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La ola de odio ultra sigue su curso en Alemania

La violencia de la extrema derecha afecta no solo a refugiados y extranjeros, sino también a políticos, sindicalistas y activistas de izquierdas

Hablamos con dos víctimas de atentados, la alcaldesa de Colonia y un sindicalista

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Manifestante perteneciente al grupo de los "rusos alemanes" con una camiseta con la inscripción "Merkel tiene que irse" durante la manifestación

Manifestación en Berlín de un grupo ultraderechista. Carmela Negrete

El aumento de la violencia de la extrema derecha durante 2015 y 2016 recuerda a las olas racistas de los 90 tras la reunificación. La división de la sociedad alemana es cada vez más patente. Mientras decenas de miles de alemanes trabajan como voluntarios para ayudar a los refugiados, la extrema derecha ha aumentado el número y la dureza de los ataques tanto verbales como físicos, no solo contra solicitantes de asilo, sino también contra políticas, sindicalistas o activistas de izquierdas.

Lo cuenta la periodista de investigación Andrea Röpke en su libro El anuario de la violencia de derechas (2017 Jahrbuch rechte Gewalt, en alemán) que acaba de publicar la editorial Knaur. No solo hace un buen análisis de esta situación, hablando de cómo la idea del neonazi con cabeza rapada ya casi no existe y de cómo muchas de las ideas extremistas están llegando al centro de la sociedad. La mitad del libro es un listado de ataques concretos.

Röpke se ha tomado la molestia de recoger no solo aquellos que aparecieron en las portadas de los diarios, sino también agresiones menores o que no llegaron a mayores de pura casualidad. 

La sociedad alemana tendrá que reponerse de algún modo ante la miríada de noticias muy impactantes que han tenido lugar en poco tiempo. El 11 de enero de 2016 un grupo de neonazis demolieron 10 locales de la calle Wolfgang-Heinze en el barrio de Connewitz en Leipzig. Una panadería, una peluquería, una óptica, una lavandería y una tienda de electrónica fueron destrozados por los nazis con bates de béisbol. Las personas presentes se refugiaron en el interior de los locales. O cuando pusieron una bomba en una mezquita en Dresde, sin que hubiera heridos. O el caso de un bombero voluntario que incendió junto con otro joven una casa en la que vivían siete refugiados sirios en el pueblo de Altena.

En febrero de 2016 el responsable de la policía de Leipzig llegó a alertar de que “en Sajonia domina un clima de pogromo que tiene una intensidad muy peligrosa”. Según él, los extremistas aprovechan el miedo de las personas de forma consciente para crear una histeria contra la política de asilo y justificar la violencia contra los refugiados. Clausnitz, Bautzen, Heidenau... hay una serie de nombres de pueblos hasta ahora desconocidos que de repente saltan a la prensa no solo alemana, sino también internacional por lo encarnizado de la situación.

Los cuchillos salen a pasear

La escritora Hertha Müller, premio Nobel de Literatura en 2009, exclamaba durante la recogida de un premio en la ciudad renana de Colonia que “primero salen los lemas de derechas a pasear y después, en algún momento, sale también un cuchillo a pasear”. La actual alcaldesa de dicha ciudad, Henriette Reker, que se presentó como candidata como independiente, aunque propuesta por la Unión Cristianodemócrata, la CDU, los liberales del FDP y los verdes de Die Grüne, se vio reflejada en dichas palabras: “Es lo que ocurrió en mi caso”.

La abogada de 61 años sufrió un brutal ataque por un ultraderechista durante la campaña electoral de 2015 al que solo sobrevivió por suerte “y buen tratamiento médico”, recuerda. “Ello ha reafirmado mi creencia de que Dios tiene algo importante planeado conmigo”. La política, que había sido jefa de sección de servicios sociales en el Ayuntamiento de Colonia, se había posicionado públicamente contra el racismo y la discriminación de los extranjeros.

Este fue el móvil que llevó a su atacante, Frank S., a clavarle un cuchillo en el cuello el 17 de octubre de 2015 mientras la candidata a alcaldesa se encontraba a pie de calle haciendo campaña electoral en un mercadillo, según la sentencia del juicio en el que se le condenó a 14 años de cárcel. Otra persona resultó herida de gravedad y tres más leves.

