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El libro, la lectura y el progreso

"Propongo que demos un paso más: el de hacer de este día un compromiso conjunto con la lectura que se extienda, también, por los restantes días del año"

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Libros

Leer forma parte de lo esencial humano. La lectura es mucho más que una posibilidad para invertir el tiempo de ocio. El alcance de esta actividad supera su naturaleza de herramienta de acceso a la información y hasta su condición de vehículo del conocimiento. El libro es mucho más que una opción de comunicación. Y el encuentro del libro con el lector dista mucho de ser un hecho individual aislado.

Todo ello se debe a que la lectura es una práctica reservada a las personas, que humaniza, que profundiza en nuestra dimensión moral, afectiva, espiritual, que ahonda en lo sustancial de cada uno de nosotros, por separado, y en conjunto, como grupo social, que contribuye a que conquistemos convicciones y a que preconicemos valores. Esto nos lleva a pensar en el libro como una de las grandes creaciones de la historia.

Puede seguirse el hilo del progreso humano tomando, como referencia, la importancia que las distintas civilizaciones han concedido a la actividad mental, al ingenio, al conocimiento. Si hacemos un ejercicio de ese tipo, nos daremos cuenta, enseguida, de que las civilizaciones más brillantes son aquellas que más importancia han dado a proteger ese tesoro espiritual que es el libro, al margen de su formato y de los componentes físicos de su soporte. 

Todo desarrollo tiene su germen en la memoria. Su conservación y cuidado constituye la base para cualquier avance con un calado que merezca el calificativo de histórico. Y es, en efecto, el libro, la idea cambiante y heterogénea de libro, uno de los puntales básicos en la evolución de la vida social.

El conjunto de estas razones son solo algunas de las que podemos aducir para ratificarnos en la lectura como una de las actividades más esencialmente humanas. La regulación de la convivencia, de la organización social y política, del ocio (en una de sus manifestaciones básicas) y hasta la expresión de los afectos y la conformación de los universales de la imaginación tienen, en el libro y en la lectura, sustentos insustituibles. 

Es evidente que el ejercicio intelectual es un rasgo que nos define como especie. Esa dignidad del hombre a la que se referían los humanistas del Renacimiento tiene un vínculo estrechísimo con la palabra impresa. Sin embargo, la cuestión no es exclusivamente antropológica, sino que tiene, también, componentes prácticos y morales extraordinarios, puesto que, en las materias clásicas del conocimiento, no solo residen las claves que permiten nuevos hallazgos que, a su vez, cambian la realidad, sino que esas mismas materias, custodiadas y protegidas en los libros, encierran la base de los principios, los valores y las convicciones que hacen que seamos cada vez mejores como individuos y que nuestro modelo de convivencia sea más integrador, más abierto, solidario y cohesionado.

No resulta extraño, pues, que algunos de los episodios de la historia teñidos de intolerancia y de barbarie se hayan asociado, simbólica y estratégicamente, con la quema y la prohibición de libros. Efectivamente, la restricción de acceso a la información y hasta los pretendidos procesos de reeducación en que el libro y la lectura han sido perseguidos nos revelan que son verdaderos antídotos contra la estupidez, la regresión y la maldad. 

Cada veintitrés de abril, dedicamos la jornada al libro y a la lectura, y, en ese marco, las actividades y las celebraciones proliferan, lo que es, sin duda, una magnífica noticia. Propongo que demos un paso más: el de hacer de este día un compromiso conjunto con la lectura que se extienda, también, por los restantes días del año. Esa es, sin duda, una de las llaves que abre la puerta a un futuro mejor.

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