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“Més que mai un sol poble”

Iustración de Silvia Alcoba

Andreu Mayayo

El restablecimiento de la Generalitat no fue fruto de la manifestación de la Diada de 1977, que a lo sumo le dio un empujón, sino de los resultados de las elecciones del 15 de junio, en las que las candidaturas que se esforzaban por el retorno de la institución y la elaboración de un nuevo Estatuto de Autonomía sumaron el 80 % de los votos. El Consell General de Catalunya aprobado por el gobierno, meses antes, quedó en papel mojado y el presidente Adolfo Suárez pasó página negociando el restablecimiento de la Generalitat, eso sí, presidida por Josep Tarradellas. La manifestación de la Diada del 2012 fue también muy importante, pero lo realmente trascendente eran los resultados de las elecciones del 25 de Noviembre. Sin una mayoría excepcional, como la reclamaba el propio presidente Mas, la travesía hacia Ítaca era una quimera.

El pinyol convergente confundió los deseos con la realidad. El error metonímico (tomar la parte por el todo) había desterrado la realidad de una Cataluña de identidades nacionales múltiples y compartidas golpeada brutalmente por la recesión económica, la estafa de los bancos y cajas, el aumento del desempleo y la precariedad laboral, el recorte y la privatización los servicios públicos... En los dos años de gobierno de CiU, las calles y las plazas de Cataluña se habían llenado también de cientos de miles de manifestantes -como el mismo 14 de noviembre, en medio de la campaña electoral, en la huelga general convocada por los sindicatos europeos- contra un gobierno que, incluso, aleccionaba el gobierno acerca del camino a seguir en materia de recortes. Sin embargo, no hay proyecto nacional sin proyecto social, aunque el nacionalismo interclasista a menudo esconda la cabeza bajo el ala como el avestruz. Muchos de los manifestantes de la Diada deseaban la independencia, pero también tirar de las orejas a unos gobernantes insensibles de los poderes económicos y financieros e insensibles a los estragos de la crisis entre los sectores populares y unas clases medias asustadas por la reculada.

El presidente Mas, deslumbrado por la arena paradisíaca de Itaca, no entendió el mensaje de los manifestantes que alertaban respecto una plenitud nacional que debía llenarse, prioritariamente, de regeneración democrática, de transparencia y de asunción de responsabilidades individuales y colectivas (de partido). No bastaba con alabar las excelencias del estado propio si, al mismo tiempo, no se limpiaba una federación salpicada por la corrupción política y con un montón de cargos electos y de partido imputados. Asimismo, faltaba una autocrítica, profunda y sin rodeos, sobre el funcionamiento de nuestras instituciones y de nuestra capacidad de gestión. Conviene tener presente que la desafección por la política y la rabia contra los políticos pavimenta la autopista al populismo y el fanatismo.

Aquí y ahora, el soberanismo del estado-nación es un anacronismo, además de poco deseable. Todo lo importante que afecta a nuestras vidas se decide en unos marcos internacionales, cada vez más amplios y cada vez menos democráticos; es decir, con poca capacidad de intervención, fiscalización y participación de los ciudadanos. La soberanía no la tenemos, ni la tendremos, ni Cataluña, ni España, ni Francia. Ulrich Bech afirma que en la actualidad la soberanía, entendida como la capacidad de modificar el estado de cosas presentes, sólo la podemos ejercer en el marco de la Unión Europea. De ahí, concluye el reconocido sociólogo alemán, la necesidad de desembarazarse lo antes posible de los paradigmas soberanistas de los estados-nación europeos para avanzar en la construcción política y democrática de las instituciones europeas.

La historia nos enseña que cualquier proyecto del catalanismo político no se puede hacer sin Europa, contra España y, sobre todo, fracturando la sociedad catalana. En 1977 teníamos a favor el viento europeo, habíamos sabido tejer complicidades entre las fuerzas políticas democráticas españolas (como el Pacto de San Sebastián entre republicanos y socialistas de 1931), habíamos ganado las elecciones generales (por goleada en el Senado con la Entesa dels Catalans) y la pancarta de la manifestación de la Diada pregonaba: «Més que mai un sol poble» (Más que nunca un solo pueblo). Hoy los vientos de la Unión Europea no son favorables a la secesión (como reconoce el propio presidente Mas), España no pondrá las cosas fáciles, los diputados independentistas quedan muy lejos de los dos tercios de la actual Parlament (la mayoría que nos autoexigimos para reformar nuestro Estatut) y un referéndum de carácter identitario puede acabar fracturando nuestra sociedad.

Lo que hoy disfruta de una mayoría bien amplia en el Parlament y la sociedad catalana es el derecho a decidir nuestro futuro colectivo. Debería, por tanto, evitar las tentaciones a favor de las declaraciones unilaterales de independencia o de lo que sea sobre todo aquello que le corresponde decidir de manera directa e intransferible al conjunto de ciudadanos y de ciudadanas de Cataluña en un referéndum claro, legal (por supuesto), vinculante (no de mascarada) y a partir de mayorías cualificadas. En este sentido, debemos rechazar, por sentido común y razón democrática, el compromiso de Oriol Junqueras de proclamar la independencia si ERC obtiene 68 diputados. A estas alturas es necesaria una alianza entre independentistas y federalistas, para conseguir complicidades en Europa y en el resto de España, mayorías electorales inequívocas y, sobre todo, cohesión social. Y rehuir, por favor, de la sombra alargada de 1714, que de ninguna manera puede determinar la agenda política del presente. Y puestos a celebrar, y no sólo a conmemorar, reivindiquemos sobre todo el próximo año el centenario de la Mancomunidad, a fin de reflejarnos en su obra de gobierno bien hecha.

Extracto del artículo L’error metonímic i l’error metafòric, publicado por Andreu Mayayo en la revista del Centre d’Estudis Jordi Pujol.

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