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Javier Perianes dice que como pianista le quedan muchos "ochomiles"

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Javier Perianes dice que como pianista le quedan muchos "ochomiles"

Javier Perianes dice que como pianista le quedan muchos "ochomiles"

El onubense Javier Perianes (1978) es un artista "raro": le gusta "mucho" viajar en avión, le da alergia la fama y vive el día a día, a pesar de que tiene contratos firmados hasta 2018, pero, sobre todo, es humilde. "Como pianista me quedan muchos 'ochomiles' por escalar", compara en una entrevista con Efe.

Acaba de grabar el duodécimo disco de su carrera y el séptimo con el sello Harmonia mundi, "Edvard Grieg. Piano Concerto/Lyric Pieces", su segundo trabajo con la BBC, dirigido por el finlandés Sakari Oramo, y su debut con repertorio internacional.

El concierto de piano del disco, que se lanza mañana en España, es "uno de los grandes del repertorio y el más romántico de Grieg", el compositor y pianista noruego (1843-1907) que está considerado como uno de los grandes exponentes del romanticismo.

"Es uno de los 'greatest hits' -subraya- y una pieza muy cinematográfica. Tiene un punto explosivo y un punto melancólico. Mira al concierto de Schumann estructural y formalmente. Es todo un desafío, porque tiene una cadencia especial y es apoteósico", detalla.

Cuando uno toca solo, sin orquesta, en teoría, y solo en teoría, tiene más libertad, su propio tempo, pero es un poco engañoso porque tampoco hay "red".

"Estoy muy satisfecho con lo que sentí junto a la BBC y Oramo. Fue un regalo trabajar con ellos. Me sentí completamente libre. Se escucha la flexibilidad y el rigor de un escandinavo como él. Ha sido la conjunción perfecta: un finlandés dirigiendo la música de un noruego. No me he sentido ni preso ni muy condicionado, sino respaldado en cada momento", recuerda.

Perianes ha actuado en el Carnegie Hall de Nueva York, al que regresará en marzo de 2016; el Concertgebouw de Ámsterdam, Royal Festival Hall, Barbican y Wigmore Hall de Londres, o el Suntory Hall de Tokio, dirigido, entre otros, por Lorin Maazel, Michael Tilson Thomas, Daniel Barenboim, Zubin Mehta o Rafael Frühbeck de Burgos.

"Me quedan todavía muchos 'ochomiles' (las 14 cumbres del alpinismo) por subir. De momento, he hecho el Kangchenjunga (8.586 metros)", se ríe.

Al año que viene seguirá "escalando" y "poniéndose a prueba" con nuevos "picos" como la Sinfónica de Chicago, la de San Francisco o la Filarmónica de Viena.

"Si hace un año alguien me dice que estaría aquí, habría pensado que era una broma. No se qué ha pasado, pero sí sé que no ha sido una explosión sino algo paulatino. Creo que se trata de que un gerente de orquesta le habla de ti a otro y así", explica modesto.

Cree que no tiene ningún "toque personal" y que, si lo tiene, no debe ser él el que lo diga y, además, argumenta, "nunca habrá unanimidad".

Concede que, "quizá", sí sea algo característico suyo "el músculo, la potencia", pero el resto es tanto carácter como rabia, luz como oscuridad, "dulzura y crispación, decepción y locura".

"La música es la vida, y la vida no es rosa", resume.

No le gusta la etiqueta, ni saludar, ni la fama ni nada de "eso". Le gusta tocar "y ya", y por eso a lo mejor -especula- le divierten tanto los viajes en avión, porque durante seis horas puede estar sin móvil, a lo suyo, como en un "retiro", leyendo un libro de Landero o sobre el conflicto israelopalestino que tanto le interesa.

Quiere vivir "el día a día", disfrutar de lo pequeño y de lo grande y de lo que hace en cada momento; por eso, las tres únicas semanas que tendrá libres este año no hará "nada", es decir, no tocará ni una nota y se quedará "tan a gusto".

Su próximo disco estará dedicado a Turina y Quiroga; el siguiente lo hará con Estrella Morente y el siguiente será música de Schubert... "Tengo suerte, hago lo que me gusta y parece que a los demás les gusta. ¿Qué más puedo pedir?", se ríe de nuevo.

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