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Nos gusta el fútbol

En la misma semana en la que Rajoy ha hecho su debut como analista deportivo hemos conocido que el PP se ha negado a que el presidente participe en un debate televisado junto a Pedro Sánchez, Albert Rivera y Pablo Iglesias.

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El cara a cara Rajoy y Sánchez, el 14 de diciembre en la Academia de TV

El cara a cara de Rajoy y Sánchez será el 14 de diciembre en la Academia de TV. | EFE

A veces da la impresión de que Rajoy es un sketch de los Monty Phython. De alguna manera, el periodismo español está viviendo la época dorada del columnismo de humor gracias al presidente, que ayer estuvo en la radio comentando la jornada de Champions. Yo no pude escucharlo -tampoco tenía intención, dios me libre, porque uno no se va a vivir al extranjero para oír al presidente de su país analizando la alineación del Madrid- así que no sé cómo terminó la cosa, pero imagino que tuvo que ser como para tener a los cronistas buscando adjetivos durante tres horas.

Mariano Rajoy, que se queja periódicamente de que su partido no consigue comunicar acertadamente sus éxitos, tiene una forma curiosa de dirigirse los ciudadanos. Ya sabemos que el Partido Popular considera que no es necesario que el presidente comparezca regularmente ante los medios de comunicación en ruedas de prensa con preguntas, seguramente porque el Partido Popular desconoce -o no quiere reconocer o sabe perfectamente- que los periodistas solo ejercen como correa de transmisión entre el poder político y la opinión pública y que no se le niega el derecho a la información a los periodistas sino a la audiencia, que es la verdadera depositaria de ese derecho.

Dejando a un lado las cuestiones jurídicas, que siempre resultan grises, esta semana en la que el presidente ha hecho su debut como analista deportivo también hemos conocido que el Partido Popular se ha negado a que Rajoy participe en un debate televisado junto a Pedro Sánchez, Albert Rivera y Pablo Iglesias para hablar de sus propuestas antes de las elecciones del 20-D.

Resulta inquietante que nuestros políticos hayan encauzado sus esfuerzos comunicativos hacia una concepción de la democracia que reduce las elecciones a un concurso de popularidad y campechanía en el que gana el que sonríe más. Y todavía resulta más inquietante la posibilidad de que acierten.

En realidad, la estrategia del PP tiene sentido. Hasta donde yo recuerdo, Mariano Rajoy ha participado en tres debates y ha salido trasquilado en dos. En un debate a cuatro, tres contra uno -otro día podemos hablar de la ausencia de Izquierda Unida y de Alberto Garzón, que se queja, con toda la razón del mundo, de que se deje fuera de foco a un partido que obtuvo más de millón y medio de votos en las últimas elecciones generales- el presidente tiene mucho que perder y casi nada que ganar. Para estas cosas está la vicepresidenta, que ha ido cogiendo tablas y cara de Plan B a lo largo de la legislatura. Quien lo considere una dejación de funciones no ha visto bailar a Soraya Sáenz de Santamaría en El Hormiguero.

Rajoy irá a lo clásico: debate a dos bandas con Pedro Sánchez en TVE, donde los sustos y el riesgo se minimizan. Lo que sigue llamando la atención es lo del fútbol. Alguien en el Partido Popular debe de pensar que los españoles creemos que lo que necesitamos por encima de todo en estos momentos es un presidente que sepa de fútbol. Se dice incluso que la idea es del propio Rajoy, cuya afición al deporte y al Marca es de dominio público.

Lo que resulta inquietante es que nuestros políticos hayan encauzado sus esfuerzos comunicativos hacia una concepción de la democracia que reduce las elecciones a un concurso de popularidad y campechanía en el que gana el que sonríe más. Y todavía resulta más inquietante la posibilidad de que acierten. Porque tal vez Rajoy acierta y nosotros estamos equivocados. Tal vez entre un debate aséptico con preguntas pactadas y tiempos medidos y una noche de Champions con el Madrid, el Atlético y el Sevilla jugándose el pase a octavos los ciudadanos lo tienen igual de claro que el presidente. Lo que importa es el fútbol. En el mejor de los casos habremos perdido un presidente para ganar una estrella de la radio.

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