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Samuel Martín-Sosa Rodríguez

Doctor en Biología por la Universidad de Salamanca. Creció en un ambiente familiar de militancia antinuclear contra la fábrica de Juzbado y la minería de uranio, lucha que se hizo pronto extensiva a la defensa del medio ambiente en general, de la que fue partícipe desde muy temprano. Responsable de Internacional de Ecologistas en Acción desde hace más de una década, ha sido representante español, durante varios años, del European Environmental Bureau (EEB). Desde esos espacios desarrolla tareas de seguimiento de las políticas ambientales europeas. En el 2009 dirigió el documental Marcha Atrás (EcologistasTV), sobre el impacto ambiental de los vehículos 4x4. Ha colaborado con revistas y medios como Ecologista, Diagonal, ElDiario.es, Público, Planeta Futuro (El País), Ecología Política, La Marea, El confidencial, Números Rojos, Alternativas Económicas,  Viento Sur, Papeles, sobre diversos temas ambientales, incluyendo energía y cambio climático, emisiones contaminantes, política ambiental europea, uso de recursos,... Ha participado en la gestación de diversas alianzas europeas como la Resource Cap Coalition o la red europea Contra el Fracking.  Ha coordinado el libro "Resistencia Global al fracking" que visibiliza luchas contra esta técnica en distintos continentes. Dirige un curso de postgrado de FLACSO sobre cambio climático.

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Crecer sin contaminar

Un artículo científico aparecido este verano afirma que la probabilidad de no incrementar en 2ºC en 2100 la temperatura del planeta respecto al periodo preindustrial (cumplir con los objetivos de París de cambio climático de 2015) es de solo un 5%. Es un argumento más que desmonta el último (y efímero) triunfo dialéctico del capitalismo: haber convencido a unas cuantas esferas de la sociedad, algunos grupos ecologistas incluidos, de que se puede crecer sin contaminar.

Esta afirmación parte de una foto fija de corto recorrido mostrada en la figura 1. En ella, se observa cómo las emisiones de CO2 se han estancado desde 2014. Esto, mientras el PIB mundial creció a un ritmo del 2,6 % en el periodo 2012-2016 1. Sería por fin la materialización del tan teorizado desacoplamiento entre crecimiento e impactos reivindicado como posible por las voces más tecno-optimistas.

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Su futuro depende de las emisiones negativas y usted sin saberlo

Los gobiernos han fiado nuestro futuro climático a las emisiones negativas. Sin embargo probablemente usted no haya oído hablar nunca de ellas. No es de extrañar, dado que no han recibido apenas atención política o mediática. Es necesario por tanto arrojar luz sobre este asunto y es urgente hacerlo ahora. Vamos a intentar explicar por qué.

¿Que son las emisiones negativas?

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Acción Ecológica: Defender palmo a palmo la vida en Ecuador

Acción Ecológica es una organización ecuatoriana de reconocido prestigio internacional, querida y respetada por un historial de 30 años de trabajo en defensa de la naturaleza y los derechos humanos, sobre todo los de los pueblos más vulnerados. A finales de 2016 el gobierno de Rafael Correa inició los trámites administrativos para su disolución. Entre los argumentos oficiales para decretar el cierre se esgrimía que Acción Ecológica se desvía de los fines y objetivos para los que fue constituída o que Acción Ecológica se dedica a denunciar los impactos que el extractivismo tiene en Ecuador. Faltaría más. Precisamente es esa una actividad que encaja perfectamente en el objetivo para el que fue creada, como se puede comprobar en sus estatutos : la defensa de la naturaleza. Por tanto la notificación de cierre es ridícula y trata inútilmente de esconder una clara acción política de represión, silenciamiento de la disidencia e intento de domesticación de aquellos que se rebelan cuando los principios constituyentes son violados.

