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Maruja Torres

Nací en Barcelona en 1943, hija de inmigrantes. Lo cual implica que conocí la posguerra y, por ende, la pobreza, en un Barrio Chino: el Raval. Conocí la España franquista-falangista, la franquista-opusina, la sociedad catalana colaboracionista y la que, como podía, se resignaba o resistía. Me inicié en periodismo en 1964, en el diario La Prensa, que era del Movimiento: pétrea. Luego hice prensa del corazón -Garbo- y adquirí mi estilo escribiendo en Fotogramas, loca por el cine. Estuve en el equipo fundador de Por favor. Fui freelance.

Cuando la Transición me fui a buscar trabajo a Madrid, y entré en El País, primero como colaboradora y luego como columnista y redactora. He hecho periodismo cultural -y también de girl friday- y en conflictos, incluidas guerras. Pero creedme: nada más peligroso que una redacción potente llena de ambiciosos. En 1984 me fui de El País a Cambio 16, en donde empecé a viajar. Regresé a El País, con honores -a hacer, teóricamente, lo que quería-, en 1987. Oriente Próximo, América Latina, África. Y columnas de opinión, hasta que opiné demasiado.

Escribo libros y tengo algunos premios por mis actividades.

Contenta de estar en eldiario.es y en lo digital. También colaboro con Mongolia y Jot Down, porque me pirran por igual el futuro y el papel.

Vaya, venga, voy

Hay algo espléndido, germinal, en este estrépito con que se azotan las diferentes mareas en el Congreso, incluso aquella que, yerta, se queda varada en la orilla como un pez muerto, un pez con barba que observa boquiabierto a los jóvenes, con sus pelos y sus mochilas y su bebé. Eso es lo mejor: la profunda perplejidad del hombre que nunca estuvo allí para enterarse de lo que vale un peine, y que aún hoy no comprende la medida de la peineta que se le ha mostrado: menos de lo que queríamos, más de lo que esperaba.

Finales y comienzos se refrotan en el Hemiciclo, reaparecen personajes del pasado, se subastan sillones, nadie es perfecto y nada lo es tampoco, pero esto se mueve y vamos a ver: porque nunca la composición del Congreso ha sido tan variada. La parte buena es que ahora les conoceremos en la nueva acción. Y ellos verán.

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Lágrimas negras

Ese lagrimón, resbalando por el rostro oscuro del presidente Obama, trazando un riachuelo perfectamente definido, el llanto de un hombre bueno, podríamos decir. Cómo me gustaría poseer la ilusión necesaria para creer que no se trata de un truco, del recuerdo de una desilusión o un dolor infantil hábilmente evocado en un discurso; ni el producto de una mala digestión o de una pelea con Michelle, o de unas hemorroides repentinas. Porque, de entrada, me conmoví, con esa capacidad que aún conservo para el primer primor de político, pero que es como empezar una partida de ping-pong cuando ya tienes artrosis: devuelves bien el golpe inicial, con modos del ayer, pero en seguida el otro empieza a colarte tantos.

Y nos cuelan tantos.

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Conocí anuarios más felices

El privilegio de escribir un artículo en el día final del año se parece mucho, en los nervios que me provoca, a terminar un capítulo en un libro -de ficción o no-, ignorando qué voy a introducir en las páginas siguientes. Pero en un libro mando yo.

En la realidad, por desgracia, disponemos de un control mínimo. Mínimo en los acontecimientos, máximo -deberíamos- en la lucidez con que los examinamos.

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Fum, fum, fum

Fue mala idea elegir las vísperas de Navidad. Cada vez que Rajoy aparece en la tele en estos días de su primer invierno en cuatro años, saliendo al portal de Moncloa para recibir a un colega, le veo retrocediendo, como si caminara hacia atrás. Concretamente, hacia la extinción parlamentaria, como si fuera una figura del Belén cuyo modelo real sucumbió hace mucho tiempo a las sacudidas del medio ambiente. Como un anacronismo. No es que me preocupe, mejor dicho, me preocuparía que se quedara como estuvo; sin embargo, me interesa el proceso de reducción política de un ser humano al que estamos asistiendo. Tiene su morbo.

Lo suyo no ha sido una hostia como la que Barberá glosó autobiográficamente en las municipales y autonómicas -fue en mayo pasado, ¿lo recordáis? ¡Hemos crecido tanto!-, pero, de alguna forma, le ha convertido en alguien a quien una puerta de acordeón, de esas de ascensor antiguo, se va cerrando cuando él todavía no ha acabado de avanzar ni de retroceder, y le va apretujando hasta convertirle en un deferente punto de exclamación, pillado suave pero firmemente entre el hierro y el quicio, entre voy o vengo, entre salgo o entro, entre me estabilizo o ay que me  caigo.

