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Estatuas a debate: las plazas públicas como espacios de memoria

"Las administraciones públicas deben tener por objetivo activar la transmisión colectiva y el debate ciudadano. Y para hacerlo después de décadas de silencio y de reconstrucciones de los relatos deben hacerlo de manera valiente con propuestas atrevidas que despierten las conciencias", sostiene Jordi Rabassa, consejero técnico del distrito de Ciutat Vella y miembro de BComú

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Shoah es un documental de 8 horas sobre el genocidio del pueblo judío a manos de los nazis, centrado en Polonia, que se presentó en 1985. Claude Lanzmann dirigió uno de los primeros documentales memorialísticos y pudo entrevistar a los protagonistas y los testigos cuando aún no había llegado al gran público el debate sobre las responsabilidades colectivas del exterminio. Por eso muchos de ellos se muestran desinhibidos y no responden atendiendo a lo que hoy consideraríamos "políticamente correcto". De entre los múltiples episodios impactantes, uno de los más perturbadores se da durante la cuarta hora del documental.

El director planta Simon Srebnik (Polonia, 1930- Israel, 2016) frente a la iglesia de Chlemno, que sirvió de almacén de judíos condenados a morir inhalando el gas de las salidas de humos de las camionetas de la muerte. El procedimiento se utilizó por primera vez justamente en el campo de Chelmno y era sencillo y macabro: se trucaban los tubos de escape de los vehículos para que entraran directamente en el remolque de carga repleto de judíos que no sabían donde iban.

El viaje tenía que ser lo suficientemente largo para que todos murieran intoxicados de respirar los humos del motor antes de detenerse y abrir las puertas que se habían cerrado herméticamente. Entonces los esperaba un pelotón de deportados que sacaban los cuerpos, los enterraban en la fosa común y limpiaba el remolque para dejarlo preparado para otro viaje. Algunas fuentes indican que los nazis asesinaron a más de 100.000 personas mediante este procedimiento en Chelmno.

Simon Srebnik era un niño cuando asesinaron a su padre al ghetto de Lodz, en la misma Polonia. Fue deportado a Chelmno con su madre, que fue asesinada en una de las camionetas de la muerte. Él fue un esclavo del campo que un par de veces la semana salía del campo y remontaba el río Ner con una embarcación de fondo plano, acompañado por el barquero y un oficial nazi para dar de comer a los conejos del regimiento hasta el final del pueblo de Chelmno, y durante la travesía le hacían cantar canciones folclóricas polacas. De vuelta, el SS le enseñaba canciones militares prusianas. La noche del 17 de enero de 1945 los nazis tenían órdenes de ejecutar los judíos que quedaban, también a Simon, pero por fortuna, en medio del motín que se desarrolló, pudo escapar. El niño cantor volvía al pueblo, y Lanzmann le plantaba delante del almacén de judíos que volvió a ser iglesia después de la segunda guerra mundial.

Simon delante del templo se queda mudo mientras menos de una docena de vecinos de cierta edad le rodean y aseguran sentirse muy contentos de verlo, porque creían que habría muerto. Recuerdan su voz y las canciones. Era muy delgado, dicen, y con grilletes en los pies. Detrás está la iglesia con la puerta abierta y se está oficiando una misa. Los vecinos y las vecinas explican que el templo estaba siempre rodeado por nazis, que no se podían acercar y que ni siquiera les estaba permitido mirar. Pero todos sabían que los asesinaban con el método de los tubos de escape, y recuerdan que había muchos judíos y que les hacían salir en grupos varias veces al día para subir a los remolques de las camionetas.

También tienen un recuerdo valioso: además de judíos había maletas... llenas de oro. Simon resta impasible, quizás incómodo, dando la espalda a la iglesia. Siguen diciendo que no podían acercarse porque los soldados nazis rodeaban la iglesia y, sin embargo, aseguran haber visto que dentro de aquellas maletas había oro, el estereotípico oro de los judíos usureros que el antisemitismo se había encargado convertir en una imagen popular desde hacía siglos y que los nazis habían recogido para justificar sus matanzas.

La escena se interrumpirá para ceder el paso a una procesión.

