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Hay humos y humos

No todas las noticias reciben igual tratamiento en la prensa, y en ocasiones la elección por una u otra responde a fines realmente extraños.

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Imagen del incendio de Seseña / Ismael Herrero

Imagen del incendio del vertedero de neumáticos de Seseña. | Ismael Herrero - EFE

Hace menos de una semana un pequeño páramo toledano empezó a arder. Solo que no era, al menos ya no era, exactamente un páramo. Al contrario, de donde brotaba el humo, negro y espeso como chicle de alquitrán, era de un cementerio de neumáticos. Como si las cubiertas se murieran. Como si, en el caso de que efectivamente fallezcan, lo más pertinente fuera apilarlas unas encima de otras, cual si de una pesadilla de madrugada se tratase. Recuerdos de lo que fue, de lo que será.

Aquello ya no era un páramo, al menos no cuando se puso a arder. Allí, junto a la montaña negra de no-carbón se alzaba una urbanización. Un pueblo, más bien. Monstruosa, ciclópea. El sitio perfecto donde someterse a una experiencia distópica, donde sufrir un mal viaje de ácido. Colmena vacía, cristal y cemento, desierto de tártaros, o vecinos, vaya, que nunca llegan. Que nunca llegarán. ¿Recuerdan aquella ardilla que cruzaba España de bosque en bosque? Pues ahora podría hacer lo propio de urbanización desorbitada en urbanización desorbitada. O lo haría, si siguieran existiendo ardillas donde ahora hay pisos, y bloques, y manzanas, y barrios, y hasta zonas verdes que vienen a cubrir lo que antes era campo, que es una zona verde, sí, pero como no es comercializable parece menos verde, menos práctica. Algo de hippies, de melenudos, ustedes me entienden.

Hubo un tiempo (un tiempo que es todos los tiempos, que es ahora, que fue antes, que seguirá siendo… pero que floreció con más vigor hace unos años) hubo un tiempo, digo, en que los grandes artistas eran los constructores. Esa mezcla tan ibérica de hombre hecho a sí mismo, autosuficiencia, chulería y un puntito de aspecto hortera. Por el qué dirán. Personas que domeñaban voluntades con la facilidad de quien pisotea una colilla en mitad de un bosque reseco, y que pisoteaban colillas en mitad de un bosque reseco con el mismo desparpajo con el que, meses después, inauguraban su nuevo complejo residencial, todo incluido, donde criar a niños que serían, sin duda, los líderes del mañana.

En ese reino de la iniquidad una persona empezó a adquirir un aura casi mágica. Le llamaban Paco el Pocero, porque los milagros tienen nombres campechanos, sin apellidos compuestos, y era el más de entre los más. El más inculto del pelotón de los incultos (se decía que había aprendido a leer bien avanzada su vida, y que verlo con un libro era más difícil que mantener una zona protegida alejada de su colmillo anhelante), el más ambicioso de los ambiciosos, el más forrado de entre los arribistas. Donde el resto se escudaban en siglas de empresas él daba la cara, ponía su mejor sonrisa, contrataba al ínclito y tenebroso Urdaci como jefe de prensa. A mejorar su imagen, dijo que llegaba el periodista. A mostrar al mundo la enorme humanidad que escondía aquel hombre con un sueño.

Porque Paco, el Pocero para amigos y sirvientes (enemigos parecía no tener), tenía un sueño, que es lo que tienen los seres realmente especiales, aquellos para quienes un plan se queda pequeño. Paco, el Pocero, paseaba un día por la llanura manchega, y encontró algo a faltar. Era como si el paisaje se hubiera vaciado, como si algún dios insolente lo hubiera vuelto del revés. El Pocero no era muy amigo de las metáforas, pero en su piel entrenada para el chollo latía el espíritu del inconformismo. Y entonces se dio cuenta. Clavó su vista en el horizonte y comprendió.

Allí, en aquel terreno reseco y casi virgen, faltaban pisos. Eso es lo que volvía anodino el mirar. La ausencia de edificios, de fabulosas viviendas unifamiliares, de chalets pareados, de barrios enteros donde desarrollar una vida lustrosa a apenas unos minutos de Madrid, oigan (hora arriba o abajo, que la concreción es cosa de intelectuales), donde poder tener al alcance de la mano todos los servicios (cuando se abran), todas las comodidades (cuando se construyan), todos los, sí, anhelos de cualquier españolito de clase media. Hasta de clase baja, atiendan, que ahora los bancos las hipotecas las regalan, se lo digo yo, las re-ga-lan.

El otro día, dijimos, ardió un cementerio de neumáticos cerca de ese sueño del Pocero, que ahora mismo tiene más de castillo de arena que de hábitat humano. Un cementerio, un desguace, gestionado por una empresa opaca, creada apenas unos meses antes en un país africano. Todo muy de aquí, como pueden ver, todo muy 'chic'. Y allí que arden, los neumáticos. Humo negro que se queda pegado en las fachadas de los edificios. De ese que ciega todo lo que esconde… Tantos símbolos, tantos elementos sobre los que reflexionar. Para qué extendernos. Dejamos que ustedes mismos ponderen.

Por cierto… llama la atención la diferencia entre el brutal despliegue mediático que ha ido siguiendo minuto a minuto este incendio, y el clamor del silencio informativo que, al menos a nivel nacional, fue dando referencias sobre los que asolaron Cantabria a finales del año pasado. Será que hay fuegos y fuegos. Será que si arden miles de neumáticos el impacto es mayor que si lo hacen miles de hectáreas. Y, parézcalo o no, volvemos a empezar…

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