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Javier Fernández Rubio

Nacido en Santander, en 1966, ha dedicado 26 años al ejercicio del periodismo en Cantabria, veneno que todavía tiene dentro, y lleva camino de cumplir siete como responsable de El Desvelo Ediciones. Sabe un poco de muchas cosas y bastante de casi ninguna. Conoce a mucha gente, pero no practica dinámicas de grupo. De vez en cuando escribe algún poema y hojea libros de diseño para entretener la espera de las buenas noticias. Quien le aprecia, le considera un atrevido; quien no, un impostor.

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Dama, caballo y rey

Las primarias, la consulta directa a la militancia, se les atraganta a los partidos. No puede entenderse la crisis de las formaciones en Cantabria y España sin este elemento que tomó impulso el 15-M y que los partidos asumieron como si estuvieran preparados para la tormenta. Partido Popular, PSOE... hasta Podemos entra en zozobra en cuanto la democracia de base irrumpe y arrampla con la democracia orgánica, legitimadora de sucesiones controladas y configuradora de grupos dinásticos. La caja de Pandora.

Mariano Rajoy ya mandó parar con el experimento de las primarias, tras las crisis desatadas en los virreinatos, entre ellos Cantabria, en donde los 'populares' no levantan cabeza, enfangados, enemistados, aquejados de sordera selectiva y a la espera de expedientes y fallos judiciales.

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Sardana

La crisis española en Cataluña es como la sardana, un baile en el que los danzantes apenas se mueven del sitio, por más que muevan los brazos y brinquen.

Los siete días que no cambiaron el mundo en Barcelona han sido más propios de la ceremonia de la confusión que promueve quien quiere sorber y soplar a la vez, amaga y no da, nada y guarda la ropa. Ello no resta gravedad a una declaración de independencia, que se ha producido, ni a la aplicación de la suspensión de la autonomía, cuyo mecanismo ha empezado a articularse, ni tampoco resta trascendencia a una reforma constitucional, pactada, que supondrá que por primera vez el Estado tome la iniciativa. Vivimos un momento histórico, pero con guion de Arniches y Jardiel Poncela.

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Fulcro

"Somos estúpidos y moriremos", le decía Daryl Hanna a Rutger Hauer en aquel pedazo de film que es 'Blade Runner'. Pero ser conscientes de la estupidez que se comete no impide que el protagonista siga derecho hacia el precipicio. "No puedo evitarlo", se lamentaba el vizconde de Valmont en 'Las relaciones peligrosas'. Y no lo pudo evitar. Es la ruina autoinfligida.

El problema catalán, que es el problema de España, ha entrado en una espiral delirante que, a menos que se enfríen las cosas (algo impensable a corto plazo), solo puede derivar en la ruina colectiva. En este juego no hay ganadores como en esas partidas de ajedrez en donde los reyes enrocados conducen a unas inevitables tablas después de haber sacrificado todos los peones. Y no puede haberlo porque la partida se juega en el terreno de las emociones y no de lo racional. Ni siquiera vale que unos de los jugadores cambie las reglas a mitad de la partida. El empantanamiento es de libro y la voluntad de los jugadores, irrelevante.

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El gran pozo

Toda crisis es una oportunidad, dicen, aunque cuando alguien cae enfermo maldita la gracia que puede hacerle que a su cuerpo se le brinde una oportunidad enfermando. Pero algo hay de razón en esta máxima. Una crisis es una oportunidad y como oportunidad hay implícito y en ciernes un cambio que puede ser en muchas direcciones. Una crisis se puede saldar con la vida o con la muerte o en ese territorio difuso entre ambos en donde la cronificación la aletarga. La oportunidad que ofrece una crisis se resuelve de este modo dependiendo del acierto en la toma de decisiones, la disponibilidad de recursos y del azar, ese caprichoso doctor con un sentido del humor bastante discutible.

La crisis catalana, que es la crisis del Estado, puede verse también como una oportunidad. Pero, ¿una oportunidad de qué?

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Isonzo

Hay un río al pie de los Alpes Julianos que se llama Isonzo. Nace en Eslovenia y vierte sus aguas en el Mar Adriático, cerca de la ciudad de Trieste. No es un río que aparezca en los libros escolares de Geografía, pero sí en los de Historia. Es el típico río de montaña que atraviesa parajes de gran belleza, sin un gran recorrido ya que no nace lejos del mar. Si tiene relevancia, al igual que otros ríos modestos como el Rubicón, fue porque en sus inmediaciones ocurrieron cosas dantescas, ridículas y absurdas como suelen ser las cosas que acaban en los manuales escolares.

Durante la I Guerra Mundial, el Isonzo fue escenario de once ofensivas italianas contra los austrohúngaros. No sirvieron para nada, simplemente ocurrió, como echar carne a una picadora. Cuando la guerra terminó apenas el frente se había movido y si lo hizo fue por el lado austríaco que se apuntó la única victoria efectiva, la de Caporetto. Trento y Trieste, ciudades austríacas no pasaron a manos italianas después de haber sacrificado 700.000 vidas. Sin embargo, el Isonzo es importante por dos cosas: es la cuna del ascenso de Mussolini y el fascismo italiano y es ilustrativo de cómo lo racional cede el paso a lo simbólico. El Isonzo es una de las máximas representaciones del empecinamiento ante el error, algo que se puede ilustrar con la expresión: 'Síndrome de nuestros muchachos no murieron en vano'.

