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Tres relaciones entre diseño y uso

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'Macetero y planta o asiento con sombra'. Fotógrafo: David Estal

'Macetero y planta o asiento con sombra'. Fotógrafo: David Estal

Uno. Hace poco, un amigo me hablaba del colegio donde hizo la primaria. Ubicado en una parcela excesivamente pequeña, la construcción dejaba espacio apenas suficiente para una sola pista deportiva en la que, por evitar pelotazos dadas las apreturas, se prefirió instalar canastas en lugar de porterías. Aquel intento de imponer el deporte único a los niños fue infructuoso, en el patio se jugaba al fútbol tanto o más que al baloncesto. A diferencia de la cancha de baloncesto, delineada en el suelo, llana, regular y perfectamente acotada en el espacio del patio, el campo de fútbol se hacía con todo el espacio del que era capaz, aprovechando la diagonal del patio con la excusa de utilizar a modo de porterías un par de árboles y farolas que allí había. La pista resultante estaba minada de irregularidades y accidentes: Una de las porterías era sensiblemente más ancha que la contraria, en uno de los campos unos setos obstaculizaban el ataque y por otro lado quedaba un escalón que había que aprender a salvar ágilmente con el balón en los pies. Mi amigo me contaba que las desventajas provocadas por estas irregularidades se saldaban mediante un pacto reglamentario entre equipos. Podía darse entonces que los más desfavorecidos partiesen con varios tantos de ventaja, que los goles en la portería más estrecha valiesen por gol y medio o incluso que el jugador más desequilibrante fuese obligado a jugar descalzo como medida de compensación. Es decir, el juego y sus reglas eran moldeables según las condiciones existentes, cada encuentro exigía una contextualización y unas formas particulares, la negociación conjunta y el pacto acordado pasaban a formar parte del juego. Los jugadores inventaban un deporte nuevo en cada partido, un deporte propio que al mismo tiempo nunca dejaba de ser fútbol pese a renegar parcialmente de su diseño.

Dos. A la apertura del nuevo Jardín del Hospital, hubo quien criticó su cierta indefinición funcional. En concreto, la intervención más cuestionada fue la reconstrucción del perímetro de la antigua Capilla del Hospital. Ésta resulta en un espacio delimitado por un muro de ladrillo de metro y medio de altura que, con un único punto de acceso, acaba formando un culo de saco por debajo de la cota del jardín. Mientras el arquitecto Guillermo Vázquez Consuegra habla de ‘lugares para la memoria’, los vecinos lo tachan de ‘poco práctico’ sin entender para qué puede servir algo así. La primera vez que visité este jardín junto al MuVIM, entré en la huella de la capilla para encontrarme por sorpresa, en el fondo que ocuparía el altar, a dos niños que figuraban casar una pareja de perros. Desde entonces, cada vez que paso por el jardín me asomo sin falta por encima del muro. Las más de las veces está vacío, y de haber alguien, por lo general son parejas de chiquillos besándose o fumando a escondidas. También he visto a un indigente aprovechar la protección de uno de los recovecos a modo de vestidor y a una pandilla de adolescentes batallar entre ellos con mazos de gomaespuma y lanzas de madera aprovechando lo medieval del escenario. Asumiendo que la indeterminación de usos pueda generar problemas, no es menos cierto que esta imprevisibilidad también desvela nuevas posibilidades. Es reivindicable un diseño que no trate de solucionar de manera total las exigencias de uso, ya que esta pretensión acaba necesariamente coartando movimientos y convirtiéndose en imposición. Desde el diseño urbano, debemos dar libertad al uso ciudadano, entendiendo su espontaneidad como un valor y sus inacotables respuestas individuales como modos abiertos de participación en la ciudad.

Tres. No hay que caer en el equívoco de desligar el éxito o fracaso del uso del espacio de su diseño. Del mismo modo en que el uso puede responder ante carencias de diseño, también puede darse el caso de que un mal diseño acabe desterrando al uso. Por poner un ejemplo, esto ocurre en la Plaza del Centenar de la Ploma, un espacio infrautilizado reivindicado por diversos colectivos de Ciutat Vella y trabajado durante el curso ‘Narrativas del Espacio Público’. La relación entre la plaza, las viviendas, los bajos comerciales y el espacio libre que le está alrededor está tan desarticulada que, no sólo en conjunto, sino que tampoco por separado ninguno de los cuatro niveles acaba de funcionar del todo bien. Ocurre en multitud de proyectos de viviendas, particularmente en los de promoción pública desde el año 2000 en adelante. En paralelo a un repuntar en el debate de la vivienda de la noción de espacio colectivo y de la atención a las relaciones entre el espacio público y el privado, la normativa se hizo cada vez más férrea, encerrándose en la descripción técnica y programática, limitando el espacio a la investigación formal, ocupando más tiempo en cuadrar un sudoku de reglamentos que en pensar en cómo se viviría en aquellas casas. Así, se nos olvidó que el diseño de la vivienda debe dar soluciones tanto de puertas hacia adentro como hacia fuera. Un curioso ejemplo con el que establecer un paralelismo sería el Grupo San Jerónimo, situado donde la Avenida de la Constitución se curva tras encontrarse con Conde de Lumiares. Este conjunto inconcluso de casas es el único resultado del ‘Plan de Vivienda Modesta’, promovido por el Ayuntamiento a finales de los años 40 con la intención de alojar a los más desfavorecidos. Ejecutadas con un presupuesto estrictamente escaso, en ellas Goerlich echó mano de inspiración rural. La excepcionalidad de este conjunto en el entorno de Torrefiel-Rascanya deja sentir que hacer la vivienda a la medida de la calle es una oportunidad para hacer la ciudad a la medida de un modo de vivir.

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