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Elegir la guerra es renunciar a la paz

En el año 2016 los Estados eligieron gastar 1,69 billones de dólares a nivel mundial para financiar la guerra mientras podrían haber cumplido con su compromiso de avanzar en el cumplimiento de los Objetivos de Desarrollo Sostenible

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Charras, entre el sueño de la paz y la esperanza de subsistir sin coca

Fotografía de un niño que pasea con su bicicleta frente a la escuela de educación primaria de Charras (Colombia). EFE

Imaginemos que disponemos de 1,69 billones de dólares con los que se puede financiar la guerra o la paz. Si elegimos usar estos recursos para la guerra, el coste de oportunidad de esta inversión es la paz, su mejor alternativa disponible. Hay un dicho francés que lo explica muy bien: choisir c ’est renoncer (elegir es renunciar). Parece de cajón, pero realmente es así: elegir la guerra es renunciar a la paz.

En economía, el modelo “cañones versus mantequilla” hace referencia a la relación entre la inversión de un país en el ámbito militar o en el sector civil, y sirve para ilustrar el concepto de “coste de oportunidad”. A la hora de gastar sus recursos económicos escasos, en un país tienen que elegir entre producir cañones (los gastos militares), mantequilla (los gastos civiles) o una combinación de ambos, y toman esta decisión, en principio, a partir de los beneficios que pueda reportar a la población.

En el debate académico sobre “cañones versus mantequilla” existen dos escuelas que presentan argumentos y conclusiones radicalmente diferentes en cuanto a las implicaciones que tiene el gasto militar. Por un lado, la escuela neoclásica, generadora de gran parte de la literatura científica considera el gasto militar como una garantía de desarrollo -y en consecuencia garantía de seguridad y paz- al identificar una relación positiva entre el crecimiento económico y los gastos militares. Se podría decir que más cañones se relacionan con más mantequilla. Esta escuela defiende una idea característica del pacifismo económico, que sostiene que la paz mundial se puede alcanzar mediante acuerdos multilaterales entre Estados que permiten la libre circulación de personas, mercancías y capitales. Un ejemplo claro es el de la Unión Europea, que ganó el controvertido Nobel de la Paz por su “contribución durante seis décadas al avance de la paz y la reconciliación, la democracia, y los derechos humanos”. Sin embargo, aunque los Estados miembros no han conocido nuevos episodios de conflictos armados desde la Segunda Guerra Mundial gracias a la constitución de la Unión supranacional, sus fronteras militarizadas son, hoy en día, lugar de violación de derechos humanos diarios.

Por otro lado, la escuela pacifista sostiene que más cañones implican menos mantequilla, ya que el gasto militar desvía los recursos que se podrían utilizar para financiar sectores de la economía relacionados con la satisfacción de necesidades humanas básicas. Por ello, el gasto militar se puede ver como un factor de violencia estructural. Esta escuela no suele encontrar relación entre el gasto militar y el crecimiento económico, o si la encuentra es una relación negativa. El argumento del coste de oportunidad que representa el gasto militar para la paz se recoge de forma clara en la  Campaña Global sobre el Gasto Militar que exhorta los países a reducir sus gastos militares para financiar gastos sociales, y trabaja para cambiar el paradigma de seguridad militar hacia la seguridad humana.

Así pues, desde el punto de vista neoclásico, el modelo “cañones versus mantequilla”, ilustra cómo los Estados deciden gastar sus recursos finitos en base a los beneficios que les pueda reportar. El problema es que por beneficio se suele entender beneficio económico en forma de objetivo de crecimiento económico. Si los Estados ensancharan su comprensión del término desde una mirada ética, realizarían sus inversiones en base a beneficios verdaderos para la población, como la seguridad humana, la satisfacción de necesidades básicas, la felicidad y la paz. Así se entendería el real alcance del coste de oportunidad de derivar recursos –que siempre son escasos- al sector militar en lugar de la economía productiva en el sector civil.

En este sentido, el dilema presentado al inicio de este artículo no es inventado. En el año 2016 los Estados eligieron gastar 1,69 billones de dólares a nivel mundial para financiar la guerra mientras podrían haber cumplido con su compromiso de avanzar en el cumplimiento de los Objetivos de Desarrollo Sostenible: erradicar la pobreza extrema, combatir la desigualdad y la injusticia y solucionar el cambio climático, entre otros. Por ejemplo, un estudio de las Naciones Unida s pone en evidencia que para financiar la erradicación de la pobreza extrema y el hambre de aquí a 2030 hacen falta alrededor de 200 mil millones de dólares anuales, repartidos entre fondos privados y públicos. Estos últimos se alcanzarían con tan solo una reducción del 10% de los gastos militares mundiales. Hace tiempo que lo dijo Ban Ki-Moon, el secretario general de las Naciones Unidas: “The world is over-armed and peace is underfunded”.

Así pues, desde la perspectiva de la cultura de paz, en el debate sobre “mantequilla versus cañones” hace falta ir más allá. No podemos seguir analizando meramente la medida en la que el gasto militar afecta la economía. Es necesario conducir análisis empíricos sobre el impacto del gasto militar más allá de sus efectos macroeconómicos. Recordemos que es con estas partidas presupuestarias que se fabrican y compran armas y que por tanto el gasto militar tiene efectos directos en la violencia militar que se genera en el mundo. La verdadera pregunta que se tiene que plantear en el debate académico, parlamentario y público es: ¿Puede el gasto militar facilitar los conflictos armados, y por tanto ser un factor per se de inseguridad y de violencia?

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