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Tienes un problema y tenemos que arreglarlo

Entre un Gobierno a la defensiva y una izquierda acomplejada, el nacionalismo marca la agenda política del país. La iniciativa política lleva décadas en el campo de los que predican la insolidaridad y el agravio comparativo, de los que crean un problema donde no lo hay y emplazan a los demás a resolverlo. Da igual que haya leyes, se hacen unas nuevas a la medida; si la opinión de los demás es contraria, simplemente se obvia; elíjase la mentira más adecuada para cada día, porque el fondo de armario es amplio; las cosas han de salir adelante sí o sí, porque hay un 'problema', ese es el único mandamiento. 

Hacer del miedo y la violencia, siquiera verbal, una metodología de hacer gobierno siempre produce como resultado una sociedad rota, desquiciada, maleada como un niño caprichoso, sin posibilidad de entendimiento. "Crean desolación y lo llaman paz", escribía con amargura Tácito. Detrás de todo nacionalismo sólo hay tierra quemada, no hay más que hojear un manual de historia para comprobarlo.

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Redes, piras y pasta de dientes

Hoy ya no arden hogueras para la quema de herejes como en otros siglos, hoy lo que arden son las redes sociales, ese empoderamiento del ciudadano común que le da ocasión no solo de opinar, sino de hacerlo público y de hacerlo con contundencia. Esto es bueno de por sí, es un logro para aquellos cuya opinión nunca ha contado públicamente, pero, aunque no arda nadie físicamente ya, el fanatismo y la intolerancia siguen gozando, con otros ropajes, de buena salud en los nuevos medios tecnológicos de relación social.

Uno puede tener una opinión, pero no puede tener una opinión sobre todo y en todo momento. Y lo que no puede pretender es que su opinión sea aceptada por los demás como una creencia incuestionable. No puede ser y además es imposible, como diría aquél. Pero basta abrir un perfil en Twitter o un muro en Facebook para asistir en directo al espectáculo de centenares de miles de personas que expresan opiniones radicales sobre la más peregrina cuestión con una determinación y virulencia que espeluznan. Estos ciudadanos que exigen rigor, respeto y consideración para sí se comportan como modernos inquisidores de la sangre y el fuego; y no falta quien lamenta que Twitter se haya convertido en una cacería para acto seguido integrarse en la jauría del día.

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El deseo

Puede decirse que la historia de la humanidad es la historia del deseo. 

Desde la aparición de las urbes, las monarquías y las religiones, la respuesta a la pregunta '¿Qué desear?' indefectiblemente conducía a lo 'bueno'. Deseo esto porque es bueno. Lo bueno circunscribía, por lo tanto, el objeto de lo deseable, quedando fuera de foco aquello que no aprovechaba a la monarquía o a la religión. Si había algo a l o que el rey o los dioses, si no a ambos de forma indisoluble como ocurría con las monarquías de origen divino, no consideraban apropiado simplemente no era deseable. En caso de duda, se recurría a la mazmorra, el manicomio o la pira.

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Déficit de fósforo

El alcalde de Sabadell, Maties Serracant, ha dicho: 'Machado se queda', a propósito de un informe sobre cambios en el nomenclátor de la ciudad. El informe, elaborado por el historiador Josep Abad, proponía la retirada del callejero de los nombres de Quevedo, Calderón de la Barca, Bécquer, Goya, Tirso de Molina, Espronceda, Góngora y Antonio Machado. Y al pobre Leandro Fernández de Moratín no lo han mentado porque se conoce que no está colgado en ninguna calle.

La lista de Abad se justifica en que estos autores son "hostiles a la lengua, cultura y nación catalanas" e integrantes del "modelo pseudocultural franquista", lo cual hace preguntarse qué culpa tenían Bécquer y Goya de que un siglo después una dictadura los asumiera como propios como asumió la Cueva de Altamira y no por ello nadie con dos dedos de frente pide su destrucción.

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El día en que me encontré a Willem Dafoe dentro de una escultura

No soy nada fetichista. No colecciono nada, ni persigo a la gente para obtener un autógrafo ni guardo como una reliquia sagrada la servilleta con restos de carmín de una starlet. Nunca he sentido esa compulsión de los fans por asistir, rozar y poder decir luego 'yo estuve allí'. Bueno, haber estado en el Gólgota, Woodstock o la apertura real del Centro Botín me deja muy frío. 

Una vez le di la mano a Gina Lollogrigida. Son cosas que ocurren en los periódicos. Uno está enfrascado en plena tarea de contar el emocionante rescate de un gatito en un árbol cuando alguien te dice: 'Tienes que estar en el aeropuerto en media hora, que viene Gina'. Yo sabía quién era Gina, solo podía ser 'ella' porque en aquella época era bastante cinéfilo, pero conocer in situ a la maggiorata me dejaba tan frío como el cambio climático a Donald Trump.

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