Afortunadamente, Acción Ecológica no está sola y su empeño y resistencia, combinada con el apoyo y presión solidaria dentro y fuera de Ecuador ha terminado forzando que el Ministerio del Ambiente rechace la pretensión del gobierno. Sin embargo, no es posible bajar la guardia. No se trata de un capricho coyuntural de Correa, sino que, mientras el modelo económico que se persiga sea el que se basa en el extractivismo y la expulsión de personas, el trabajo de Acción Ecológica o de organizaciones afines, seguirá siendo incómodo, molesto e inevitablemente confrontativo. Acción Ecológica se ha significado en la defensa de los pueblos originarios y, en concreto, en la del pueblo Shuar, que desde hace años está viendo amenazada sus superviviencia en el sur del país por la actividad de empresas mineras y petroleras. El avance del extractivismo en esa zona conlleva un acaparamiento y contaminación de tierras y agua que son una sentencia de muerte para esta comunidad, que vive en íntima relación con los bosque y los territorios ancestrales que habita. En los últimos años han muerto tres dirigentes Shuar, en unos acontecimientos no esclarecidos hasta la fecha y sin que se hayan encontrado culpables. Actualmente en la provincia de Morona Santiago el pueblo Shuar intenta resistir a los ataques del gobierno, que les ha expulsado de sus tierras ancestrales para permitir un mega-proyecto de minería de cobre a cielo abierto de la empresa china Explorcobres S.A., con una escalada de tensión en las últimas semanas que ha devenido en unos lamentables enfrentamientos con la policía con final trágico . El proyecto se encuentra en fase exploratoria y avanza a buen ritmo sin consulta previa ni consentimiento de parte de las comunidades afectadas, cuyos recursos legales y alegaciones son sistematicamente ignoradas por el gobierno. Es importante resaltar que Ecuador se encuentra inmerso en pleno período pre-electoral; a mediados de febrero el pais andino eligirá un nuevo presidente y el candidato oficialista lidera los sondeos. Es patente el nerviosismo porque proyectos mineros como el mencionado, salgan adelante. Y para ello el gobierno no está escatimando medios: ha procedido a una absoluta militarización de la zona, decretando el estado de excepción , que suspende derechos, intimida a la población local, realiza allanamientos colectivos y efectúa detenciones arbitrarias. Se suceden las denuncias de campesinos por violaciones de los derechos humanos. Todo con tal de tranquilizar a los inversores. Es muy significativo que el gobierno chino haya mostrado su preocupación por los enfrentamientos y haya agradecido al gobierno de Correa su rápida respuesta para controlar la situación. Acción Ecológica ha brindado apoyo y asesoramiento al pueblo Shuar durante años, en relación a los impactos ecológicos del extractivismo minero y su afección a los derechos humanos. Por tanto el cierre de Acción Ecológica es un castigo del gobierno, una represión en toda regla del ecologismo más político; aquel que da voz a las comunidades, a los “ecologistas pobres”, como diría Martinez Alier, que siendo los que viven en mayor armonía con su medio, son los más castigados por un modelo de desarrollo que les ignora y aniquila.

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Soy científico, no me meto en política

Dice Mikael Höök, ingeniero de la Universidad de Uppsala, que un investigador debe proporcionar los datos objetivos que observa en la realidad sin dar recomendaciones influidas por sesgos ideológicos. A este ideal aspiran en general la mayoría de los científicos. Hace unas semanas entrevistaron en la radio a un profesor de Bromatología de la Universidad de Córdoba sobre su investigación encaminada a estandarizar la receta del salmorejo cordobés, cuyo fin era concretar una referencia de sus aportes calóricos y nutritivos. En su investigación contó con la colaboración de la Cofradía del Salmorejo Cordobés, entidad dedicada a difundir las ventajas de este producto. Ante la pregunta medio en broma de si tras el estudio le habían nombrado Cofrade honorífico, el profesor contestó bastante serio que no, pues la independencia de la Ciencia le obligaba a mantener cierta distancia. Es una interpretación quizás llevada al extremo pues el componente político de recomendar o no la ingesta de salmorejo es de difícil argumentación.

Pero no tenemos que salirnos del campo de la alimentación para pensar en otro ejemplo bien distinto y por todos conocido que cuestiona la perseguida neutralidad axiológica de la Ciencia: la reciente carta abierta de los premios nobeles a la labor de Greenpeace y otras organizaciones ecologistas contra el cultivo de Organismos Modificados Genéticamente (OMGs). El daño que esta carta hace a la Ciencia, en una sociedad que de algún modo sacraliza la opinión científica, es irreparable, pues cualquier crítica será calificada de retrógrada. A riesgo de ello es preciso insistir en que estamos aquí ante un magnífico ejemplo de científicos metiéndose en política.

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El paripé europeo en el #AutoGate: no era solo Volkswagen

El VolkswagenGate, surgido a mediados de septiembre de 2015 tras una investigación estadounidense, provocó el reconocimiento por parte de la marca alemana de un fraude generalizado que afectaba a 11 millones de vehículos en todo el mundo. Pero pronto el escándalo se convirtió en el DieselGate, al comprobarse que modelos de otras marcas también presentaban niveles de emisión de óxidos de nitŕogeno (NOx) superiores a los permitidos. Y del DieselGate pasamos al AutoGate al descubrirse que existían casos en que también se veían afectadas las emisiones de CO2.

