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El festival Gets Louder transforma a Santiago en la capital del metal

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El festival Gets Louder transforma a Santiago en la capital del metal

El festival Gets Louder transforma a Santiago en la capital del metal

Riffs pesados, un público fiel y una buena organización, el festival Gets Louder vivió este domingo su primera edición en Santiago, transformado por un día en la capital mundial del metal.

Con más de 40.000 fieles del metal llegados de toda Latinoamérica, el antiguo aeropuerto de Cerrillos recibió a Faith no More, la banda californiana, que cumplió con las expectativas como cabeza de cartel merced a la locura de su vocalista, Mike Patton, que entró al escenario en una silla de ruedas y con un bastón.

Pero esta histriónica entrada, que recordaba el retorno de Augusto Pinochet tras su detención en Londrés, no se alejaba de la realidad, porque Patton llegó a Chile resentido físicamente tras su presentación del pasado viernes en el festival Rock in Río.

Y le esperaba un escenario totalmente blanco, con arreglos florales y más de 35.000 espectadores amontonados en la explanada.

Cuatro años después de su último concierto en Chile, Faith no More abrió con "Motherfucker", de su nuevo trabajo, "Sol Invictus", lanzado en mayo pasado.

Mientras atardecía, los estadounidenses repasaron más de la mitad de su nuevo disco, pero sin olvidar clásicos de la banda como, "Epic", "We Care a Lot" e "Easy", canción original de Commodores.

Una de las sorpresas fue la versión en español de "Evidence", juno con la versión disco del clásico "Midlife Crisis", del disco "Angel Dust" de 1992.

La canción fue acompañada con una bola disco que transportó a los asistentes una imaginaria pista de baile, al más puro estilo de Studio 54.

Quizá no fue la mejor presentación de Faith no More en Chile (ya llevan nueve), pero como siempre sus seguidores quedaron felices.

Haciendo alusión al espíritu

Las otras dos agrupaciones que se pelearon el trono por ser el emblema del rock pesado de los últimos años 25 años en el Santiago Gets Louder fueron Deftones y System of a Down.

Los primeros, liderados por el carismático Chino Moreno, hicieron una partida rápida y seca, y convencieron rápidamente al poco exigente público que cayó al ritmo de "Diamond Eyes", la canción escogida para abrir su actuación.

La banda de metal alternativo se vio sólida, a pesar de la muerte de su bajista Chi Cheng dos años atrás.

El momento romántico de los metaleros lo otorgó Moreno cuando interpretó de la mano de una Gibson SG, la balada "Sextape", un tema no muy recurrente en sus conciertos y que el público supo agradecer.

Como anécdota quedará el momento en que Deftones cantó "I Could Just Kill a Man", canción de los padres del hip hop, Cypress Hill, y la introducción de la demoledora "Raining Blood", de Slayer.

Una sólida presentación que costó el sudor de Moreno, consecuencia de su hora y media de tocata y evidente sobrepeso.

Por su parte, System of a Down, cerró el festival con un repaso a su carrera y casi dos horas de presentación que lo llevó a tocar 30 canciones.

Al público no le importó que la banda haya estado alejada de los estudios desde hace más de diez años. Sus letras contra la guerra, la violencia, la política y el machismo fueron las más coreadas.

El vocalista oriundo de Armenia, Serj Tankian, se vio feliz y movido en el escenario, quizá por ello extendieron su presentación más del tiempo acordado por la productora. Espectáculo aparte fue el del bajista, Shavo Odadjian, bromista e interactuando con el público todo el tiempo.

System of a Down demostró por qué ha vendido más de 30.000.000 de disco alrededor de todo el mundo.

Desde primera hora, las bandas locales demostraron lo mejor de su repertorio, acompañado por los fieles asistentes que llegaron antes de la una de la tarde (16:00 GMT).

Cómo Asesinar a Felipes, una banda chilena producida por el bajista de Faith no More, Billy Gould, y que mezcla el rock con el jazz y el hip hop, reunió a más de 2.000 personas en un espectáculo de primer nivel tanto técnico como musical.

A diferencia de otros festivales multitudinarios, como el Lollapalooza, el público -que promediaba los treinta años- aparcó los estereotipos adolescentes, como las "selfies", los bastones y el variopinto colorido de la ropa.

El hangar escenario del festival daba la impresión de ser el garaje de una casa, donde tocan los amigos de toda la vida, y donde en vez aviones, había un mar de camisetas negras y largas cabelleras.

Acostumbrados los últimos días a las constantes réplicas del terremoto de 8,4 grados de magnitud en la escala abierta de Richter que afectó la zona centro norte del país, los asistentes del SGL nunca se enteraron si hubo alguna otra este domingo, inmersos como estaban en las vibraciones del contundente metal.

Por Cristóbal Chávez Bravo

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