Colonia es una ciudad multicultural, como nos recuerda su alcaldesa: “Aquí viven más de 180 nacionalidades de forma pacífica y sin grandes conflictos”. Las imágenes de la infame nochevieja de Colonia de 2015, en la que cientos de mujeres fueron atacadas sexualmente “no ha vuelto a repetirse”, explica Reker, y añade que “da una imagen equivocada de la situación en Colonia”. Unos 5.000 ciudadanos y ciudadanas de la ciudad trabajan sin mayores problemas como voluntarios con los 13.000 refugiados nuevos que la ciudad ha acogido.

Henriette Reker, alcaldesa de Colonia. FOTO: Stadt Köln (Ayuntamiento de Colonia)

Henriette Reker, alcaldesa de Colonia. FOTO: Stadt Köln (Ayuntamiento de Colonia) Stadt Köln (Ayuntamiento de Colonia) / COLONIA

Para la alcaldesa, el aumento de intención del voto por el partido ultraconservador Alternativa por Alemania (AfD) es más inquietante en otras regiones de Alemania que en Renania del Norte-Westfalia. “Creo que las personas en nuestro Estado no son tan fáciles de convencer por las consignas de los populistas de derechas”. En todo caso, su fórmula contra la extrema derecha es clara: “Tenemos que buscar el diálogo con aquellos que creamos puedan emigrar del centro a la derecha de la sociedad”.

Sindicalistas atrapados entre dos aguas

Tratar de conectar con la población que se vuelve hacia la derecha política es también “una discusión que debemos llevar a cabo de forma interna los sindicatos”, explica Detlef Fendt. El jubilado trabajó durante 36 años en la empresa Daimler y gran parte de ellos fue representante sindical. “En algunas zonas de Sajonia algunos funcionarios sindicales no se atreven a hablar mal de Pegida porque saben que una parte de los trabajadores marchan en esas manifestaciones”, explica cuando le preguntamos si los trabajadores presionan a los sindicalistas para ser insolidarios con refugiados o extranjeros.

“Nuestros estatutos dicen que tenemos que fomentar la democratización de la economía y mantener las fuerzas radicales de la derecha fuera de las empresas”, sigue.

Fendt aún continúa activo dando cursos sobre la historia del sindicalismo, así como en el activismo político: “Cada vez que el (partido neonazi) NDP ponía su stand electoral en el barrio salía con un vecino a mostrarles nuestras banderas del sindicato IG-Metall y a gritarles que se fueran a casa”.

En enero, quemaron su coche. El motor del vehículo resultó completamente carbonizado. Esa misma noche fue incendiado también el coche del librero Heinz Ostermann, que tiene una librería con un buen catálogo de izquierdas en Neukölln. Unos pocos días antes, otro coche de una organización juvenil socialista era también carbonizado por desconocidos.

“La Alternativa por Alemania me recuerda a lo que los nazis hicieron antes de 1939”, explica Fendt en el salón de su casita con jardín, en el que hay un busto de Lenin y una imagen de Lutero. “Un programa que le viene bien al capital y un culpable”, continúa. “En aquel entonces eran los judíos y hoy son los extranjeros”.

Para Fendt el tirón de la extrena derecha no se debe tanto a que las condiciones materiales se hayan deteriorado y a la precariedad, sino más bien al “racismo y chovinismo”.

Una de las cuestiones que este viejo sindicalista y obrero ve con más preocupación es la creación de un sindicato propio por parte del partido Alternativa por Alemania. De la organización sindical AidA solamente se puede formar parte si se es miembro del partido. “Quieren atraer a las bases que marchan en las manifestaciones de Pegida para acceder a los consejos sindicales en las elecciones de 2018”. De este modo, los sindicalistas se ven presionados por la extrema derecha, perseguidos, amenazados y en algunos casos incluso atacados como le ocurrió a Detlef Fendt, pero al mismo tiempo tienen que lidiar con las tendencias internas de las empresas, en las cuales un número importante vota también a la derecha.

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