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Que el miedo no menoscabe la democracia

Aquel país que implante un estado de excepción permanente para defender la democracia habrá dejado de ser democrático

La mejor respuesta que puede dar Francia a los terribles atentados de París no es emular el mal, sino volver a enarbolar los principios de la Ilustración

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La reforma constitucional se abre paso en Francia al calor del reciente y abominable atentado que sacudió París el pasado viernes. El objetivo: limitar los derechos fundamentales que están en la base de nuestros sistemas de democracia constitucional. Permitir que durante tres meses (¡más de noventa días!) la policía pueda registrar los hogares sin orden judicial previa o limar el ya de por sí exiguo derecho al secreto de las comunicaciones, sitúa al mismo ordenamiento constitucional en una posición de “suspensión” o de “excepcionalidad” difícil de encajar en buena lógica democrática. Los derechos fundamentales deben su existencia, precisamente, al hecho de no poder ser limitados, modificados o, cómo no, suspendidos, al albur de los hechos o circunstancias que agitan la voluntad cambiante de la opinión pública. No obstante, se dirá, estamos en una situación que justifica cualquier medida. Pero esta afirmación es la que, precisamente, está detrás de todos los comienzos totalitarios: que el Derecho, que nuestros derechos, claudiquen definitivamente ante la eventualidad o urgencia de las circunstancias.

En la República romana, cuando existía un serio peligro para la pervivencia del sistema y de sus instituciones, la propia República se "autodisolvía" y elegía un dictador ( dictator) para que, con poderes extraordinarios, hiciera frente al desafío y lograra recuperar el orden y la legalidad perdidos.

En las películas americanas de superhéroes, éstos siempre actúan al margen de la ley (Spiderman), cuando no son directamente perseguidos por la justicia (Batman). Y sin embargo, se consideran necesarios. Necesarios porque, para buena parte de los ciudadanos de los Estados Unidos (y ahora vemos, que también de Europa), la democracia, por sí sola y con los "débiles" instrumentos que tiene, no puede hacer frente al mal. A ese mal que en las películas se nos presenta como irracional, demencial, extraordinario, fuera de la normalidad de las gentes de bien... un mal casi infantil, ante el que nunca se muestran las causas sociales que pudieran fundamentarlo.

El superhéroe, como el dictador romano (cuyo paralelismo ya lo formula el personaje del Fiscal Harvey Dent en la película de Batman, El Caballero Oscuro), representa la excepción del Estado, la posibilidad de saltarse los procedimientos, las reglas, los derechos y la ley, cuando el mal se presenta en su más cruda realidad. El objetivo del héroe es combatirlo desde fuera de la democracia con el fin de preservarla. Esa posibilidad de excepción y de excepcionalidad, de poderes extraordinarios para tiempos también extraordinarios, no es otra que la que intenta justificar la existencia de Guantánamo, de leyes antiterroristas que vulneran derechos fundamentales o de sistemas de escuchas inconstitucionales.

Pero se olvida, claro está, de que en democracia los medios y los fines se confunden e identifican, y que aquel país que viva en una excepcionalidad permanente para mantener su sistema constitucional, ya no puede considerarse una verdadera democracia.

Francia, el origen además de buena parte de las categorías que vertebran nuestros sistemas constitucionales, no debería abandonar los principios que lo forjaron. París es la capital de la luz de la Razón, ahora atenuada, y de la Declaración de los Derechos del Hombre y el Ciudadano. Olvidarse de las verdaderas causas y de los orígenes del mal, aumentar la coacción criminalizando a una parte de la sociedad, imponer medidas de excepcionalidad, pervertir los derechos fundamentales hasta hacerlos irreconocibles y, todo ello, al calor del miedo, es algo para lo que la sociedades que quieren seguir llamándose democráticas deben estar preparadas. Quienes acuden a nuestras fronteras huyen de aquello que nos acaba de ocurrir, de ese desprecio a la vida que aún no ha sido erradicado en el mundo y que se parapeta detrás de intereses espurios a uno y otro lado del Mediterráneo.

El único medio para combatir el extremismo siguen siendo las armas de la educación, de la razón y del convencimiento, no las de la intolerancia y el odio que están en la base del integrismo. “El verdadero modo de vengarse de un enemigo es no parecérsele”, escribía Marco Aurelio hace casi dos mil años. La mejor respuesta que pueda dar Francia es la de volver a enarbolar, con más fuerza que nunca, los valores de la Ilustración que ella misma alumbró bajo las palabras de “Libertad”, “Igualdad” y “Fraternidad”.

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