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¿Dónde está la izquierda federalista?

A las izquierdas españolas les ha costado asumir el federalismo y Catalunya no ha encontrado aliados

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El pasado Onze de Setembre un millón y medio de catalanes se manifestaron pidiendo la independencia de Catalunya. Seguramente este evento es el símbolo de que una amplia mayoría de la sociedad catalana ha cruzado el punto de no retorno respecto a su relación con España. Muchos factores han contribuido a ello, pero la inexistencia de una propuesta federal creíble en el seno de las izquierdas españolas ha restado viabilidad a la idea de una España plural, respetuosa con su composición plurinacional y plurilingüística.

Durante décadas el modelo federal ha sido mayoritario dentro del catalanismo, desde la izquierda comunista, al centro izquierda socialista, hasta el nacionalismo conservador. Es una solución óptima porque permite dar el estatus de nación y de estado a Cataluña, aumentando exponencialmente su autogobierno, manteniendo el equilibrio interno y las relaciones con España, de la que muchos se sienten parte. Pero los últimos años el centro de gravedad del catalanismo se ha movido hacia posturas independentistas debido a una sensación generalizada de incomprensión y también a la crisis conjugada junto al déficit fiscal.

En el 2005 el Parlamento catalán aprobó casi por consenso la propuesta de reforma del Estatut d'Autonomía, después de casi treinta años de una transición cerrada en falso que generó un Estado de las Autonomías que no ha transformado de raíz la concepción de España. En la propuesta de reforma, Cataluña apostaba por medidas federalizantes de matriz asimétrica, a la vez que se definía como nación, reforzaba el catalán como lengua vehicular de la administración y de la escuela y pedía un nuevo sistema de financiación, incluyendo también un conjunto de competencias que luego otras comunidades adoptaron en sus nuevos estatutos de autonomía. Aquí estaba el encaje de la nueva España.
El optimismo hacia el cambio de concepción del Estado finalizó al ver como el PSOE recortaba el Estatut en el Congreso, con el beneplácito tacticista del nacionalismo conservador catalán, y que la derecha española, que nunca ha abandonado el nacionalismo centralista, arremetía contra el modelo plurinacional recurriendo el Estatut al Tribunal Constitucional. Aquí empieza el fin de la viabilidad de España, con los hechos que seguirían (la sentencia del Tribunal Constitucional, los ataques al modelo de inmersión lingüística en las escuelas, y la incomprensión hacia el déficit fiscal que padece Cataluña) y con el silencio de las izquierdas federalistas.

Cuando la derecha ha negado las propuestas catalanas, no se ha encontrado unas izquierdas con una propuesta federal que defienda la realidad plurinacional, comprendiendo que Cataluña es una nación con capacidad de decisión porque así lo sienten la inmensa mayoría de sus ciudadanos. Unas izquierdas federalistas que trabajen para modificar la estructuración del estado y dar encaje a las distintas realidades. El hecho de que Cataluña no haya encontrado ninguna voz en España que la defienda, ha aumentado la sensación de incomprensión, desvaneciendo la idea del modelo federal, porque una federación es un acuerdo entre varios, y para pactar hace falta que ambos lo quieran.

A las izquierdas federalistas españolas les ha costado asumir el federalismo más allá de una palabra escrita en unos estatutos y quienes hayan asumido lo que significa, no han hecho ejercicios de pedagogía sobre la plurinacionalidad de España, sobre la legitimidad de que sus integrantes ejerzan su soberanía. Por así decirlo, no ha habido nadie con quien Cataluña pueda aliarse, esta omisión por parte de las izquierdas españolas viene acompañada por algunas características más allá del miedo a perder votos.

Muchos integrantes de las izquierdas españolas no han aplicado el viejo consejo de análisis concreto para una realidad concreta, con lo que han querido identificar España con el modelo de estado-nación con una sola clase obrera, entendiendo que la división en distintas construcciones nacionales es un intento de dividir a los trabajadores. No se ha asumido que las naciones, construcciones sociales todas ellas basadas en realidades culturales, lingüísticas y económicas, con divisiones de clase propias, no tienen porqué coincidir con la división estatal, y que la estructura del estado español no ha seguido la misma evolución histórica que las sociedades que la integran. Otros, no han querido hablar de naciones en tanto que al ser construcciones sociales son parte de la superestructura del sistema, sin darse cuenta de que la propia idea de España-Estado es la ampliación de la nación castellana al conjunto de los territorios estatales.

