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Juan Rodríguez Teruel

Soy doctor en ciencia política por la Universitat Autònoma de Barcelona y profesor en esta disciplina en la Universidad de Valencia. Mis trabajos se han dedicado principalmente a las elites políticas y los ministros, los partidos políticos y la descentralización. Soy editor de Agenda Pública.
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El cambio no empieza en Andalucía

Con las elecciones andaluzas del 22 de marzo, se resuelve el primero de los interrogantes de este súper ciclo electoral.  A la espera de los análisis más detallados sobre los datos que proliferarán en las próximas horas, el veredicto de las urnas permite dilucidar ya algunos interrogantes que se han venido planteando en los últimos meses.

Resumen de titulares: gran victoria del PSOE, y en particular de Susana Díaz, descalabro del PP, irrupción exitosa de Podemos y Ciudadanos, hundimiento de IU y fracaso –quizá definitivo- de UPyD. Pero más allá de esta síntesis obvia hay algunas implicaciones quizá menos evidentes. Identifiquemos cinco puntos clave.

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GRÁFICOS: Por qué Podemos sólo habla de la casta

Aquellos que tratan de replicar o desacreditar la estrategia de Podemos de rehuir el debate izquierda/derecha y substituirlo por el conflicto anti-casta (los de abajo contra los de arriba) suelen recordar que este es exactamente el discurso propio de los populismos antiguos y modernos, y que con él se esconde el origen real del círculo dirigente de este proyecto, proveniente de la extrema izquierda anticapitalista. Que ambas ideas sean ciertas no resta eficacia ni racionalidad a la estrategia electoral de Podemos. En realidad, este partido trata de sacar el máximo rendimiento del peculiar contexto político en el que ha surgido, y demuestra haber sido muy hábil en actualizar la orientación atrapalotodo (catch-all) que debe ejercer todo partido aspirante a ganar las elecciones o convertirse en actor político relevante. En todo caso, lo que se podría reprochar o matizar es que esta apuesta de Podemos es arriesgada, y que resulta tan vulnerable que su triunfo solo podrá consolidarse si es capaz de destruir el sistema de partidos contra el que se ha rebelado. Podemos no puede aspirar solo a posicionarse entre el resto de partidos. Debe destruir el statu quo para luego poder reconstruirlo desde el centro y como arquitecto clave del nuevo edificio. ¿Por qué?

Como partido nuevo y ajeno al sistema de partidos existente, Podemos afronta dos obstáculos casi insalvables, que pocos partidos suelen superar: carece de recursos suficientes (especialmente grave para un partido creado desde la izquierda) y, peor, se encuentra con todos los ‘terrenos de caza electoral’ ocupados (o incluso sobreocupados). Algo propio de los nuevos partidos, entre los que (por cierto) no cabe situar a los integrantes de la coalición Syryza. El primer obstáculo (falta de recursos) solo se soluciona transitoriamente con el apoyo de actores con capacidad financiera suficiente o bien con la suerte casi propia de la lotería: así cabe entender el significado de las elecciones europeas de mayo de 2014, sin las que difícilmente hoy existiría Podemos tal como lo conocemos.

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La herestética en el debate sobre Cataluña

El debate soberanista ha adquirido una posición central en el panorama catalán desde hace más de una década, pero su predominio ha tenido efectos especialmente intensos en los últimos años, hasta el punto de que ha eclipsado completamente el resto de temas en un contexto de medidas impopulares (recortes, privatizaciones…) para afrontar la crisis económica.

Lo suficiente como para que esto haya permitido que los efectos los recortes del gobierno catalán o de la corrupción de CDC hayan repercutido menos negativamente en el apoyo al presidente Mas de lo que cabría esperar.

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Más de la mitad de los españoles no aceptarían las sátiras de Charlie Hebdo

La masacre perpetrada en la sede de Charlie Hebdo el pasado miércoles 7 de enero ha despertado una oleada de empatía con la causa de la libertad de expresión en Occidente sin apenas precedentes. La intensidad emotiva de las manifestaciones, el consenso mayoritario manifestado en las redes sociales y la reacción de condena mundial (incluido el rechazo de Hezbollah) muestran una repulsa general hacia lo que muchos han presentado como una atentado contra la libertad de expresión y contra una visión laica del mundo que sustenta los valores fundamentales de la democracia liberal. Ante esa agresión, la opinión pública occidental ha reaccionado al unísono en defensa de esos valores. Pero, ¿hasta qué punto esta defensa encendida de la libertad refleja realmente un apoyo unánime en el mundo occidental? ¿Nuestra adhesión a la tolerancia, a la libertad de expresión y pensamiento, y al respeto frente al disenso son realmente una convicción inexpugnable para los suicidas de París? ¿Estamos tan seguros de que ‘todos somos Charlie’?

Ya sabemos que la visión de lo sucedido es más compleja si se observa desde fuera de Occidente, como muestra el debate interno abierto entre diversos periodistas de Al-Jazeera. Incluso en las sociedades occidentales, como explicaba David Brooks, la corrección política creciente alimenta una autocensura moral que evita la necesidad de recurrir a la amenaza de la regulación legal. En ese ambiente, la sátira de Charlie Hebdo aparece más como una excepción marginal que como un patrón representativo de una mayoría social. Sin olvidar contradicciones más flagrantes, como el contraste entre la solidaridad de las instituciones españolas con el semanario francés y la expeditiva censura que El Jueves ha recibido por portadas menos sacrílegas.

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¿Por qué Rajoy nombra a Alonso ministro de Sanidad?

