cardamomo, regaliz, frutas exóticas y especias casi, casi desconocidas, me asegura que el liberalismo de ahora, el que tanto promocionan los dirigentes del Partido Popular, no es la libertad sino su exquisita teoría doméstica según la cual a los ricos se les da la libertad de veranear en sus paraísos fiscales y a los pobres se les da a elegir entre la tortilla de patata con o sin cebolla, que eso, siempre, va en gustos.

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Sentimentales

Nunca he tenido ni la más remota idea de las preocupaciones reales de los ciudadanos de este país, más allá de la natural preocupación por la propia supervivencia que nos proporciona un buen empleo, una buena herencia o la suficiente desfachatez como para vivir, como los Pujol, por ejemplo, a cuenta de los contribuyentes, aunque siempre me he inclinado a pensar que lo que verdaderamente nos mueve es lo sentimental.

Supongo que como a otros muchos pueblos de este disparatado planeta, aunque, no sé, tal vez por cuestiones de carácter, de clima o de nutrición, siempre me ha parecido que a nosotros – mucho más que a los demás - lo que realmente nos gusta son las cosas blandas, lacrimógenas; las cosas, como si dijéramos, viscerales. El tamaño de las banderas, por ejemplo, es algo que nos preocupa mucho, lo mismo que las liturgias religiosas, los desfiles militares, la honorabilidad de nuestros parientes enterrados o el culto a la localidad donde hemos nacido.

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Teología

Hablo de dios con el carnicero. El invierno es una época muy propicia para hablar de dios dado que el frío y la lluvia arrinconan, ensimisman y ya se sabe en uno mismo no habita más que el vértigo y la incertidumbre de no saber de dónde venimos ni a dónde vamos.

Este hombre, propietario de la carnicería más antigua del barrio bilbaíno donde resido, de ojos saltones, nariz rotunda, pelo escaso y una tristeza simpática que mal disimula con una conducta siempre amable y cariñosa, tiene una profunda preocupación espiritual que trata de resolver leyendo, en la propia carnicería, textos de Teilhard de Chardin, San Agustín y Bertrand Russell.

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Periodistas

“El periodismo está lleno de fracasados”. Esta es una frase que me repite muy a menudo el director de un periódico provincial que se tiene por hombre dotado de un clasicismo de alfombra mullida, bigote trabajado, rotundo, como de pastelero austriaco y las obras completas de Armando Palacio Valdés cuidadosamente colocadas en las estanterías de la biblioteca. Nunca le he prestado demasiada atención a la sentencia de este hombre, dado que considero que confunde la palabra fracasado con la de frustrado, pero, bueno, tal y como está el oficio lo más conveniente, siempre, es no contradecir a quien detenta un mínimo de poder.

Pero en el supuesto de que este buen hombre no haya confundido los términos no creo que nuestro fracaso, como él supone, sea debido a un masoquismo vocacional o a una falta de preparación, sino a que los periodistas nos decimos, ingenuamente, que trabajamos para denunciar los abusos del poder, pero una vez que el poder ya se ha adueñado de todos los medios en los que trabajamos casi tan precariamente como los cómicos en la España de la posguerra, los periodistas, en realidad, ya no servimos más que para describir la realidad que nos permiten describir desde nuestra impotencia de ciudadanos tan ignorados, tan aburridos y tan desorientados como cualquier otro.

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