Otro tema que no ha ayudado para defender una propuesta federal es el diferente nivel de riqueza de las autonomías y la recaudación de impuestos. Cataluña genera unos importantes ingresos para el Estado que en parte no se reinvierten en Cataluña sino que se redistribuyen, cosa lógica en lo que se refiere a la solidaridad interterritorial. Lo que no es tan normal es que la parte que no vuelva sea excesiva, dejando a la región puntera con menos recursos que las demás regiones. Las izquierdas españolas, por mucho que sus feudos sean Andalucía y Extremadura, tierras maltratadas por la historia y sus clases acomodadas, deberían defender que los territorios no son clases sociales a las que se les pueda aplicar la lógica redistributiva sin más, sino que por lo menos deben restar en igualdad de recursos para desarrollar sus servicios públicos y atender a sus necesidades.

Estos y otros motivos han llevado a las izquierdas españolas, federalistas en su definición, a seguir por omisión los dictados de la derecha centralista, impidiendo el desarrollo federalizante del estado, generando una gran sensación de incomprensión en Catalunya. Todo ello, sumado a que las izquierdas federalistas catalanas no han sabido articular un modelo de construcción nacional propio y que el nacionalismo conservador catalán ha argumentado todos los males del país en relación a España, da por resultado que el grueso del catalanismo y una amplia mayoría social ya no ve posible el encaje.

Ricard Ribera Llorens, politólogo (@RicardRibera)

El pasado Once de Setiembre un millón y medio de catalanes se manifestaron pidiendo la independencia de Cataluña, seguramente este evento es el símbolo de que una amplia mayoría de la sociedad catalana ha cruzado el punto de no retorno respecto a su relación con España. Muchos factores han contribuido a ello, pero la inexistencia de una propuesta federal creíble en el seno de las izquierdas españolas ha restado viabilidad a la idea de una España plural, respetuosa con su composición plurinacional y plurilingüística.
Durante décadas el modelo federal ha sido mayoritario dentro del catalanismo, des de la izquierda comunista, al centro izquierda socialista, hasta al nacionalismo conservador, siendo este modelo una solución óptima porque permite dar el estatus de nación y de estado a Cataluña, aumentando exponencialmente su autogobierno, manteniendo el equilibrio interno y las relaciones con España, de la que muchos se sienten parte. Pero los últimos años el centro de gravedad del catalanismo se ha movido hacia posturas independentistas debido a una sensación generalizada de incomprensión y también a la crisis conjugada junto al déficit fiscal.
En el 2005 el Parlamento catalán aprobó casi por consenso la propuesta de reforma del estatuto de autonomía, después de casi treinta años de una transición cerrada en falso que generó un Estado de las Autonomías que no ha transformado de raíz la concepción de España. En la propuesta de reforma, Cataluña apostaba por medidas federalizantes de matriz asimétrica, a la vez que se definía como nación, reforzaba el catalán como lengua vehicular de la administración y de la escuela y pedía un nuevo sistema de financiación, incluyendo también un conjunto de competencias que luego otras comunidades adoptaron en sus nuevos estatutos de autonomía. Aquí estaba el encaje de la nueva España.
El optimismo hacia el cambio de concepción del Estado finalizó al ver como el PSOE recortaba el Estatut en el Congreso, con el beneplácito tacticista del nacionalismo conservador catalán, y que la derecha española, que nunca ha abandonado el nacionalismo centralista, arremetía contra el modelo plurinacional recurriendo el Estatut al Tribunal Constitucional. Aquí empieza el fin de la viabilidad de España, con los hechos que seguirían (la sentencia del Tribunal Constitucional, los ataques al modelo de inmersión lingüística en las escuelas, y la incomprensión hacia el déficit fiscal que padece Cataluña) y con el silencio de las izquierdas federalistas.