La llegada de Alfonso Alonso a Ministerio de Sanidad expresa implícitamente la voluntad del presidente de rectificar y reforzar la capacidad de comunicación y liderazgo políticos de su gobierno. Frente a los ministrables sugeridos por la prensa, con perfil más técnico y burocrático (en la línea de las dos incorporaciones precedentes de Catalá y García Tejerina), la capacidad contrastada de Alonso refuerza el ala política del gabinete. Y no porque aporte un perfil político distinto de Mato (al contrario, responden al mismo patrón político) sino porque Alonso, al igual que su predecesora, se aparta del modelo tradicional de ministro en este departamento. ¿Cuál es este ‘perfil tradicional’ de los ministros de Sanidad?

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GRÁFICO: ¿Cataluña va hacia la independencia o hacia la ingobernabilidad?

La  encuesta del GESOP para El Periódico publicada ayer plantea escenarios inéditos en el Parlament de Catalunya. Como todas las encuestas, se trata de una fotografía imperfecta del momento en que se realizó, no una predicción de lo que pasará. Pero los escenarios que sugiere van a condicionar las decisiones de los partidos en su competencia electoral. ¿Cuáles son los tres aspectos más relevantes?

Uno. Se vislumbra el Parlament más fragmentado de la historia, donde hasta 8 partidos podrían obtener representación parlamentaria: una fragmentación sin precedentes. Además, la suma de escaños de los dos partidos más importantes (que mida el grado de concentración de voto de unas elecciones) baja a un nivel inédito: 65 escaños. Lo nunca visto: que los dos primeros partidos juntos no alcancen mayoría absoluta. Si se confirmara este punto, para gobernar se necesitarían mayoría de, al menos, tres o cuatro partidos.

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¿Puede Artur Mas convocar unas elecciones plebiscitarias?

La idea de plebiscito se suele identificar genéricamente con un referéndum. Así que no hay formalmente elecciones plebiscitarias, sino elecciones que adoptan un cariz plebiscitario. Cuando Artur Mas anuncia su voluntad de convocar plebiscitarias, nos señala su aspiración de polarizar el debate electoral entorno a un único eje: la cuestión soberanista.

Implícitamente, esto significa arrinconar el resto de temas de la agenda electoral. En todo caso, podríamos preguntarnos cómo deberían ser las próximas elecciones catalanas para poder transformarlas en un plebiscito sobre la independencia.

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El dilema de Rajoy: ¿avanzar elecciones o resistir hasta el final?

Le legislatura se ha acabado. Es posible que los resultados de la encuesta del CIS no sean los que se acaben dando en las próximas elecciones generales. Pero para los partidos políticos, como si lo fueran. La posibilidad de realizar grandes acuerdos o de aprobar nuevas leyes se vuelve casi imposible en un contexto en el que casi todos los partidos temen perder posiciones o ser barridos por el torbellino político que parece estarse fraguando.

El deterioro de las expectativas electorales del partido gobernante sitúa al presidente Rajoy en el mismo dilema que vivió Zapatero a inicios de 2011: ¿avanzar las elecciones para evitar un mayor deterioro o bien mantener el calendario oficial a la espera de una mejora de las previsiones políticas y económicas?

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Esto no es Escocia: la incertidumbre política seguirá aumentando

Artículo publicado previamente en LSE EuroppBlog

En las últimas semanas, diversos comentaristas y periódicos anglosajones de prestigio han expresado su preocupación por la evolución de los hechos en Cataluña, y han reclamado al presidente Rajoy una solución política, más allá de la estrategia legal desplegada hasta el momento. No han escondido la inquietud que genera el creciente riesgo de inestabilidad en Cataluña y, por extensión, en el conjunto de España. Lo cierto es que la secesión continúa siendo un escenario improbable pero no imposible.

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Cómo los partidos han ayudado a polarizar el debate político en Cataluña (¿hasta perder el control?)

Uno de los ámbitos más intensos donde se dirime el ‘proceso’ a favor del referéndum/independencia en Cataluña es el de la legitimación. Como nos recordaba Manuel Arias hace unos días, la disputa ideológica entre legalidad y legitimidad es un aspecto crucial del proceso político catalán. Dos posturas tratan de explicar el origen del proceso. Por un lado, el relato del movimiento soberanista pone el énfasis en la indudable capacidad de movilización conseguida, y que ha hecho visible una demanda popular que surge ‘de abajo’, al margen de los partidos. Frente a esta versión, algunos medios madrileños han preferido pensar que todo se trata de una confabulación de la clase política catalana, de un Mas ‘enloquecido’ o de una reacción ‘burguesa’ para defender privilegios, ante una ‘mayoría silenciosa’ que sufre la dictadura nacionalista. Paradójicamente, esta versión de un elitismo simplista tiene mucho éxito entre los activistas y creadores de opinión favorables a la secesión, que la reutilizan y la exageran hasta lo ridículo a fin de realzar aún más la ‘verdadera’ explicación, la otra, la popular.

Preguntarse cómo hemos llegado hasta aquí no es un ejercicio banal, gratuito ni intelectualmente ingenuo. Si bien muchos querrán extraer de esa respuesta el grado de legitimidad real (absoluto para unos, nulo para otros) que posee todo lo que ha venido pasando en Cataluña desde septiembre de 2012, desde un punto de vista desapasionado y crítico tal pregunta tiene otro interés mayor: nos puede ayudar a intuir por dónde evolucionarán los hechos, más allá de los movimientos tácticos de trinchera que despistan al paciente observador medio. Saber cómo hemos llegado hasta aquí nos puede ayudar a entender cómo puede seguir de aquí en adelante.

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