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El abandono de La Fe o los intereses particulares al hacer ciudad

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La antigua Fe de Valencia

La antigua Fe de Valencia

En el diseño de una ciudad hay múltiples intereses, desde los de los vecinos a los de los promotores, aunque la relación entre el uso del espacio y la influencia sobre él no esté siempre equilibrada. Existen también diferentes visiones de la ciudad entre aquellos que la analizan e interpretan, y la forma en que la ciudad se observa acaba generando actuaciones muy diversas sobre ella.

Tradicionalmente ha existido una mirada reduccionista por parte de aquellos que han estudiado la ciudad: arquitectos centrados en el planeamiento, economistas que no ven más allá del nivel material de las vidas de sus vecinos, sociólogos preocupados exclusivamente en la diversidad y la desigualdad o políticos que solo buscan respuestas rápidas y efectistas.

La ciudad ha tendido a definirse desde la planificación, con el diseño sobre el plano, atendiendo a criterios técnicos y dejando de lado un análisis profundo de otras realidades o la voz de los propios vecinos. “Lo ideal sería que los planeadores pudieran basar sus proyectos sobre una información sociológica verificada en relación con cada uno de estos puntos, pero estos datos, por desgracia, no se encuentran fácilmente a mano” defendía Suzanne Keller en 1975 [i]. Afortunadamente se han producido increíbles avances desde entonces que permiten tener gran parte de esos datos en la mano , pero a pesar de ello siguen existiendo perspectivas reduccionistas con gran influencia y poder en nuestra ciudad.

En Valencia tenemos buenos ejemplos de planificación sin consideración previa de las necesidades, proyectos que se han sacado de la manga sin hacer un análisis profundo de la realidad social, demográfica o económica de un barrio o desoyendo a los vecinos. El ejemplo más reciente es la reordenación de la Marina Real, pero hay otros como el polémico plan de actuación sobre el Cabanyal o el irracional traslado del hospital La Fe.

Es difícil comprender que nadie se parase a pensar en los efectos que tendría amputar un gigante equipamiento como el hospital La Fe del lugar en que estaba instalado desde su construcción en 1969. Nadie pensó qué sería de los establecimientos que se nutrían del hospital, de las tiendas que vivían del frenesí que acompaña un centro tan grande como La Fe o un centro comercial como Nuevo Centro que aprovechaba el tirón del centro hospitalario; nadie escuchó las necesidades de los vecinos, no se tuvo en cuenta el desarrollo del sistema de transportes públicos que ya se había adecuado a la situación del hospital (metro, bus y tranvía en el perímetro cercano), ni se hizo una previsión de qué hacer una vez abandonado. Es asombroso pasearse en estos días por el lugar. En aquel sitio que siempre fue un bullicio de pacientes y médicos hoy reina el silencio. Un recinto que antes acogió a miles de personas ahora se ve reducido a tratamiento de enfermos crónicos, servicios ambulatorios y extracciones. Una sensación de abandono y despilfarro de recursos sobrecogen a cualquiera que se acerca.

Por suerte, en esta  ciudad hay quienes están dispuestos a investigar y esclarecer la realidad, y un grupo interdisciplinar como Fent Estudi al frente del cual se encuentran Sonia Sales, Aitor Varea,Isabel González y Eva Raga se han dedicado a analizar y reflexionar junto con ciudadanos sobre las consecuencias que está teniendo para los barrios cercanos el vaciado del centro hospitalario. A través de la observación, la medición, el debate y la entrevista han ido describiendo los efectos que el abandono del espacio está teniendo sobre el lugar. Las primeras conclusiones de su trabajo apuntan a consecuencias importantes sobre el mercado de alquiler de viviendas y garajes –muchas veces en situación de economía sumergida-, en el impacto sobre comercios y tiendas y, sobre todo, en la construcción de la idea de vecindario y en el imaginario del barrio.

Los autores advierten que tanto la Fe de Campanar como la de Malilla siguen un mismo planteamiento urbano al establecer los grandes equipamientos para los ciudadanos en la periferia de la ciudad tratando así de “revalorizar el suelo y generar el crecimiento físico, que sirve para construir viviendas pero no para hacer ciudad”. En este sentido, su tesis apunta a que a la hora de tomar las decisiones de la ciudad estas no dependen de las necesidades ni de la realidad social o económica, sino de intereses de desarrollo de la ciudad, que con elevada probabilidad van ligados a intereses particulares.

Resulta especialmente chocante que Valencia construyese en los últimos años uno de los hospitales más grandes del mundo. Esto se hizo en contra del criterio de los urbanistas opuestos desde hace tiempo al gigantismo de los equipamientos por el coste añadido que conlleva su gestión y por la dificultad que genera a la hora de mejorar la calidad de los servicios que prestan (Leal y Cortés, 1998 [ii]). Las grandes escuelas, hospitales y centros deportivos eran tendencia en la España de los años 60 y 70, pero para nuestra desgracia –y la de nuestros bolsillos- volvió a serlo en la última década.

A la vista está que el crecimiento de las ciudades no siempre responde a las necesidades de los procesos sociales o demográficos. Es imprescindible que el diseño de nuestras ciudades sea fruto de un reflejo amplio y multidisciplinar de la realidad urbana y que cuente con la participación activa de los vecinos. Con ello sucederían cosas tan elementales como que los equipamientos e inversiones respondan a las necesidades sociales y a los usos de los vecinos.



[i] KELLER, S. (1975). El vecindario urbano. Una perspectiva sociológica. Madrid: Siglo XXI.

[ii] LEAL, J. y CORTÉS, J. (1998). La dimensión de la ciudad. Madrid: Centro de Investigaciones Sociológico. (pp. 84 a 136)


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