Cuando la derecha ha negado las propuestas catalanas, no se ha encontrado unas izquierdas con una propuesta federal que defienda la realidad plurinacional, comprendiendo que Cataluña es una nación con capacidad de decisión porque así lo sienten la inmensa mayoría de sus ciudadanos, unas izquierdas federalistas que trabajen para modificar la estructuración del estado para dar encaje a las distintas realidades. El hecho que Cataluña no haya encontrado ninguna voz en España que la defienda, ha aumentado la sensación de incomprensión, desvaneciendo la idea del modelo federal, porque una federación es un acuerdo entre varios, y para pactar hace falta que ambos lo quieran.
Las izquierdas federalistas españolas les ha costado asumir el federalismo más allá de una palabra escrita en unos estatutos y quienes hayan asumido lo que significa, no han hecho ejercicios de pedagogía sobre la plurinacionalidad de España, sobre la legitimidad de que sus integrantes ejerzan su soberanía. Para así decirlo, no ha habido nadie con quien Cataluña pueda aliarse, esta omisión por parte de las izquierdas españolas viene acompañada por algunas características más allá del miedo a perder votos.
Muchos integrantes de las izquierdas españolas no han aplicado el viejo consejo de análisis concreto para una realidad concreta, con lo que han querido identificar España con el modelo de estado-nación con una sola clase obrera, entiendo que la división de la cual en distintas construcciones nacionales es un intento de dividir los trabajadores. No se ha asumido que las naciones, construcciones sociales todas ellas basadas en realidades culturales, lingüísticas y económicas, con divisiones de clase propias, no tienen porque coincidir con la división estatal, y que la estructura del estado español no ha seguido la misma evolución histórica que las sociedades que la integran. Otros, no han querido hablar de naciones en tanto que al ser construcciones sociales son parte de la superestructura del sistema, sin darse cuenta que la propia idea de España-Estado es la ampliación de la nación castellana al conjunto de los territorios estatales.
Otro tema que no ha ayudado para defender una propuesta federal es el diferente nivel de riqueza de las autonomías y la recaptación de impuestos. Cataluña genera unos importantes ingresos para el Estado que en parte no se reinvierten en Cataluña sinó que se redistribuyen, cosa lógica en lo que se refiere a la solidaridad interterritorial. Lo que no es tan normal es que la parte que no vuelva sea excesiva, dejando a la región puntera con menos recursos que las demás regiones. Las izquierdas españolas, por mucho que sus feudos sean Andalucía y Extremadura, tierras maltratadas por la historia y sus clases acomodadas, deberían defender que los territorios no son clases sociales a las que se les pueda aplicar la lógica redistributiva sin más, sinó que por lo menos deben restar en igualdad de recursos para desarrollar sus servicios públicos y atender a sus necesidades.
Éstos y otros motivos han llevado a las izquierdas españolas, federalistas en su definición, a seguir por omisión los dictados de la derecha centralista, impidiendo el desarrollo federalizante del estado, generando una gran sensación de incomprensión en Cataluña. Todo ello, sumado a que las izquierdas federalistas catalanas no han sabido articular un modelo de construcción nacional propio y  que el nacionalismo conservador catalán ha argumentado todos los males del país en base a España, da por resultado que el grueso del catalanismo y una amplia mayoría social ya no ve posible el encaje.

