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London calling

El incendio y los atentados de Londres son el síntoma de nuestra sociedad enferma que está siendo devorada por un capitalismo caníbal.

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Londres es el cuerpo de un moribundo. La ciudad se descose cada día por un lado. Se le parte el corazón por un atentado yihadista, le arden los pulmones en el incendio de un edificio de viviendas y el hígado le revienta por otro atentado islamófobo. Parece que la hubiese mirado un tuerto pero no es una maldición: el incendio y los atentados de Londres son los síntomas de nuestra sociedad enferma que está siendo devorada por un capitalismo caníbal.

El fuego de la Torre Grenfell es el símbolo de la metástasis. Se produjo como resultado de una serie de catastróficas desdichas en las que se mezclan la pobreza, los recortes y la desregulación fruto del neoliberalismo. Este edificio modesto, habitado por familias de clase obrera y de inmigrantes, estropeaba las vistas del lujoso barrio de Kensington, por lo que se le dio un lavado de cara con un revestimiento que ha sido la causa de la rápida expansión de las llamas. El material utilizado para la reforma estaba prohibido precisamente porque es altamente combustible.

Además, la torre carecía de aspersores de agua porque el gobierno conservador, para no perjudicar a las constructoras, ha evitado durante años imponerlos por ley a pesar de las recomendaciones de los técnicos. Las familias habían presentado una veintena de quejas de seguridad al consejo de su distrito, también gobernado por los tories. Las desatendieron todas. Hace unos meses algunos vecinos denunciaron que las autoridades no reaccionarían hasta que no ocurriera una tragedia. La tragedia que finalmente ha sucedido.

Las cifras oficiales admiten hasta ahora 79 muertos pero las estimaciones son muy superiores porque aún hay muchos desaparecidos. En los 120 pisos se cree que vivían más de 600 personas, más de 5 por apartamento, hacinadas en esos agujeros que han prendido como cajas de cerillas.

Dickens en el siglo XXI. Pobres que han ardido por mejorar las vistas del barrio rico, ahorrarle dinero a las constructoras y quebraderos de cabeza al político de turno. Querían esconderle la escoria a la clase alta por cuatro duros y han acabado quemando vivas a decenas de personas. El columnista de The Guardian, Dawn Foster, lo ha definido como "una atrocidad política que habla de la profunda desigualdad del Reino Unido".

Habla de la profunda desigualdad del mundo en el que vivimos. La que enciende el islamismo radical dentro y fuera de nuestras sociedades. La que alimenta el Brexit y la xenofobia. La que ha disparado los delitos de odio en Inglaterra y ha matado a un musulmán y herido a una decena en un atentado islamófobo esta misma semana en la capital británica. Frente a este terror, nos salvan los gestos de solidaridad y tolerancia entre londinenses de raza, religión y clase social diferente. Esa es la respuesta a la llamada de socorro de Londres.

Londres nos llama porque llega el desastre pero no tengo miedo porque la ciudad se hunde y yo vivo junto al río, cantaba un descorazonado Joe Strummer en el London Calling de los Clash. ¿Podremos evitar que Londres se hunda y nos arrastre con ella?

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