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Después

Los avatares de la campaña han conducido al avatar de Mariano Rajoy a hablar en tono más pausado que de costumbre, utilizando una voz de víctima, y un tono muy bajo, monocorde, herido, de hombre noble que asiste, atónito, al linchamiento de su honor y el vilipendio de su fama. Este presidente indecentado que hallé el miércoles, al sintonizar a Pepa Bueno, me despistó tremendamente, lo cual que seguí escuchándole durante un par de minutos, hasta que, aunque mucho más cansinamente, se produjeron las ocurrencias de esto sí pero a lo mejor no pero si tampoco mire usted, que fueron cayendo, vacías, como pieles de gamba del mostrador a las baldosas. Era él, aunque en su nueva versión de llaga en el costado y corona de espinas, y me precipité a extinguir la radio porque, gente de mi vida, pese a todo reptileaba Rajoy como de costumbre en la pureza de la mañana, y yo tengo ya decididas mis aversiones.

Lo único que sé, por si os interesa, es que el país que deja, y que a lo peor recoge de nuevo -aunque con menos zarpas, o id a saber-, es infinitamente inferior, cualitativamente, al que recibió. Y que la gente que se ha quedado en la cuneta puede que él no la cuente, que ni siquiera la sienta, pero está aquí, más punzante su realidad que nunca en esta Navidad en la que quienes tenemos algo todavía pasamos lista una y otra vez para establecer las prioridades de nuestra solidaridad. Las penurias han alumbrado comportamientos fraternos pero también han dejado establecida a una nueva casta mezquina, de gente joven que explota a otra gente joven y se escuda en la crisis para cobrar comisiones por ayudarla a malvivir. Y ha dejado a personas que no quieren castigar la maldad perpetrada, ni que los mandamientos de la economía dominante hayan sido aplicados por abajo y con saña por quienes, gobernando, han visto en la crisis su oportunidad de revancha de clase.

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El chulo de la tercera edad

No solo somos más los españoles muy españoles mayores de 60 años, sino que nos morimos en más abundante cantidad, aunque -en mi opinión- no tanto como deberíamos antes del 20D. Lo cual quiere decir que los parranderos que le organizan la campaña a Mariano el Filósofo circulan absolutamente imparables y sobre ruedas. Le vamos a votar con fruición, parece, porque nosotros somos viejunos y todavía usamos expresiones como flipar y 'don’t bogart me' cuando queremos que nos pasen el canuto. Además, antes de extinguirnos, queremos elegir a un demócrata orgánico como los de la época en que Tony Leblanc era taxista y pretendía a Conchita Velasco con la plaza de España detrás y ese edificio que le han vendido a un chino junto con la primavera.

Lo confieso, forzada por mi fuerza vieja interior: votaré a Mariano, antes de morir como Edgar G. Robinson en 'Soylent Green', mientras contemplo crecer un cardo borriquero y escucho los balidos de una cabra autobiográfica.

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Pesadilla (tiene remedio) antes de Navidad

Tiene este joven y bravo diario la sana costumbre de proponer una porra electoral en la que pueden participar socios, lectores, redactores, colaboradores y pueblo llano en general. Tal como pintan las encuestas, cada una muy a su bola según las antipatías, me parece a mí que una porra supone una posibilidad de juerga y cachondeo, que es lo que vamos a necesitar, dependiendo de los resultados.

Esta columnista no va a participar. Y os lo explico. Soy maníaco-depresiva, en cuanto a pronósticos, y además sumamente porrasupersticiosa, lo cual quiere decir que, si saliera lo que yo temo -ni me atrevo a nombrarlo- me sentiría culpable, durante el resto de mis vidas, por contabilizar unos orgullos de ganatriz basados en la mala suerte de muchos de nosotros, incluido mi propio ser. Me da miedo acertar en mis funestas predicciones. Y nunca como en las cercanías temporales de las elecciones se me acercan tanto los heraldos negros, y más que nunca en esta ocasión tan malévolamente escogida para que se nos amarguen la lotería, la Navidad y hasta el Niño.

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Soy buenista

Ahora que los hombres de la guerra -incluidas no pocas mujeres- andan de nuevo sueltos, aunque sería cosa de preguntarse cuándo no lo estuvieron; ahora que suenen otra vez los tambores, aunque sea sin orden ni concierto, desafinadamente, como aullidos de cobardes ventajistas que por fin asoman la cabeza entre las matas; ahora que el concepto de cordura parece el nombre de una heroína del teatro victoriano asesinada por su padrastro. Ahora que demasiados sacan penacho y pocos muestran seso, quiero decir aquí que me siento muy orgullosa de pertenecer al bando del buenismo.

Porque si no comulgar con ruedas de molino, ni siquiera con manchados posavasos, es buenismo, sea bienvenido tal noble sentimiento, y allá sean confundidos los contrarios, los paladines del militarismo, del racismo, de la represión y, en definitiva, de ese ojo por ojo que siempre deja a todos tuertos y que siembra diluvios colaterales de los que recogemos estos lodos.

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Como una nota musical, limpia

-¿Compañeros? Hola, soy Maruja.

-….

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"La chanson des caganers"

Hoy tengo que confesar a la querida parroquia que sufro uno de los males transitorios -espero- más feroces que pueden atacar a un o una columnista: el arrasado de neurona por invasión de tema chorra, pero omnipresente, a la par que ingrávido. También llamado obstrucción de colu.

De veras, gente, estoy poseída, pero con muchas eses. Posssseída.

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