Ricard Ribera Llorens, politólogo (@RicardRibera)


El pasado Once de Setiembre un millón y medio de catalanes se manifestaron pidiendo la independencia de Cataluña, seguramente este evento es el símbolo de que una amplia mayoría de la sociedad catalana ha cruzado el punto de no retorno respecto a su relación con España. Muchos factores han contribuido a ello, pero la inexistencia de una propuesta federal creíble en el seno de las izquierdas españolas ha restado viabilidad a la idea de una España plural, respetuosa con su composición plurinacional y plurilingüística.
Durante décadas el modelo federal ha sido mayoritario dentro del catalanismo, des de la izquierda comunista, al centro izquierda socialista, hasta al nacionalismo conservador, siendo este modelo una solución óptima porque permite dar el estatus de nación y de estado a Cataluña, aumentando exponencialmente su autogobierno, manteniendo el equilibrio interno y las relaciones con España, de la que muchos se sienten parte. Pero los últimos años el centro de gravedad del catalanismo se ha movido hacia posturas independentistas debido a una sensación generalizada de incomprensión y también a la crisis conjugada junto al déficit fiscal.
En el 2005 el Parlamento catalán aprobó casi por consenso la propuesta de reforma del estatuto de autonomía, después de casi treinta años de una transición cerrada en falso que generó un Estado de las Autonomías que no ha transformado de raíz la concepción de España. En la propuesta de reforma, Cataluña apostaba por medidas federalizantes de matriz asimétrica, a la vez que se definía como nación, reforzaba el catalán como lengua vehicular de la administración y de la escuela y pedía un nuevo sistema de financiación, incluyendo también un conjunto de competencias que luego otras comunidades adoptaron en sus nuevos estatutos de autonomía. Aquí estaba el encaje de la nueva España.
El optimismo hacia el cambio de concepción del Estado finalizó al ver como el PSOE recortaba el Estatut en el Congreso, con el beneplácito tacticista del nacionalismo conservador catalán, y que la derecha española, que nunca ha abandonado el nacionalismo centralista, arremetía contra el modelo plurinacional recurriendo el Estatut al Tribunal Constitucional. Aquí empieza el fin de la viabilidad de España, con los hechos que seguirían (la sentencia del Tribunal Constitucional, los ataques al modelo de inmersión lingüística en las escuelas, y la incomprensión hacia el déficit fiscal que padece Cataluña) y con el silencio de las izquierdas federalistas.
Cuando la derecha ha negado las propuestas catalanas, no se ha encontrado unas izquierdas con una propuesta federal que defienda la realidad plurinacional, comprendiendo que Cataluña es una nación con capacidad de decisión porque así lo sienten la inmensa mayoría de sus ciudadanos, unas izquierdas federalistas que trabajen para modificar la estructuración del estado para dar encaje a las distintas realidades. El hecho que Cataluña no haya encontrado ninguna voz en España que la defienda, ha aumentado la sensación de incomprensión, desvaneciendo la idea del modelo federal, porque una federación es un acuerdo entre varios, y para pactar hace falta que ambos lo quieran.
Las izquierdas federalistas españolas les ha costado asumir el federalismo más allá de una palabra escrita en unos estatutos y quienes hayan asumido lo que significa, no han hecho ejercicios de pedagogía sobre la plurinacionalidad de España, sobre la legitimidad de que sus integrantes ejerzan su soberanía. Para así decirlo, no ha habido nadie con quien Cataluña pueda aliarse, esta omisión por parte de las izquierdas españolas viene acompañada por algunas características más allá del miedo a perder votos.
Muchos integrantes de las izquierdas españolas no han aplicado el viejo consejo de análisis concreto para una realidad concreta, con lo que han querido identificar España con el modelo de estado-nación con una sola clase obrera, entiendo que la división de la cual en distintas construcciones nacionales es un intento de dividir los trabajadores. No se ha asumido que las naciones, construcciones sociales todas ellas basadas en realidades culturales, lingüísticas y económicas, con divisiones de clase propias, no tienen porque coincidir con la división estatal, y que la estructura del estado español no ha seguido la misma evolución histórica que las sociedades que la integran. Otros, no han querido hablar de naciones en tanto que al ser construcciones sociales son parte de la superestructura del sistema, sin darse cuenta que la propia idea de España-Estado es la ampliación de la nación castellana al conjunto de los territorios estatales.
Otro tema que no ha ayudado para defender una propuesta federal es el diferente nivel de riqueza de las autonomías y la recaptación de impuestos. Cataluña genera unos importantes ingresos para el Estado que en parte no se reinvierten en Cataluña sinó que se redistribuyen, cosa lógica en lo que se refiere a la solidaridad interterritorial. Lo que no es tan normal es que la parte que no vuelva sea excesiva, dejando a la región puntera con menos recursos que las demás regiones. Las izquierdas españolas, por mucho que sus feudos sean Andalucía y Extremadura, tierras maltratadas por la historia y sus clases acomodadas, deberían defender que los territorios no son clases sociales a las que se les pueda aplicar la lógica redistributiva sin más, sinó que por lo menos deben restar en igualdad de recursos para desarrollar sus servicios públicos y atender a sus necesidades.
Éstos y otros motivos han llevado a las izquierdas españolas, federalistas en su definición, a seguir por omisión los dictados de la derecha centralista, impidiendo el desarrollo federalizante del estado, generando una gran sensación de incomprensión en Cataluña. Todo ello, sumado a que las izquierdas federalistas catalanas no han sabido articular un modelo de construcción nacional propio y  que el nacionalismo conservador catalán ha argumentado todos los males del país en base a España, da por resultado que el grueso del catalanismo y una amplia mayoría social ya no ve posible el encaje.