Cuando se reanuda Simon sostiene un cigarrillo en los labios. Parece inquieto, mirando a derecha y a izquierda. De vez en cuando suelta una media sonrisa. Ahora hay más vecinos, y comentan que un les daba comida. Lanzmann, rápido, detecta otra contradicción. ¿No habían dicho que había soldados que les impedían acercarse a los prisioneros? Ahora ya parece que no, y que el vecindario de Chelmno se acercaba fuerza. Simon, estático, asiente.

Cada vez hay más hombres y mujeres alrededor de Simon Srebnik y algunos le miran incómodos. El director pregunta por qué hacían eso a los judíos, es decir, por qué los exterminaban. Tras la contención inicial, algunos hombres responden ante el exdeportado que estaban condenados desde que habían matado a Jesucristo, y que el pueblo judío ya estaba preparado para el genocidio. Sin subterfugios. Parece que el resto de los vecinos están de acuerdo, y hay uno que incluso cuenta una anécdota al respecto de un rabino que refuerza la tesis antisemita y nazi. Simon, el niño esclavo cantor, de quien todos se alegraban de reencontrarse vivo sigue allí plantado escuchando que merecía aquella desdicha.

El ejercicio de Claude Lanzmann es provocativo y directo, y la actitud y predisposición de Simon es firme y muy valiente. No debía ser fácil prestarse a ser la clave para abrir las ventanas de la memoria. Lo que recordamos siempre es una construcción condicionada por el momento vital y social, y por los relatos hegemónicos. En Chelmno los recuerdos surgen de forma espontánea, y justamente por eso no hacen más que repetir estereotipos: primero se alegran de ver a Simon vivo, luego se contradicen y explican que sí tenían contacto con los prisioneros, más tarde recuerdan el oro de unas maletas que transportaban las últimas posesiones de los condenados a muerte, y finalmente justifican el genocidio. Todo ante los ojos de un superviviente, que hace de catalizador de la memoria.

Simon es mucho más que una estatua delante del templo. De pie en la plaza un día de fiesta se presta al juicio público. A formar parte de un experimento para despertar los engranajes que activan la memoria y que la hacen pública. Claude Lanzmann es implacable y el Simon Srebnik-catalizador, efectivamente, funciona. Los vecinos de Chelmno interaccionan con él, se sienten interpelados y reaccionan de manera contradictoria, haciendo un primer paso en la difícil tarea de expresar y ordenar los recuerdos en comunidad. Para hacerlo necesitaban la estatua. Los recuerdos de uno se confrontan con los de los demás y expresándolos en la plaza abandonan la esfera íntima para construirse, reconstruirse o deconstruir colectivamente.

Junto a las personas de mediana edad que rodean a Simon hay algunos jóvenes que miran y escuchan a los mayores. Se han acercado con curiosidad por la aglomeración y por la cámara. Hacen cara de no entender nada. Pero escuchan. Y seguramente es la primera vez que oyen hablar de Simon y la historia de las maletas llenas de oro. La plaza pública se convierte el espacio intergeneracional de transmisión de la memoria que los mayores han construido durante cuatro décadas de silencio.

Claude Lanzmann acaba la escena de Simon Srebnik en Chelmno con el hombre que justifica el genocidio con toda naturalidad, ante los chicos y las chicas. Siempre me ha gustado imaginar que, cuando dejaron de grabar, uno de esos jóvenes se acercó a su abuelo y le preguntó por Simon y por qué estaba aquella mañana delante de la iglesia de su pueblo. ¿Quién es este hombre? ¿Por qué ha venido al pueblo? ¿Cómo es que lo conocíais? ¿La guerra? ¿Qué es un campo de concentración? ¿Bombardearon el pueblo? ¿Y tú lo sabías? ¿Viste el oro de las maletas? ... Imagino algunos abuelos contestando conmocionados y confrontándose con su pasado y otros callando. Y los nietos atando cabos, cuestionándose algunas contradicciones, digiriendo los silencios y acercándose a su propio pasado por reconstruyéndolo y debatirlo individual y colectivamente.

Un activista para la recuperación de la memoria, y por supuesto las administraciones públicas, deben tener por objetivo activar la transmisión colectiva y el debate ciudadano. Y para hacerlo después de décadas de silencio y de reconstrucciones de los relatos deben hacerlo de manera valiente con propuestas atrevidas que despierten las conciencias. Como Simon y Claude en la puerta del templo de Chelmno.

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