Los intentos de control de daños, circunscribiendo el engaño a una mala praxis puntual de una empresa, hacían aguas, y poco a poco fuimos descubriendo con estupor que la industria automovilística había estado engañando sistemáticamente, y lo peor de todo, que lo había hecho impunemente y al amparo de las instituciones y gobiernos encargados de controlarla y de protegernos. 

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La resistencia social ante los conflictos ambientales, más necesaria hoy que nunca

Los procesos de degradación ambiental y empoderamiento social corren en paralelo. A medida que aumentan el metabolismo social y los procesos extractivistas, se agrava consecuentemente la crisis ambiental  y los ciudadanos protestan contra dicha situación. Se visibiliza entonces también un creciente déficit democrático en lo relativo a las decisiones que afectan a los recursos o al medio en el que vivimos.  A pesar de la existencia de un marco formal de apariencia democrática, en el que existen canales para la información, la reclamación y la participación, nos hallamos en realidad ante un mero espejismo participativo. Permitir la participación implica ceder poder y capacidad de decisión. Sin embargo la crisis ambiental pone de manifiesto la existencia de una falta real de mecanismos de control social sobre los procesos que generan la degradación ambiental, sobre la gestión de los recursos o sobre las decisiones energéticas y la producción de residuos contaminantes. La toma de conciencia respecto a esta situación lleva unos años conduciendo a un empoderamiento social y comunitario que es hoy más necesario que nunca. A medida que se percibe de forma creciente que lo que mueve a las grandes corporaciones y a los gobiernos que las amparan, no es precisamente el bien común, crece la conciencia de que si la sociedad no toma las riendas para defender el agua, la tierra o el aire,... nadie lo hará.

Y prueba de este empoderamiento creciente de la sociedad está en la propia respuesta dada desde el poder. La protesta es cada vez más duramente reprimida. Cuando se fuerzan avances legislativos de protección en las escalas más inmediatas de gobernanza (principalmente a nivel local o regional), estos son revertidos por instancias superiores (nacionales o supranacionales) o amenazados por los acuerdo comerciales (como en el caso del TTIP), ignorando la voluntad popular. Y cuando la protesta se produce, esta se criminaliza y reprime. Se niega a las comunidades afectadas su derecho de autodeterminación e incluso el de consulta previa. Las protestas por cuestiones ambientales han ofrecido resultados antes impensables, tanto a la hora de concitar gente en las calles (recordemos las más de 300.000 personas en las calles de Nueva York en la marcha por el clima), como a la hora de forzar giros en las políticas (el movimiento por la desinversión fósil, o el rechazo de la administración Obama al oleoducto XXL son algunos ejemplos). Pero este movimiento se está volviendo como decimos, cada vez más autónomo, y a medida que avance la desobediencia civil avanzará previsiblemente la represión. Tras el sabor amargo que el Acuerdo de París dejó en la sociedad civil, y bajo la máxima de “desobediencia” durante este mes se están llevando a cabo en todo el mundo acciones directas contra los combustibles fósiles, desde ocupaciones en minas de carbón a bloqueos de cumbres de empresas energéticas.

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En Europa, el cambio climático llegará por tuberías y en barco

El escenario de cambio climático al que nos enfrentamos es vertiginoso y el tiempo de reacción realmente escaso. Los líderes mundiales se comprometieron en la cumbre de París en 2015 a mantener el aumento de la temperatura media mundial muy por debajo de 2 ºC con respecto a los niveles preindustriales. Para alcanzar este objetivo es necesario, según el Grupo Intergubernamental de Expertos para el Cambio Climático (IPCC, por sus siglas en inglés), conseguir una completa descarbonización de la economía. Tenemos que dejar de emitir CO2 y otros gases de efecto invernadero de larga prevalencia. Según Kevin Anderson, uno de los más reputados climatólogos a nivel mundial, esto pasa por un abandono inmediato de los combustibles fósiles y una revolucionaria transición en la forma en la que usamos y producimos la energía.

