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Javier Fernández Rubio

Nacido en Santander, en 1966, ha dedicado 26 años al ejercicio del periodismo en Cantabria, veneno que todavía tiene dentro, y lleva camino de cumplir siete como responsable de El Desvelo Ediciones. Sabe un poco de muchas cosas y bastante de casi ninguna. Conoce a mucha gente, pero no practica dinámicas de grupo. De vez en cuando escribe algún poema y hojea libros de diseño para entretener la espera de las buenas noticias. Quien le aprecia, le considera un atrevido; quien no, un impostor.

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Creced y multiplicaos

La primera vez que oí la expresión 'ineficiencia regulatoria' pensé en algo nuevo, producto de los tiempos que corren, no de algo que estuvo ahí toda la vida como el gin tónic y las señales de tráfico. La 'ineficiencia regulatoria' es ese proceso por el que los papeles se reproducen a sí mismos, formando montañitas sobre la mesa de la cocina, resmas en la del escritorio, pilas en la bandeja de asuntos pendientes. Uno deja un papel apartado en un lugar y al día siguiente hay dos, luego cuatro y a la semana una jungla que como la jungla es exuberante y se desarrolla hasta en los pedregales. Lo contaban Kafka, Phillip K. Dick y Aldous Huxley. Debería inventarse un nombre a ese proceso de reproducción misterioso en el que se consuma un matrimonio de papel con las bendiciones de la Santa Madre Burocracia.

Dos amigos se reúnen en un café y deciden montar un club de petanca. Ellos no lo saben, pero la mayor parte de su tiempo no estará dedicado a la petanca, su pasión, sino a rellenar formularios. Para jugar a la petanca no hace falta un pedazo de tierra y unas bolas de metal. Concluirán que a la petanca se juega con formularios, declaraciones juradas y estatutos, de la misma manera que para justificar la construcción de una bolera hay que demostrarlo sobre el papel cuando tan fácil sería ir a verla.

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Chacona en Hacienda

Joshua Bell es uno de los más famosos violinistas de la actualidad. El estadounidense es adorado por los melómanos y sus conciertos cuelgan el cartel de 'No hay entradas' nada más anunciarse. El público lo adora.

Hace cinco años, Bell dijo sí a un experimento del Washington Post. Gene Weingarten, redactor del Post, quería comprobar si el hábito hace al monje o siquiera ayuda algo. Para ello propuso al violinista acudir una mañana con su Stradivarius a la estación más céntrica del metro de Washington, la de L'Enfant Plaza, y allí fue, tres días después de haber abarrotado el Boston Simphony Hall con un concierto.

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El cuento de la lechera racinguista

La legislación española, en una pirueta propia de los tiempos que corren, permite pedir un Expediente de Regulación de Empleo, temporal o no, con solo presumir pérdidas futuras, lo que es igual a permitir mandar a los empleados a casa por el artículo 23, dado que la capacidad premonitoria puede estar justificada pero también ser tan caprichosa como el pie con que se levanta uno.

Ahora el Gobierno de Cantabria, en una cabriola no menos espectacular, va a hacer lo contrario: inyectar dinero en una empresa morosa con Hacienda y la Seguridad Social con solo presumir unos resultados espectaculares, lo cual da pie a que, como en el cuento de la lechera, basta con que el potencial beneficiario se venga arriba en sus no menos potenciales expectativas para que le rieguen la huerta de euros.

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De motores, papeles y arte

"No tiene interés visual, por tanto no lo tiene artístico. Por lo tanto, no puede ser motor de nada".

Quien así hablaba esta semana en el Parlamento de Cantabria era la alcaldesa de Comillas, Teresa Noceda, y a lo que se refería era al proyecto de ubicar el Archivo Lafuente, una de las más importantes colecciones de arte gráfico impreso del mundo, en la antigua sede del Banco de España en Santander.

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La maleta de Shostakovich y el jefe de Policía

Dimitri Shostakovich, el gran compositor, pasó años con la maleta hecha junto a la puerta de la calle de su domicilio. Vivió una guerra, pero eso es poca cosa comparada con Stalin. Sobrevivir a Stalin era mucho más arduo. Noches de insomnio mientras los vehículos de la NKVD recorrían al caer el sol las calles de Moscú  y San Petersburgo y los vecinos y conocidos iban desapareciendo como por ensalmo un día sí y al otro también. Tenía tanto miedo Shostakovich que no dormía, cualquier crujido de madera lo ponía en pie y lo impelía a acercarse a la puerta, hasta que el ruido cesaba, los portazos y las botas remitían y el eco de los motores se perdía entre las calles. Hasta la siguiente noche. Así durante años. Lo asombroso es que pudiera componer.

De la misma manera que hay que ser padre para sentir el dolor de un padre, hay que ser víctima para sentir el dolor de las víctimas. Y por mucho que nos lo imaginemos no estaremos más que ante un mero diorama con lugares comunes y sentimientos impostados. Sencillamente, no se puede imaginar. No por eso hay que relativizar su sufrimiento ni su humillación. Algo que no ha habido que explicar cuando se trataba de víctimas del terrorismo pero que es todavía necesario explicar cuando se es víctima de la represión política y los abusos policiales.

