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REGIÓN DE MURCIA

La ausencia de la cuestión regional en los partidos murcianos

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No, los murcianos no somos los más españolistas de todo el Estado. Desterremos de una vez el tópico. Si nos atenemos a los datos publicados por el CIS en 2015, únicamente el 13,6% de los encuestados dijeron sentirse “sólo españoles” o “más españoles que murcianos”, opciones que podríamos considerar propiamente como “españolistas”, y que, sin embargo, ascienden al 18% en Aragón, y a un muy destacable 30,5% en la Comunidad Valenciana. Es decir, hay territorios donde existe una mayor identificación española como referencia identitaria única, ignorando la dimensión regional. Así que topicazo desterrado.

Cierto es que, a la par de ese españolismo, hay un 4,6% de aragoneses que se sienten más de su terruño que españoles o incluso sólo aragoneses, cifra que asciende a un 7,4% en el caso de los valencianos, por sólo un 2,2% de murcianos. Pero las diferencias porcentuales en este segmento son bastante menores que en el anterior.

De este modo, la tónica dominante en nuestra tierra sería la existencia de un considerable sentido de pertenencia regional no incompatible con el de españolidad (el 83% de encuestados se sienten “tan españoles como murcianos”, según el CIS), aunque usualmente se diga lo contrario. Y es que, en ocasiones, lecturas sociológicas erróneas confunden el poco peso de un sentimiento opuesto al español con la ausencia de una identificación con la propia región, planteamientos que serían completamente distintos y que, además, no se deducirían de los datos de la encuesta. Señalándose también una “ausencia de regionalismo” que no sería tal (al confundirlo con “nacionalismo”), como si no se pudiera ser regionalista y sentirse español al mismo tiempo –en la Comunidad Valenciana, Compromís recibió un 18% de votos en 2015 cuando los que se consideran sólo valencianos o más valencianos que españoles son sólo el 7,4%-.

Sin embargo, las susodichas conceptualizaciones sobre los murcianos, a fuerza de repetidas y no desmentidas, se han tornado en un apriorismo que influye en las más diversas cuestiones.

En el marco del debate territorial que estos días estamos viviendo, fruto de la crisis del Estado de las Autonomías como consecuencia del conflicto catalán, comienzan a ser planteadas diversas propuestas para su resolución que inciden en la cuestión regional, como la reforma plurinacional lanzada por Podemos.

Más allá de la interesada polémica mediática sobre el hecho de que Pablo Iglesias no mencionara en una conferencia en qué posición quedaría la Región de Murcia en el esquema general, lo cierto es que el líder de la formación morada, además de no situarnos en el grupo de las “nacionalidades” (de las que no formábamos parte con anterioridad), tampoco lo hizo en aquellas que disponen de –citamos textualmente- “sentimientos populares que reclaman formas jurídicas autónomas y reconocimientos simbólicos” –donde, paradójicamente, para Iglesias sí que estarían Aragón y Valencia-, así como tampoco en unas supuestas “comunidades históricas” donde recalarían Asturias o Cantabria (región que antes de 1982 ni siquiera existía).

Llegados a este punto, y siendo evidente que la historicidad de cada demarcación parece no determinar la consideración de Iglesias hacia las mismas, lo cierto es que esa clasificación tampoco derivaría en algunos de sus casos de una realidad sociológica, que –como hemos apuntado a través del CIS- no sería muy distinta a la nuestra. Por lo tanto, la explicación de la “ausencia murciana” y la pervivencia del tópico descrito se encontrarían más bien en un plano meramente político.

¿Qué presencia tiene la cuestión regional en los partidos murcianos? Es aquí donde en verdad radicaría el quid.

En el caso del PP, mientras que en otros territorios no ha rehuido a profundizar en esa dimensión de forma paralela a su conocido españolismo, los populares murcianos siempre se han demostrado acomplejados en lo territorial, por más que en su día levantaran la falsa bandera regionalista del “Agua Para Todos”. Reparos que son fruto de la herencia de una mayoría de dirigentes históricos provenientes de Alianza Popular –organización poco entusiasta de las autonomías, por más que Manuel Fraga acabara abrazando el galleguismo, al contrario que nuestros Calero y Valcárcel-, y que poseen en consecuencia una práctica institucional tremendamente sucursalista cada vez que el partido de la gaviota regresa a la Moncloa.

Pero, ¿cuál ha sido la posición de la izquierda murciana al respecto? ¿Acaso se ha diferenciado de la derecha como cabría esperar? Lo cierto es que no. Lamentablemente la cuestión regional tampoco existe para un progresismo que, a diferencia de tiempos pasados, no incide más allá de una lógica preferencia por la agenda social.

En parte ha ocurrido así tras ceder el campo de lo simbólico y de las tradiciones a una derecha reduccionista que se ha apropiado de los colectivos festeros y la religiosidad popular por puro interés electoral. Pero también, la ausencia de una agenda propia que ha derivado en más sucursalismo, incluyendo la falsa premisa de que la internacionalidad inherente al progresismo debe implicar el rechazo al más mínimo desarrollo identitario –tal y como escribía Luis Gallego en La Opinión-, como si fuera lo mismo el sano asturianismo de Izquierda Xunida d’Asturies que el peligroso supremacismo nacionalista de ciertos partidos catalanes y españoles.

Así las cosas, ni nuestra IU es la asturiana, ni el PSOE de aquí es como el valenciano, ni nuestro Podemos se parece al andaluz. Consecuentemente, tampoco contamos con una Chunta, un Compromís, o un PRC de Revilla a la murciana. Pero no recurramos al errado tópico para explicarlo. Preguntémonos mejor si no nos hemos dejado llevar por dos décadas de relato “valcarceliano” en lo regional.

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