El próximo 22 de abril, coincidiendo con la celebración del día de la Tierra, tendrá lugar una ceremonia de alto nivel para la firma del acuerdo de París en Nueva York. Allí acudirán nuevamente líderes mundiales, cuatro meses después de alcanzar el Acuerdo, a sellar su compromiso con el mismo. A partir de ese momento, los países deberán comunicar a Naciones Unidas sus instrumentos de ratificación y los compromisos de reducción de emisiones. En nuestro caso, será la Unión Europea en bloque la que presente el compromiso, marcado en la estrategia 2030, de una reducción doméstica de emisiones del 40% respecto a los niveles de 1990, una contribución de las renovables de un 27% en el mix energético, y una mejora de un 27% en la eficiencia energética[1].

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El peligro anestesiante del acuerdo climático de París

Procrastinar es la acción de postergar las actividades que deben atenderse. Es un verbo que define bien la historia de la (in)acción política en materia climática. En 1979 tuvo lugar la Primera Conferencia Mundial sobre el Clima. Las emisiones de carbono de ese año fueron algo superiores a las 18 gigatoneladas (Gt). Casi una década después, se creó el Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC, por sus siglas en inglés). Las emisiones ya sobrepasaron ese año las 20 Gt. Después, durante más de 20 años de negociaciones climáticas para solucionar el problema, las emisiones nunca dejaron de aumentar. Tras cinco informes del IPCC, el mensaje sobre mitigación se ha fortalecido algo, pero en definitiva no ha cambiado mucho: necesitamos reducir drásticamente las emisiones. Sin embargo estas han crecido de forma imparable, hasta duplicarse en todos estos años.

El pasado diciembre se cerraba en París un acuerdo mundial sobre el clima. De forma paralela a las negociaciones una región del sur de la India sufría las peores inundaciones de los últimos cien años, afectando gravemente a la cuarta ciudad más importante del país, provocando muerte, hambruna y destrucción del tejido industrial. El número de muertos que el cambio climático ya provoca aumentará hasta los 250.000 cada año entre 2030 y 2050, según la Organización Mundial de la Salud.

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Una puñalada en el corazón de la bestia

En una suerte de empatía litúrgica, la llegada del final de 2014 trajo buenas nuevas, está vez en relación con la lucha contra el fracking. En noviembre, los habitantes de Denton, un municipio tejano de más de 100.000 habitantes, que bien podría reclamar el título de capital mundial de la fractura hidraúlica con sus más de 250 pozos fracturados hasta la fecha, resolvieron prohibir la técnica en las urnas, con un 59% de votos a favor. Hablamos de Texas, uno de los estados con mayor tradición petrolera donde durante décadas la convivencia con los pozos de extracción ha sido relativamente normal. Toda una puñalada en pleno corazón de la bestia. Texas ya había alumbrado meses atrás la primera sentencia judicial que obligaba a una empresa energética a indemnizar cuantiosamente a una familia, la de una valiente mujer, Lisa Parr, cuya salud se vió seriamente perjudicada por las actividades de fractura hidráulica.

Parece que algo se mueve en las entrañas del monstruo. Un elemento que está motivando estos cambios es que, a medida que los combustibles fósiles se agotan y hay que ir a buscar las gotas más sucias a capas más profundas y lugares más inaccesibles, la frontera extractiva se está mudando a la puerta de nuestras casas. Cerca de 15 millones de estadounidenses viven ahora a menos de dos kilómetros de distancia de un pozo de petróleo o gas. La ciudadanía está reaccionando. En primera instancia porque se pone en riesgo su entorno más inmediato. Pero también porque está adquiriendo progresivamente consciencia de que algo va mal en lo global, de que no tiene sentido este camino febril que al grito de “Perfora, chico, perfora”, agrieta el subsuelo de todo el planeta. Los combustibles fósiles no convencionales, extraídos mediante la técnica de fractura hidráulica, tienen una bajísima rentabilidad energética. Esto quiere decir que la cantidad de energía que se obtiene “en neto”, despues de todo el proceso, es el chocolate del loro. La productividad de los pozos declina abruptamente y a partir del tercer año prácticamente no se saca nada, lo que obliga a abrir pozos y más pozos, cientos cada mes, para mantener la producción. Cuando desde la Agencia Internacional de la Energía (AIE) o desde el Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC) se nos dice que debemos dejar la mayor parte de las reservas conocidas y probadas de combustibles fósiles en el subsuelo, uno se pregunta qué demonios hacemos buscando nuevas reservas, las más inaccesibles, las más caras y de peor comportamiento climático. Y encima con una hipoteca ambiental tan cara.

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