Ricard Ribera Llorens, politólogo (@RicardRibera)El pasado Once de Setiembre un millón y medio de catalanes se manifestaron pidiendo la independencia de Cataluña, seguramente este evento es el símbolo de que una amplia mayoría de la sociedad catalana ha cruzado el punto de no retorno respecto a su relación con España. Muchos factores han contribuido a ello, pero la inexistencia de una propuesta federal creíble en el seno de las izquierdas españolas ha restado viabilidad a la idea de una España plural, respetuosa con su composición plurinacional y plurilingüística.
Durante décadas el modelo federal ha sido mayoritario dentro del catalanismo, des de la izquierda comunista, al centro izquierda socialista, hasta al nacionalismo conservador, siendo este modelo una solución óptima porque permite dar el estatus de nación y de estado a Cataluña, aumentando exponencialmente su autogobierno, manteniendo el equilibrio interno y las relaciones con España, de la que muchos se sienten parte. Pero los últimos años el centro de gravedad del catalanismo se ha movido hacia posturas independentistas debido a una sensación generalizada de incomprensión y también a la crisis conjugada junto al déficit fiscal.
En el 2005 el Parlamento catalán aprobó casi por consenso la propuesta de reforma del estatuto de autonomía, después de casi treinta años de una transición cerrada en falso que generó un Estado de las Autonomías que no ha transformado de raíz la concepción de España. En la propuesta de reforma, Cataluña apostaba por medidas federalizantes de matriz asimétrica, a la vez que se definía como nación, reforzaba el catalán como lengua vehicular de la administración y de la escuela y pedía un nuevo sistema de financiación, incluyendo también un conjunto de competencias que luego otras comunidades adoptaron en sus nuevos estatutos de autonomía. Aquí estaba el encaje de la nueva España.
El optimismo hacia el cambio de concepción del Estado finalizó al ver como el PSOE recortaba el Estatut en el Congreso, con el beneplácito tacticista del nacionalismo conservador catalán, y que la derecha española, que nunca ha abandonado el nacionalismo centralista, arremetía contra el modelo plurinacional recurriendo el Estatut al Tribunal Constitucional. Aquí empieza el fin de la viabilidad de España, con los hechos que seguirían (la sentencia del Tribunal Constitucional, los ataques al modelo de inmersión lingüística en las escuelas, y la incomprensión hacia el déficit fiscal que padece Cataluña) y con el silencio de las izquierdas federalistas.
Cuando la derecha ha negado las propuestas catalanas, no se ha encontrado unas izquierdas con una propuesta federal que defienda la realidad plurinacional, comprendiendo que Cataluña es una nación con capacidad de decisión porque así lo sienten la inmensa mayoría de sus ciudadanos, unas izquierdas federalistas que trabajen para modificar la estructuración del estado para dar encaje a las distintas realidades. El hecho que Cataluña no haya encontrado ninguna voz en España que la defienda, ha aumentado la sensación de incomprensión, desvaneciendo la idea del modelo federal, porque una federación es un acuerdo entre varios, y para pactar hace falta que ambos lo quieran.
Las izquierdas federalistas españolas les ha costado asumir el federalismo más allá de una palabra escrita en unos estatutos y quienes hayan asumido lo que significa, no han hecho ejercicios de pedagogía sobre la plurinacionalidad de España, sobre la legitimidad de que sus integrantes ejerzan su soberanía. Para así decirlo, no ha habido nadie con quien Cataluña pueda aliarse, esta omisión por parte de las izquierdas españolas viene acompañada por algunas características más allá del miedo a perder votos.
Muchos integrantes de las izquierdas españolas no han aplicado el viejo consejo de análisis concreto para una realidad concreta, con lo que han querido identificar España con el modelo de estado-nación con una sola clase obrera, entiendo que la división de la cual en distintas construcciones nacionales es un intento de dividir los trabajadores. No se ha asumido que las naciones, construcciones sociales todas ellas basadas en realidades culturales, lingüísticas y económicas, con divisiones de clase propias, no tienen porque coincidir con la división estatal, y que la estructura del estado español no ha seguido la misma evolución histórica que las sociedades que la integran. Otros, no han querido hablar de naciones en tanto que al ser construcciones sociales son parte de la superestructura del sistema, sin darse cuenta que la propia idea de España-Estado es la ampliación de la nación castellana al conjunto de los territorios estatales.
Otro tema que no ha ayudado para defender una propuesta federal es el diferente nivel de riqueza de las autonomías y la recaptación de impuestos. Cataluña genera unos importantes ingresos para el Estado que en parte no se reinvierten en Cataluña sinó que se redistribuyen, cosa lógica en lo que se refiere a la solidaridad interterritorial. Lo que no es tan normal es que la parte que no vuelva sea excesiva, dejando a la región puntera con menos recursos que las demás regiones. Las izquierdas españolas, por mucho que sus feudos sean Andalucía y Extremadura, tierras maltratadas por la historia y sus clases acomodadas, deberían defender que los territorios no son clases sociales a las que se les pueda aplicar la lógica redistributiva sin más, sinó que por lo menos deben restar en igualdad de recursos para desarrollar sus servicios públicos y atender a sus necesidades.
Éstos y otros motivos han llevado a las izquierdas españolas, federalistas en su definición, a seguir por omisión los dictados de la derecha centralista, impidiendo el desarrollo federalizante del estado, generando una gran sensación de incomprensión en Cataluña. Todo ello, sumado a que las izquierdas federalistas catalanas no han sabido articular un modelo de construcción nacional propio y  que el nacionalismo conservador catalán ha argumentado todos los males del país en base a España, da por resultado que el grueso del catalanismo y una amplia mayoría social ya no ve posible el encaje.

Ricard Ribera Llorens, politólogo (@RicardRibera)
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