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Los que no tienen razón a veces están en lo cierto

Nos hemos pasado media vida oyendo que el debate es elogiable, que la disensión es necesaria, que el intercambio de pareceres es enriquecedor, pero a la hora de la verdad vemos cómo el debate no es aceptado a no ser que sea confirmatorio, la opinión contraria mejor es dejarla quieta y el intercambio de pareceres queda recluido en el coleto. Predicar y dar trigo parece cosa de misioneros y almas de cántaro, lo que de verdad se exige en la praxis diaria es la unanimidad fanática, la lealtad ciega y el consenso por decreto. A la hora de la verdad lo que importa es un sí o sí sin fisuras, de grado o por la fuerza, voluntario o forzoso, como en la mili.

Después de tanta historia con el debate interno, en el momento en que hay que ponerlo en práctica los partidos implosionan. Este es el caso de las primarias, un carro al que los partidos con décadas a sus espaldas suben sin ningún convencimiento obligados por los que vienen por detrás empujando y que aún se pueden permitir ese lujo cuando sus estructuras de poder están en fase de consolidación. Pero aquellos que llevan años con estructuras de poder institucionalizadas, que están acostumbrados a predicar el diálogo y repartir la sucesión controlada, no saben donde se meten. O sí. 

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Un minuto de furia

GAC es el acrónimo de Grupo de Arte Callejero, un grupo fundado en 1997 en Argentina que elaboró en 2002 un mapa de la ciudad de Buenos Aires distinto. Acababa de cumplirse 25 años del golpe militar y el recorrido por la ciudad no daba testimonio, ni un rastro, todas las huellas borradas. Ocurre muchas veces. Quienes están desaparecen, pero su espacio de convivencia parece ser ocupado rápidamente por nuevos ciudadanos. Como si no hubieran existido, como si no hubiera ocurrido.

Una ciudad poco después de ser destruida se reconstruye y se repuebla. En una ciudad se secuestra, se tortura y se 'desaparece' y no hay una sensación de vacío. El silencio es el auténtico sudario de las víctimas. Los torturadores siguen en su sitio y el común de los mortales, los indiferentes, los ignorantes, los que se ponen de perfil, son el repuesto que rápidamente ocupa los huecos vacíos. Ocurre como con el agua, que detesta las simas que se le interponen, y rápidamente las ocupa como si tuviera prisa por recuperar la horizontalidad de su discurso. Es así cómo los mejores, los que se arriesgan, los que toman partido, son los que más papeletas tienen para desaparecer en todo conflicto y rápidamente quedan cubiertos por las aguas del olvido.

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El escuchador

Acaba de hacerse público que la CIA ha espiado durante décadas a la intelectualidad francesa y me he imaginado al cariacontecido funcionario-tipo de la agencia, con los auriculares puestos durante años, intentando desentrañar oscuros mensajes semejantes a psicofonías.

Tomémoslo con sentido del humor, que es algo muy necesario siempre, e imaginemos el reparto de escuchas en los maitines de la mañana. Imaginemos al aguerrido huno natural de Kansas y criado con montañas de tetrabrik brincando de alegría por haberle tocado en el reparto a Sartre; o al no menos aguerrido funcionario de Winsconsin que vuelve a su urbanización de las afueras con una guía de París y una foto de Foucault; imaginemos también al carioacontecido muchachote, lívido aún por la noticia, que recibe el más sentido pésame de sus compañeros por tenerle que seguir los pasos a Deleuze y Guattari.

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Tú que no puedes

'Tú que no puedes', dice el refrán, 'llévame a cuestas'. 

Algo tendrá el refranero que lleva siglos con los dichos a cuestas, nunca mejor dicho, y algo tendrá este refrán que hasta Goya le dedicó uno de sus grabados. Goya, el pintor al que, ya enajenado y cerca de la muerte, Moratín tuvo que ir a buscar hasta la frontera de Hendaya cuando quería volver a España en burro, podría haber dibujado su grabado hoy mismo si siguiera vivo. 

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Yo, de mayor, quiero ser bombero

Donald Trump tiene una bomba y la ha usado en Afganistán. Vladimir Putin chasquea la lengua y dice que tiene otra cuatro veces más potente desde hace 10 años. Si el uno tiene a la 'madre de todas las bombas', el otro tiene a la abuela o al 'padre de todas las bombas'. Estos macarrillas, que en condiciones normales no serían contratados ni para custodiar un lavabo en un aeropuerto, tienen en sus manos un gran poder destructivo y unas no menos grandes ganas de usarlo. Y alguien va a pagarlo, por desgracia.

Sin embargo, estos dos machos alfa con la despensa llena de juguetes destructivos no son personajes de cómic ni tienen gracia. Son reales, están vivos y son dañinos a escala planetaria. 

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